¿Periodistas y activistas?

¿Se vale ser periodista y activista de una causa, ambas cosas al mismo tiempo? Siempre hay alguien que me lo pregunta, cuando doy un curso en la universidad o un taller sobre periodismo. Hace alrededor de un lustro me había convencido de que sí. El convencimiento me duró poco; hoy digo que no. No se vale.

También he repetido muchísimas veces que la escritura de una noticia, una crónica o un reportaje no puede ser objetiva, porque no está hecha por objetos ni por una divinidad, sino por sujetos. En esto me sostengo.

Si la objetividad existiera, sería idéntica la forma en que describen un hecho todos los diarios, estaciones de radio, noticiarios de televisión y hasta canales de opinión de YouTube, como lo ha dicho Miguel Ángel Bastenier, el director de la escuela del diario español El País. En resumen, el mundo mediático sería chato y aburrido.

Los sujetos que redactamos o transmitimos un acontecimiento real (nos dicen reporteros, fotógrafos, camarógrafos…) seleccionamos unas partes —y excluimos otras— de esa masa amorfa e inabarcable llamada realidad, según lo que nuestra propia historia, gustos e ideas nos dicen que es importante contar. A unos nos parece indispensable destacar ciertos hechos que otros tirarían al inodoro y al revés.

De esa tentación natural y humana que también los periodistas tenemos de pertenecer a unos y expulsar a otros de nuestras historias, lo único que nos puede salvar, para hablar en el lenguaje de la Semana Santa, es el armado cuidadoso y lo más completo posible de un rompecabezas, cuyas partes son voces diferentes que nos completan una escena o acontecimiento. En el periodismo esas piezas se llaman fuentes de información.

La inexistencia de la objetividad —también lo he escrito antes— no significa lo mismo que la mentira. Mentir es pintar en un muro una mancha de sangre que jamás existió, pero también ocultarle a los otros que hay una mancha de sangre en la pared, cuando la vimos ahí.

Ahí va un ejemplo de la vida real: en marzo de 2011, cuando decenas de delegados del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) acudieron al Congreso Nacional Indígena, en Nurio, Michoacán, había, entre los asistentes, algunos grupos que no estaban de acuerdo con los zapatistas. Así nos fue a los que decidimos darle voz a los inconformes: nos acusaron de traidores y serviles con el gobierno opresor. Yo era simpatizante del EZLN, igual que muchos de mis amigos, que dejaron de hablarme, por lo menos por un tiempo.

Mi amigo desde entonces, el periodista Agustín del Castillo, me recordó un par de cosas: que el buen periodista no queda bien con nadie —porque su oficio no es quedar bien, sino informar— y que no se puede ser periodista y activista.

Después de 16 años estoy más convencida que antes. Que un periodista trabaje para un grupo, asociación o movimiento, por más nobles que parezcan sus propósitos, es tan mala práctica como hacerlo para un gobierno u organismo que ya tiene el poder y lo usa mal.

Es tan malo porque ese periodista, que casi siempre publica sobre el mismo tema del que hace activismo, no puede ver los matices que existen en un hecho y, por eso, tampoco ayuda a que cambien de fondo las situaciones violentas, injustas y poco democráticas como las que hay en México.

Argentina es un ejemplo de esta situación. Durante el mandato de los Kirchner —que acabó hace menos de dos años— los medios estaban divididos en dos versiones únicas sobre la gestión pública: los aliados al grupo de medios Clarín decían que todo lo que oliera a Cristina Fernández de Kirchner olía a podrido. Otros medios menos poderosos, alrededor del diario Página 12, afirmaban que apestaban todos los que estuvieran en contra de la entonces presidenta. A los primeros medios los consultaban casi sólo quienes odiaban el sistema. A los segundos, casi sólo los que lo amaban y defendían. Ambos contaban verdades a medias y, al no decir la verdad completa, le mentían a sus seguidores, quienes jamás pudieron tener una visión panorámica de su país.

Es un hecho que todos los periodistas tenemos una ideología, simpatías y una versión de cómo deberían ser las cosas. A mí me duele la pobreza, las condiciones que impiden que la mayoría de los mexicanos tengan acceso a nada, los atentados contra el medio ambiente, los desaparecidos, la negligencia, la corrupción. Y para hacer mi trabajo, los activistas son una fuente válida y valiosa… Pero, eso es, son una fuente. El resto del rompecabezas, esa es mi obligación.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 11 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

6 Comments

  1. Esto nos lleva a otro debate interesante ¿quién califica quien si y quien no es periodista? Es evidente que muchos autonombrados no utilizan ni por asomo las herramientas de la profesión, ni les preocupa el servir de simples propagandistas de los dichos de personajes poderosos y deleznables. No contrastan lo que dicen los boletines oficiales, ni investigan.

    En su libro sobre Edward Snowden, Glenn Greenwald escribe: «A continuación, los medios en pleno se enzarzaron en un debate sobre si yo era realmente «periodista» u otra cosa. La alternativa más habitual era la de «activista». Nadie se tomó la molestia de precisar ninguna de esas palabras; se limitaban a basarse en tópicos mal definidos, como suelen hacer los medios, sobre todo cuando el objetivo es demonizar. A partir de entonces, se aplicó como rutina la vacía e insustancial etiqueta. La calificación tenía un significado real en varios niveles. Para empezar, quitar el marbete de «periodista» reduce la legitimidad de la cobertura. Además, convertirme en «activista» podía tener consecuencias legales, es decir, criminales. Los periodistas cuentan con protecciones jurídicas formales y tácitas a las que otros no pueden recurrir. Por ejemplo, aunque por lo general se considera legítimo que un periodista publique secretos gubernamentales, no sucede lo mismo con alguien que actúe en calidad de otra cosa.»

    Y más adelante: « El establishment mediático norteamericano no tiene nada que ver con outsiders. Está plenamente integrado en el poder político dominante del país: desde el punto de vista cultural, emocional y socioeconómico, son la misma cosa. Los periodistas ricos, famosos y con acceso a información privilegiada no quieren trastocar el statu quo que tan generosamente les recompensa. Como todos los cortesanos, anhelan defender el sistema que les concede privilegios y desprecian a todo aquel que ponga este sistema en entredicho.»

  2. ¿Y si se quita el término activista y el estereotipo?, Creo que por ahí se encontrarán caminos comunes
    En afán periodístico les falta documentar ese otro “periodismo activista”

  3. Pues quizá el error, si así se le puede llamar, es seguir usando la palabra “activista” y confundir o esconder con ello la necesaria crítica y autocrítica que debemos hacer en nuestras actividades cotidianas o profesionales como solemos hacerlo y con ello logramos una división artificial de nuestro hacer. Como si una cosa fuera nuestra vida cotidiana y otra muy otra nuestro trabajo y en una fuéramos de una manera y en otra de otra. En la academia también constantemente se nos hace esta pregunta pero dando por hecho su negación. Se dice: no se puede ser investigación del sujeto colectivo o del movimiento en que uno participa porque se pierde la objetividad o la neutralidad. Estoy muy de acuerdo en que en oficio del periodismo y también en la investigación no se trata de caer bien a nadie sino de decir la verdad en la que creemos y aportamos información y análisis para soportarla. Y si como dice Vanesa a ti te duelen la pobreza, las condiciones que impiden que la mayoría de los mexicanos tengan acceso a nada, los atentados contra el medio ambiente, los desaparecidos, la negligencia, la corrupción pues entonces me temo que desde el discurso tradicional y desde el poder te seguirán confundiendo con una activista de todo ello. Mientras tanto yo podría decir que eres solamente una periodista que escribe, investiga y opina de lo que le preocupa y en lo que cree y en ello, como todos, pone en juego toda su subjetividad y toma posición.

  4. Falso dilema, en el texto se equipara a activismo con parcialidad, cuando la parcialidad la podemos tener todos, incluso los periodistas. Sobre todo ciertos periodistas.

    George Orwell escribió letras muy atinadas sobre la guerra civil española, siendo él mismo combatiente del POUM, no por eso dejó de narrar las contradicciones de «su bando». Rodolfo Walsh era militante montonero y nos dejó un par de libros excelentes sobre el abuso de poder en la dictadura argentina. Günter Wallraff asume que está narrando las cosas desde la base de la pirámide, cuando se disfraza de turco, negro o empleado de un call center.

    La cosa es que ninguno de ellos le dice sus lectores «soy la objetividad con patas», hacen explícito su compromiso. Mientras otros mantienen oculta su agenda.

  5. Un tema de debate bien planteado sobre prácticas periodísticas. Nos hace falta este nivel de discusión. Gracias, Vanesa.

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