‘Perreo’ crítico

|Adriana López-Acosta|

Tengo un tema recurrente en las fiestas: me gusta argumentar por qué el reggaetón puede ser feminista.

Y para ello, recurro a Ginza, de J Balvin (quien acaba de lanzar un nuevo disco que pone a perrear a cualquiera): la frase más conocida, si necesitas reggaetón, dale, apela a la libertad de elegir libremente, una de las consignas más importantes de la sororidad. Libertad sobre nuestro cuerpo, nuestras decisiones y nuestro libre desarrollo.

El verso diciéndole que no al que viene con romanticismo es una consigna de liberación sexual, y si me pongo espesa, de muerte al amor romántico; y en esta pista todos somos iguales es, ni más ni menos, un mensaje clarísimo de equidad de género.

¿Es que en el reggaetón viejito sí eran misóginos? Visitemos el clásico de del Capitán W con Yandel, el Dúo de la Historia: Hoy es noche de sexo, voy a devorarte, nena linda. En un mundo en el que apenas 18% de mujeres llegan al orgasmo por penetración, Wisin y Yandel entienden la importancia del sexo oral.

¿Y es que el reggaetón está dominado por hombres que “objetivizan” a la mujer? Vamos por partes: todos los géneros musicales están dominados comercialmente por hombres, y esto no es exclusivo; y, tal como las mujeres han reclamado su lugar en el rap y hip hop, hemos hecho lo propio con el reggaetón. Escuchen a Chocolate Remix cantar de amor lésbico y feminismo con una base de dembow. ¿Y la objetivización? No confundamos ser un objeto de deseo que un sujeto que desea –como lo narran muchas canciones de Maluma.

Y así podría irme por un buen rato. Y el asunto es que todo un género musical no puede ser tachado de misógino, obsceno y violento. Los absolutos dañan. Y Aleks Syntek, el detractor mexicano más publicitado de este género, tendría que saberlo: todo mundo puede burlarse de Sexo, pudor y lágrimas, pero vamos admitiendo que la producción y los arreglos de Historias de danzón y arrabal son impecables.

La futura cruzada contra la música obscena que anunció en sus redes el 25 de mayo nos hace intuir que se refiere al género que vio nacer a mi pana Daddy Yankee. Tiene, al final de cuentas, congruencia con su odio general al género (recordemos que, en su visión, “el reggaetón viene de los simios”) y su velado racismo (las raíces del reggaetón vienen de Jamaica, lo cual vuelve su declaración más problemática). Y sí, es música con alto contenido sexual… como el rock de los Rolling Stones, el soul de Nina Simone y el pop de cualquier nuevo Justin Bieber que esté dominando la cartelera de Billboard.

Su campaña #nomásmisoginiayobscenidadesenlugarespúblicos, además de evidenciar que no entiende qué es un hashtag, es una promesa de prohibición en lugares públicos y censura.

Syntek tiene tiempo sacando a relucir su clasismo, pero su vena imperialista es, para mí, la más peligrosa. Porque pujar por una prohibición regulada es, además de paternalista (el principal pecado de los estados totalitarios), absolutamente misógino. Y de los más peligrosos: de los que creen ser aliados del empoderamiento femenino, y por ello asume tener la mejor opinión sobre qué es lo correcto.

Y su propuesta presupone la creación un tribunal –¿gubernamental?– que decida qué es y qué no es obsceno para multarlo. Y eso, ¿quién lo decidiría? Quienes siempre deciden por eliminar las garantías individuales: los sectores de la sociedad que consideran obsceno todo lo que es diferente a ellos. Porque, en los anales de la historia, son los únicos en las estructuras sociales que buscan la censura y la prohibición de manera generalizada, sea por medio de una aparato legal (Inquisición, Guerra Civil Española) o por los oscurito (Ku Klux Klan, una aplaudida Declaración de los Derechos del Hombre en Francia en 1789 que excluye tácitamente los derechos de las mujeres).

Imagen: PngPix

Sí, suena a que me estoy azotando y previendo una distopia de Margaret Atwood cuando solo hablamos de canciones y perreo.

Pero la música es de las expresiones más primarias de libertad. Fue la catarsis y de la comunidad negra en las plantaciones norteamericanas; los cantos y murgas en las marchas por el voto femenino; la revolución sexual en los sesenta; la protesta en las dictaduras latinoamericanas; la disidencia de normas de género en el punk; la narrativa realista del narcotráfico (también como una medida perezosa para tapar la inutilidad del Estado de hacer su principal trabajo en una democracia, que es garantizar la seguridad).

Bastante le ha llovido al compositor en el tribunal de la superioridad moral que son las redes sociales. No pretendo tirarle más tierra, que bastante división hay en el país como además acentuarlas con discusiones de si el reggaetón es válido como producto cultural (porque, además, todo mundo estará de acuerdo que Despacito maneja una ruptura de tempo sublime en el primer coro, y la progresión de notas menores en un puente es una fórmula arriesgada de diseñar un hit de verano). Él tiene la libertad de pensar distinto.

Y, como toda libertad, está la opción de cambiar de canción. Sea una de Aleks Syntek o de Luis Fonsi…

Adriana López-Acosta 

es música, periodista y llorona profesional.

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