El Pelón y su desalmada madre, otra vez

La volví a encontrar, a la mujer que cuida perros y maltrata a su hijo de siete años, de quien no es la madre biológica. No sólo volví a encontrarla, sino que la busqué: el lunes 20 se terminaron las croquetas de Mancha y la única opción era comprar unas nuevas.

Con tal de no ver más a la mujer, en los últimos meses habíamos recurrido al mercado neoliberal de alimentos para mascotas. Pero el lunes, justo el día feriado, no quedó otra que el desgraciado consumo local, que en este caso tiene la cara de esta mujer animalista.

Comenzó su cantaleta en cuanto me vio venir: que este hijo de la chingada del Pelón, que sigue sin aprender en la escuela, que la maestra ya me dijo que no tiene remedio, que ya lo vamos a meter en un internado, que llora nomás con personas como usted para manejarlas, que malaya el día que fue a nacer…

El Pelón y su hermano dos años menor veían y quizás oían todo, con la nariz pagada al vidrio que separa al mostrador de las regaderas de perros. Entonces vi que el Pelón tiene manchas blancas en la cara, que es del mismo tamaño que su hermanito.

Me empezó a doler el estómago y el dolor me llevó a una actividad cerebral caótica. Vertiginosa. “Ahorita voy a denunciar a esta mujer”, pensé, y luego vi la imagen del Pelón en manos de unas trabajadoras sociales inconmovibles, rumbo a un albergue hacinado por otros niños que se han hecho perversos a fuerza de desamor o pobreza.

Desde el otro lado del vidrio, el Pelón lloraba. “¡Ya cállate Pelón! ¡Dile que el otro día agarraste dinero de la caja para comprarte un dulce!, ¡Cállate, ratero!”, le gritaba su madre putativa.

En ese momento el pensamiento me llevó también al día de mi infancia cuando me robé un tamarindo de la verdulería de los Ascencio. En realidad no me lo robé: lo agarré y me lo empecé a comer. Cuando mi mamá me descubrió, me regresó a desgreñones y me obligó a pedirle perdón a Martha Ascencio, que tenía mi edad: la misma del Pelón. Me imaginé al Pelón trasformado en un gigante vengativo contra su madre, como en un cuento de Emita y Emota, de Graciela Montes

Pensé agarrar de las greñas a la señora, que no había dejado de hablar pestes y humillar de su hijo no biológico de siete años de edad. Me acordé que es delito.

Pensé en llevarme al Pelón a mi casa y encerrarlo. Me acordé que es secuestro.

En un lapsus de realidad vi cómo el hijo más pequeño de la mujer se escapó del encierro y comenzó a destapar los paquetes de cepillos dentales para perro. Ella lo persuadió de que no lo hiciera: “No, hijo, ¿quieres ser como el tonto de tu hermano?”.

En mi cabeza violenta, me puse una refriega a mi interlocutora, que ahora continuaba: “Ya estamos investigando internados. Si no encontramos uno, de castigo lo vamos a llevar a vivir con su mamá, que es una piruja”.

El Pelón lloraba con berridos e hipos mientras yo evadía la situación. La de su madre y la de él.

En algún momento, mi cerebro loco me mostró a un diputado. No uno en particular, sino una sombra apenas, un trazo del subconsciente. Pagué las croquetas y huí de la madre de Pelón. A él, lo abandoné a su suerte.

La sombra del diputado me acompañó en el camino de una cuadra a la casa. Pensé en todos los partidos políticos, en los sueldos, trajes y coches de los diputados. En la forma que tienen de no resolver un problema que no está de moda: el de los niños maltratados y el viacrucis de las adopciones legales. Me salieron todos los pinches y cabrones posibles.

Confieso que les menté a todos la madre. Para vengarme de la madre violenta, ayer le platiqué a mi hijo de seis años que es una bruja. El Pelón sigue en un lugar incómodo de mi cabeza. No sé dónde ponerlo.

Vanesa Robles
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Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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