Pequeña revisión de pesadillas

Los libros, tengo esa impresión, no son –no deberían ser– artefactos para la simple acumulación exhibicionista o la disección minuciosa que en ocasiones termina por destruirlos. Son, me parece, un pretexto que encuentra en el papel o las pantallas una justificación material de existencia que ofrece posibilidades para la disposición, primero, de entregarse al casi inútil y cada vez más infrecuente placer de la lectura y, en segundo lugar, de verse envuelto por los signos de una realidad tal vez más intensa y vivificante que aquella en la que ingenuamente deambulamos (entregados al deber de sobrevivir, enfrentar la condena de un trabajo y tantear las obligaciones que genera el contacto con la tribu maledicente y terrible de las convenciones).

Ahora bien, es muy probable que, si todo sigue como hasta hoy, el libro como objeto (hecho de papel, goma e impreso con tinta) desaparezca y deje tras de sí una evidencia material desconcertante para muchos que contemplen ese momento. Puede también, ojalá, que no esté yo entre esa turba desafortunada de espectadores.

Y existen personas que combaten, con conocimiento de causa o sin él, el libro como objeto; muchos de ellos no ignoran que se le considera como el vehículo transmisor de cultura por excelencia pero su ofensiva se basa en la defensa del “progreso tecnológico” (o su idea de lo que es) y, bajo el argumento de facilitar el acceso a la información, privilegian el desarrollo del medio y los formatos sin tomar en cuenta algunas de las consecuencias que eso puede acarrear (o está ya, de hecho, acarreando).

Si bien es cierto que jamás antes se tuvo la posibilidad actual (y creciente) de contener o almacenar datos, la naturaleza del medio –internet, si se quiere el mejor ejemplo– nos aleja cada vez más de una probable capacidad discriminadora sobre esos mismos datos. En palabras del sociólogo italiano Franco Ferrarotti: “tendremos mucha información de la cual no comprenderemos nada” pues, mientras la televisión sufre de un progresivo empobrecimiento de contenidos, la red informática mundial lesiona gravemente la (ya demediada) lectura como actividad y proceso.

Del mismo modo, los cambios culturales que se gestan actualmente sólo parecen indicar que, dentro de algún tiempo (imposible determinar cuánto), este mundo se hallará más dividido y polarizado que nunca. Así, desde los resultados lamentables –en términos de desarrollo humano– del capitalismo tardío hasta barbaridades como la “ingeniería del alma” durante el llamado socialismo real, el progreso tecnológico ha dado muestra del tamaño del riesgo que puede enfrentar quien le da la espalda o simplemente no lo concibe como su centro de fe.

Si a esto se suma la incapacidad y falta de visión prospectiva en el discurso de las religiones, entonces cualquier esperanza para el espíritu o la voluntad solidaria sin interés (por no mencionar el amor, que a tantos suena como algo ridículo o desfasado) está perdida. Aclaro que no es mi intención parecer pesimista pero no veo otro modo de “interpretar” el panorama que se vislumbra, dadas las condiciones en que vivimos.

De regreso al tema del libro, a los jóvenes de hoy les parece una antigualla que no merece la pena y la educación formal ha fracasado en su intento (inocente) de promover la lectura o el “consumo” crítico de bienes culturales. Nuestras dependencias han cambiado, nuestro sentido de la realidad circundante –y nuestro juicio sobre ella– es de una llaneza deprimente (sobre todo si se compara con el de un lector promedio de mediados del siglo XIX, con la serie de injusticias que acarrea tal comparación), nuestros intereses se han vuelto mezquinos o triviales, nuestra capacidad léxica es risible y la referencia de nuestras emociones es pobre hasta el ridículo. Y eso que evado con toda intención hablar de nuestro sentido de moral y de ética, porque seguro nos ponemos a llorar.

Nadie puede oponerse a los cambios que ya se dan en el seno de muchas sociedades, cierto, pero si el libro y su lectura ayudaron siempre a contravenir de modo mínimo algunos aspectos de nuestra patética evolución como especie, es un hecho que eso también está por cambiar. Leeremos de modo distinto, quizá soportando cada vez más la radiación de la pantalla, a texto corrido y sin el necesario descanso físico de la vuelta en cada página, sin el aroma del papel y, lo más grave, sin la atención suficiente que permita a la imaginación ejercitarse, lo mismo que la abstracción.

Perder la posibilidad de descubrirnos –como diría Harold Bloom– “más profundos y más extraños de lo que creíamos” nos conducirá, tristemente, a degradar nuestras ya ínfimas reservas de tolerancia y comprensión para con los demás. Nunca, como hoy, he juzgado tan urgente revisar las pesadillas que, gracias a la literatura, nos legaron personas como Campanella, Moro, Bacon, Verne, Wells, Zamiatin, Kafka, Çapek, Orwell, Asimov, Bradbury, Philip K. Dick o Ursula K. LeGuin. Y quedo corto…

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