Paisaje de los declamadores

||¿De qué modos narran los cuerpos?

| Por Gerson Gómez |

Por encima del pantalón de mezclilla se acaricia.

Luce ropa entallada en colores grises. Conserva el buen humor, la esperanza de los necesitados.

Despierta el bulto emparentado con lo largo o ancho de su pene escondido. Sonríe en la pasarela imaginaria entre los terrenos ociosos de construcciones o a medio demoler.

Voltea hacia la bocacalle. Al tránsito de los autos en la penumbra. Entre el cambio de luces del semáforo la mirada explicita, del negocio en ciernes, felino al asecho de sus presas.

En el exterior de la hermética sex shop, del populoso con programación exclusiva de adultos, el cine Aracely, los acompañantes masculinos rondan a los paseantes. Les ofrecen la miel de la juventud por unos cuantos pesos.

Discursos al vuelo, en la frugalidad del momento, en el recoveco de los ojos impíos. El auto baja la velocidad hasta cero. Desciende la ventanilla eléctrica. La proximidad del cuestionario. La coincidencia entre lo requerido y el ofrecimiento pleno.

La costura en la ingle del pantalón; lo remecido: la circunstancia adornando el rostro. La luz interior del automóvil con vestidura de piel, descorche de incógnita.

Ofrece el cigarro mentolado desde la cajetilla lustrosa. Lo enciende apresurado ante el rondín ordinario de la Fuerza Civil. Lo coloca en los labios hambrientos del apeado en la banqueta, quien muerde la perla del tabaco y libera el saborizante artificial de naranja.

Atrapada la presa, callejean antes del descubrimiento de los cuerpos, soban la bestia de la desolación.
Reciproca disidencia hasta el acceso del hotel de paso, de los muchos del rumbo: de cuota reducida, paredes desnudas de adornos con leyendas de sus anteriores ocupantes, con números de celulares para servicios extremos.

Las puertas a medio caer en el sanitario, solo agua fría en la llave. La cama de cemento apenas cubierta con translucida sabana. Sin ventanas para orear lo ocre del sudor.

El trayecto de los faunos no catequiza. Excomulga la esquizofrenia de los cuerpos.

Terapia intensiva para una conversación inconclusa

No le hago caso a nadie. Ni a mi terca familia mocha o a los amigos de la comunidad de la luz. Nadie conoce la piel del lobo cazador o la oveja sumisa, hasta el momento cuando siente los colmillos o escucha el balar. Ese es el juego perfecto de la vida, el engaño, es todo un arte poder metamorfosear.

Todas las tardes entresemana, después de las siete, ya empieza a pardear. Me encamino del cuarto donde rento, unas cuadras antes del punto. Paso al Oxxo de Villagrán y compro agua con sabor a guayaba. Le doy uno tragos y lo restante lo guardo en el back pack.

Ya traigo clavada un cambio de ropa de repuesto, el jabón en barra, loción con aroma a maderas, una buena dotación de los preservativos del sector salud, el gel lubricante, mi joint con un poco de mota para relajarme y el gas pimienta, por si se llega a ofrecer.

Somos como 15 o 20, depende del día. Entre semana es escaso el jale. Pero siempre hay. Los clientes llegan en sus carros de lujo, la mayoría. Le dan una vuelta para ver si hay alguien nuevo. Uno quintito, para darle su bienvenida. Pocos se estacionan y pasan caminando.

Ahora con el uso del grindr nos hemos diversificado. Tenemos perfiles activos en la aplicación. Si hay alguien atractivo por la zona me llega el mensaje. Le puedo dar like y concertar una cita exprés.

De los mayates o los chichifos del Aracely ya están muy vistos, muy quemados, son barajitas repetidas en el álbum de los nuevos titanes.

Nadie de calidad se mete a tratar de ligar. Solo los viejitos calenturientos, los del garrote caído, descorren las cortinas, se asoman, se van a sentar o entran al sanitario y levantan alguna loquilla urgida, con aroma a rancio o a sopo.

El cine es la fosa común de los apestados y decrépitos. En el cine hay un desmadre y huele muy desagradable. La raza es súper hostigosa cuando llega a entrar una pareja. En menos de cinco minutos te sientas. Estás rodeado de un chingo de cabrones con el pito de fuera. Jalándosela.

Pidiendo chance de estar con ustedes. En la sex shop pides una cabina (sin glory hole) y te encierras.

La ambigüedad disfrazada para los fantoches de la sex shop Erotika y sus cabinas para masturbarse con videos quemados. Nada del roce, de la piel con piel. Solo una fría imagen escarnecedora.

No es por nada, pero mis mamadas son la delicia del rumbo. Es la mejor carta de presentación. Por la mañana tiro guante en el gimnasio. Luego me voy a estudiar inglés. Me dicen la Savanah, mi estrella porno favorita, tú me puedes llamar Ramiro. ¿Vas a querer el servicio completo?

Vaqueros y reguetoneros

En el primer rondín del auto, el estado de ánimo efervescente, trasciende a los vigilantes en sus murallas, esperando a los lanceros. La práctica de lo espontaneo en el manejo de las situaciones premium.

La narrativa de los cuerpos, genuina comprobación de los varones buscando varones, activos, pasivos o desiguales. En el cenáculo de la calle Isaac Garza, los dioses oferentes con sus vestuarios de norteños informales o contemporáneos seguidores del reggaetón, raza inmigrante, nacional o centroamericana, vindicativa en el predominio de los estetas consumidores.

Músculos trabajados en la salvación del gimnasio. Tatuajes exhibicionistas adjudicados al culto propositivo de los deportados por la border patrol.

Las contadas familias transitando por ahí suben las ventanas de sus autos, encienden los aires acondicionados y miran para otro lado. Les perturba la apariencia juvenil disimulada del mérito básico del amor libre.

Huyen a primer flash del verde. La intimidad vital de la sexualidad, la salvaje forma de algunos, es trágico resultado en el diccionario de lo mutable, en el cálido afecto y las transacciones eróticas.


Agradecemos a El Barrio Antiguo por compartir este trabajo.

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