Perder ganando

El jurado de la Bienal Internacional del Cartel en México, 2018. Atrás: Angélica Vilet (México), Antoine Abi Aad (Líbano), Avelino Sordo Vilchis (México), Erin Wright (EUA), Neville Brody (Inglaterra), Stasys Eidrigevicius (Lituania), Anastasia Faldina (Rusia), Leo Lin (Taiwán). Adelante: Gigi Lee (Malasia), Daniela Rico (Bolivia) y Marna Bunnell (Canadá).

| Avelino Sordo Vilchis|

Pues ahí tienen ustedes que para variar y no perder la costumbre, perdí. Y cuando digo «perdí» no me refiero a una muy improbable competición en, por ejemplo, una carrera de cien metros planos en la que no logré el sprint necesario para que mordieran el polvo mis rivales, sino a un acontecimiento de índole distinta: mi participación como jurado en la Bienal Internacional del Cartel en México, edición 2018, donde los argumentos no me alcanzaron para que alguno de los carteles que más me llenaban el ojo, obtuviera uno de los primeros premios. Ni modo. Y es que, como suele —debe— suceder en estos casos, la decisión final, al ser resultado de un proceso que privilegia el consenso, acaba por diluir las preferencias personales.

En realidad, estas quejas no son más que una figura retórica, un pretexto para abordar el tema, porque si los miembros del jurado experimentamos cierta insatisfacción o una imprecisa sensación de que «perdimos» —como en efecto sucedió—, significa que dialogamos y que escuchamos las razones de los demás. Así, el sentimiento de «perder» es reflejo de que hicimos lo que debíamos y que el resultado seguro fue bueno. Y aunque desde la perspectiva personal puede parecer una derrota, porque los carteles que más me gustaban no ganaron, lo cierto es que el sentido —la existencia misma— de un jurado es precisamente que no se imponga un criterio, sino que se consideren los más diversos puntos de vista.

En realidad ningún miembro del jurado puede pensar que «ganó» o «perdió», pues esa no es la lógica: la idea es que se exprese la mayoría, encarnada en ese cuerpo colegiado, diverso en criterios y conocimientos. En algún momento, alguien comentó que quizá el problema (en realidad no recuerdo que hubiera alguno) fue que se trataba de un jurado muy numeroso: once, en lugar de los tradicionales cinco o siete. Lo primero que debemos aclarar es que discutir no es un «problema»; de hecho, es exactamente lo que se espera de un jurado: que discuta. Y mucho. Tampoco me parece que la cantidad de integrantes resultara un obstáculo insalvable, un impedimento: quizá hizo un poco más arduo alcanzar un acuerdo, pero nada más.

Discusiones las hubo. Y acaloradas. Incluso alguno hasta se enojó, lo que se explica por la pluralidad de criterios y por la pasión que irremediablemente invertimos para defender en lo que creemos. Y es que cada uno de los miembros del jurado son profesionales de primer nivel, con reconocimiento en sus comunidades de origen —algunos hasta más allá de sus fronteras— que aportaron al colectivo sus particulares saberes, criterios y conceptos. En un intento de reconstruir lo sucedido podríamos presentar, a manera de ejemplo que no agota las múltiples posibilidades, tres de las grandes tendencias representadas por el lituano-polaco (así se autodefine) Stasys Eidrigevicius, el inglés Neville Brody y la rusa Anastasia Faldina.

Stasys es un destacado representante de la tradición centroeuropea que se caracteriza por una poderosa y expresiva ilustración —producto del oficio y el rigor— como solución central de sus carteles. La apuesta del no tan flemático Neville, por su parte, está en la capacidad expresiva de la tipografía, campo en el que ha trabajado y obtenido reconocimiento internacional. En medio —aunque en realidad tales posiciones no existen, más allá de la necesidad de recurrir a ellas para ejemplificar— se encuentra Anastasia, cuya búsqueda se centra en extraer la fuerza e intensidad que residen en la simplicidad, consiguiendo carteles de una poderosa expresión a partir su sencillez, ratificando la máxima aquella que nos manda «menos es más».

En lo personal, me identifico con la propuesta de Anastasia, máxime que ella también muestra preferencia por la fotografía para ilustrar sus carteles. Así, una vez definidos los territorios —que eran once y no tres— con sus proximidades y distancias, el jurado buscó establecer cuáles eran los mejores carteles para premiarlos. Y, ¿quién lo iba a decir? Al desmesurado por definición le tocó ofrecer el argumento final, el de la sensatez: y señalé, en defensa de las conclusiones, que se había expresado la mayoría y que debíamos respetarla, pues así es como funcionan las cosas, aunque los deseos personales de cada uno no se vieran satisfechos con los resultados.

Y al final, así fue. Y creo todos ganamos, aun perdiendo.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 25 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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