Pacheco, cuatro años después

Fue en Guadalajara, en los días de la FIL del 2009, cuando se supo la noticia de que José Emilio Pacheco había ganado el Premio Cervantes. Nos llamaron de la feria a varios periodistas para que acudiéramos a una conferencia de prensa en la que estaría el poeta galardonado. Yo llegué, junto con otros colegas, al lobby del hotel y aparecieron José Emilio y Cristina, su esposa. Los seguimos hacia la calle rumbo a la Expo y al cruzar la avenida de Las Rosas nos dimos cuenta de que al escritor se le caían los pantalones. “¡Olvidé ponerme el cinturón, Cristina! ¿Ahora cómo le hago? Se me van a estar cayendo los pantalones…!” decía el atribulado poeta premiado.

El viernes pasado se cumplieron cuatro años de la muerte de Pacheco, el escritor corpulento y poco acicalado, reacio a las entrevistas, ocupadísimo siempre y que, aunque escribió muchísimo, sus libros publicados apenas reúnen unas 800 páginas. Él mismo decía: “Ochocientas páginas en 50 años no son más de 15 páginas al año. Podrían decir: este tipo no escribe nada”. Pero sí escribía, mucho y en todo tipo de géneros. Por ejemplo, durante cuatro décadas redactó para la revista Proceso la columna “Inventario” –firmada siempre de un modo ajeno a la ostentación con las simples iniciales JEP– que se convirtió ella misma en un género periodístico y literario: la crónica, la entrevista, el ensayo, la reflexión, la poesía, la reseña, la crítica, todo cabía en aquella deliciosa columna cuya última entrega está fechada el 25 de enero de 2014, un día antes de que Pacheco muriera. El último Inventario estuvo dedicado a Juan Gelman, su amigo poeta que se le acababa de adelantar en eso de morirse, y a quien consideraba hasta aquel 14 de enero, como “el mejor poeta vivo de la lengua española”. Pacheco, modesto como siempre fue, afirmaba no ser el mejor poeta ni de su barrio: “¿qué no saben que Juan Gelman vive en la misma colonia que yo”? decía divertido.

Pero aún con su espíritu modesto, José Emilio fue merecedor de enormes reconocimientos: el Reina Sofía, el Cervantes, el Villaurrutia, el Nacional de Ciencias y Artes. Eso sí, cuando le preguntaban qué haría con el dinero de los premios, respondía que, atendiendo a su edad, lo gastaría en medicinas, hospitales y doctores.

Yo leí con asombro durante muchos años aquella columna: aunque el tema no me interesara de entrada, comenzaba y no paraba hasta terminar. Así eran de envolventes, para mi, el estilo y la sapiencia de Pacheco. Por fortuna hace poco se reunieron muchas de aquellas columnas en una edición de tres tomos, con la participación de Editorial Era, la UNAM, El Colegio Nacional y la Universidad Autónoma de Sinaloa. Es una antología cuyos textos fueron seleccionados por Héctor Manjarrez, Eduardo Antonio Parra, José Ramón Ruisánchez y Paloma Villegas y que constituye, sin duda, una brújula incomparable para entender la cultura de México y el mundo entre 1973 y 2014.

La relación de Guadalajara con José Emilio Pacheco fue relatada por Jorge Esquinca en un texto que le publicó Proceso poco después de la muerte del escritor.

Jorge había fundado a principio de los ochenta, junto con otros jóvenes, la editorial Cuarto Menguante, y le propuso a Pacheco que hiciera un libro ahí. Lo que resultó fue una antología, realizada por Esquinca, de poemas relacionados con animales: “Album de Zoología”, libro de tiraje muy limitado que luego tuvo varias ediciones más –la más reciente de 2013 por Editorial Era con ilustraciones de Francisco Toledo. También contaba Esquinca el gusto de José Emilio por el restaurante Los Otates, su favorito de Guadalajara.

Jorge estuvo involucrado en la edición de un libro realizado para el bicentenario de la independencia, en 2010, llamado País de Sombra y Fuego, una iniciativa de la Fundación Selva Negra, el grupo Maná y la Universidad de Guadalajara y la idea era hacer una antología de textos de poetas mexicanos que hablaran sobre nuestro país pero no necesariamente en tono festivo. El libro, bellamente diseñado por Avelino Sordo Vilchis, contiene un prólogo escrito especialmente por Pacheco a petición de Esquinca –“De la Suave Patria a la Patria Espeluznante”– donde, pesimista como era, elogia la iniciativa de hacer un libro como ese “en vez de guardar silencio ante el horror cotidiano que nos asalta a toda hora y dondequiera”. Y luego escribe: “Con qué dignidad y cuánto valor ha sabido responder la poesía mexicana al agravio y al sufrimiento”.

José Emilio Pacheco es, ya se sabe, un escritor fundamental en el siglo XX mexicano. Jorge Esquinca, escribía con la emoción de saber muerto al amigo y al poeta: “Hace falta la tarea de un investigador audaz (o de todo un equipo) que trabaje en el rescate, organización y publicación de las miles de páginas de algo que bien podría llamarse Inventario Total, donde seguramente habrá de aparecer uno de los retratos cardinales de nuestra época”.

Al menos parte de ese retrato, querido Jorge, ya está disponible en los tres tomos del Inventario que circulan en las librerías. Leámoslos para seguir celebrando a José Emilio Pacheco.

Alfredo Sánchez
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Músico // periodista // hombre de la radio

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