El periodista que se quedó en el camino

|| Entrevista con Horacio Castellanos Moya

| Por Diego Enrique Osorno |

Nueva York.- Horacio Castellanos Moya nació en Honduras, creció en El Salvador y tuvo como epicentro a México en su trajín periodístico, algo no tan conocido como su obra literaria, en la que destaco novelas como Insensatez, El asco, El arma del hombre y El sueño del retorno. La última noticia que tenía sobre su paradero me llevaba a imaginarlo en Japón, pero en la primavera de este año lo vi y me enteré que residía en el Medio Oeste de Estados Unidos, donde imparte clases en el programa en español de escritura creativa de la Universidad de Iowa. Más allá de la geografía, Roberto Bolaño describió a Castellanos Moya como alguien que “escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país”.

Esta entrevista con él —en Manhattan— inició con un relato de su paso por el periodismo, el cual está organizado por décadas.

1970s

Yo ejercí el periodismo entre 1977 y 2004. Eso es como 27 años. Es decir, casi siempre me mantuve por el periodismo. Comencé, incluso en San Salvador, cuando era muy joven, trabajando en una revista, de esas horribles, que se llamaba Teleguía. Era de la televisión y había que entrevistar a artistas o a campeones de karate, no sé. Luego vino la guerra. Y cuando vino la guerra me incorporé a la agencia de prensa que había montado gente del Frente del Movimiento de Liberación Nacional (FMLN) en la Ciudad de México. De pronto me asignaron el cargo de Jefe de redacción en una agencia de noticias bastante tensa, pues cubrían todas las guerras de Latinoamérica. También bastante libre. Una agencia de prensa que, a pesar de que por abajo era controlada y sostenida por una de las organizaciones, tenía por fuera mucha independencia. Es decir, se entendía que el fenómeno periodístico tiene sus propias leyes y no era un órgano de propaganda abrupta. Entonces yo trabajé tres o cuatro años en México.

1980s

A finales del 83, creo, hubo una situación muy anómala. En las filas revolucionarias hubo muchos disturbios, unos crímenes; incluso hubo cambios también en la agencia. Después de eso mandaron un comisario. Entonces ya cada quien dijo patitas pa’qué las quiero. Esto lo van a convertir en quién sabe qué cochinero”. Yo me fui, pero me quedé viviendo en México haciendo periodismo. Trabajé en Tercer Mundo, una revista que salía en aquella época y tenía su sede en Brasil. Estuvimos un rato ahí. Siempre publicaba en Proceso, una semana sí y otra no, como colaborador en la sección internacional con notas sobre Centroamérica, hasta que en el 89 llegó el presidente Alfredo Cristiani y me bloquearon. Fue una línea directa entre Salinas y Cristiani.

Tuve otros trabajos periodísticos y siempre tuvieron que ver con la cocina periodística. Yo casi siempre fui editor. Así que mis virtudes como reportero son muy dudosas. Me tocó más conducir a los reporteros, mandarlos a que no se murieran, que a estar yo siempre en la línea. También trabajé en ALAI, una agencia latinoamericana de servicios especiales y de información. Esa época fue muy importante. Trabajé hasta en un revista de la UNAM que se llamaba Voices of Mexico, que todavía existe. Una revista en inglés que hacíamos el editor y yo.

1990s

En el 90 se estaba acabando la guerra en El Salvador y nos regresamos varios con la idea de fundar medios allá, de hacer periodismo. Fundamos una revista semanal al estilo Nexos. No era literaria como Letras Libres; más bien como The Atlantic. Se llamaba Tendencias. Duró varios años. Yo era el subdirector. Enseguida surgimos con otro proyecto: fundar el primer periódico de posguerra. Se llamó Primera plana y duró muy poco; quebramos al año y meses. A mí me tocó ser director de ese periódico porque al tipo que le tocaba serlo se rajó y entonces me tocó asumir el puesto con muchas dificultades, con muchas problemáticas. Después de que quebramos con Primera Plana, yo publiqué El Asco.

Estuve en una situación fea en El Salvador, recibí amenazas y me fui. Pasé tres años en los que, más que periodismo, hacía como consultorías o cosas así. Vivía yo entre Guatemala, México y España. También un poco en Suiza, donde está mi hermana y donde me voy a refugiar cuando tengo muchos problemas. Pero en el 99 el gordo Raymundo Riva Palacio me invitó a ser parte del grupo que fundaría el diario Milenio, con Andrés Ruiz, precisamente. Los dos íbamos a ser los editores. Yo iba a ser el coordinador de información, y Andrés el coordinador editorial. Y nos fuimos. Fundamos el diario y coordinábamos con Público en Guadalajara, con el Diario de Monterrey, Diario de Tampico, había como cuatro periódicos donde tenían corresponsales. Y con la revista Milenio Semanal, que también me tocó ser jefe porque hubo un pleito interno ahí. Ciro no se quiso hacer cargo y el que estaba antes, Nacho Rodríguez, se peleó con Raymundo y total que a mí me tocó estar ahí. Así me fui saliendo un poco del diario, con la revista.

2000

Luego surgió “la crisis de las toallas” de Martha Sahagún, y la querida Anabel Hernández publicó esa nota. Entonces en Milenio, aparte de ser el coordinador de información, Raymundo me había dado el puesto de coordinador del equipo especial. En el equipo especial estaban los niños bonitos de Raymundo: Martha Anaya, que venía de Excélsior, o Pancho Garfias, o Miguel Castillo. Ellos tenían carta blanca de su parte. Y ahí estuvimos hasta que le pidieron a Raymundo que dejara la dirección porque estaban investigando, —Miguel Castillo, creo— las licitaciones de los hijos de Martha Sahagún con las empresas constructoras, algo de lo que ahora se supo todo. Raymundo nos llamó al grupo de confianza que eramos Andrés, Garfias, el equipo especial.

Pero bueno, me salí de ahí. Querían que me quedara, pero no me sentía en confianza, yo soy extranjero, tú me entiendes. Bueno, pues me indemnizaron y me dediqué un año a escribir una novela. Se llama Donde no estén ustedes.

Cuando terminé la novela me dediqué a buscar trabajo en México y no me salió ni la grúa. Porque cuando una está apestado, pues así es. Así que comencé a moverme por Centroamérica. El dueño de El Periódico de Guatemala, a quien yo ya conocía por el periódico Primera Plana, me invitó a trabajar ahí. Y era como llegar, ¿me explico?, de una cadena de supermercados a una tiendita, a una pulpería. Pero bueno, había un salario. Me estuve en Guatemala y ahí acabó mi carrera periodística.

Me salió una beca para la Feria del Libro de Frankfurt, a la que yo había aplicado y era para escritores con problemas en sus propios países. Me la aceptaron, pero yo lo había hecho un año antes como una medida desesperada cuando no encontraba trabajo en México. Ya se me había olvidado. Y ahí dejé de hacer periodismo, aunque todavía seguía escribiendo artículos para La Opinión de Los Ángeles, para el Diario Chicago, que también era en español. Y ya después ahí también me cerraron porque hice unas columnas para las elecciones del El Salvador.

Y una vez que llegué al programa me puse a escribir sólo novelas. El periodismo se fue quedando poco a poco en el camino. No porque me lo propusiera, pero había encontrado otra manera de sobrevivir que me permitía terminar los libros que quería escribir. No fue que yo dijera “ay, ya no quiero ser periodista”.


Agradecemos a El Barrio Antiguo por compartir este trabajo.

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