Placer y displacer en una novela

Calificar una novela como “histórica y erótica” representa a la vez un riesgo y un compromiso; para el que caso que hoy nos atañe, Lisario o el placer infinito de las mujeres (Alfaguara, 2015), obra de la italiana Antonella Cilento (Nápoles, 1970), lo primero es sumamente obvio porque la historia acontece en el sur de Italia durante el siglo XVI pero, respecto de lo segundo, a pesar de presentar algunas escenas de alto contenido sexual, los acontecimientos alrededor de la protagonista hacen pensar más en una narración “de aventuras” que se sirve de la época, el espacio, el registro sensitivo y el azar para –ingeniosamente– acercarnos a la fantasía sin llegar a tocarla.

Para empezar, Lisario Morales es hija de españoles que radican en la Nápoles ocupada y, tras una cirugía fallida, le extirpan la lengua y la dejan muda; así, nos enteraremos de sus consideraciones por medio de las cartas que destina a la virgen María en secreto, puesto que su familia no sabe que lee y escribe, lo que consigue por sí misma en una biblioteca donde accede a las obras de Miguel de Cervantes y Shakespeare (que constituyen su “banco” de referencias).

Cuando desean casarla a los 16 años de edad con un viejo adinerado, Lisario finge entregarse a un sueño de meses del que no despierta hasta que un médico catalán, Avicente Iguelmano, consigue reanimarla de forma “ilícita y secreta” para, de esa forma, ganar su mano en matrimonio; pero todo se complica y el esposo se obsesiona con las habilidades que despliega su mujer en torno al autoerotismo, al punto de casi convertirla en su “objeto de estudio”. Las consecuencias de dicha obsesión harán que pierda a Lisario, quien huye con un artista francés (Jacques Colmar) con el que procreará a una niña, la melodiosa Teresa.

Por supuesto, las intrigas y persecuciones están a la orden del día (sobre todo durante la segunda parte) y Lisario padece no sólo el asedio de su marido y los asesinos que ha contratado, también el temor por la pérdida del amado y las consecuencias de su carácter libérrimo en torno al amor, al sexo y el deseo por una vida donde consiga que primen los placeres que ha ido descubriendo, aquellos que sustentan su idea de la felicidad y que no repara en relatar a su divina interlocutora.

Estamos ante un personaje atrayente, es claro, y debe agradecerse a Antonella Cilento su capacidad para entrelazar su apego a la veracidad histórica con una imaginación que, aunque no del todo desbordada, resulta efectiva para brindar la impresión de verosimilitud que requiere esta Lisario que vive en un mundo donde a las mujeres no se les concede siquiera la categoría de persona (si bien enfrenta eso gracias a las particulares circunstancias en que ha crecido).

Ahora, no exenta de virtudes, Lisario o el placer infinito de las mujeres no es una novela que logre una estatura literaria mayor porque, en consonancia con muchas obras que aspiran a obtener lectores y “espectadores”, la protagonista es espejo de enormes sufrimientos pero consigue “salvarse”, disfrutar (por un tiempo) del amor e incluso –aunque no se entere– que el destino le brinde una venganza de corte clásico: los villanos fracasan, son castigados y quedan en el olvido.

La historia, pues, se torna básica y es posible “predecir” sin mayores dificultades los sucesivos desenlaces (hasta el hecho de que su hija, Teresa, se convierta en una cantante que se finge castrato para poder ejercer un oficio que la vida le negó a su madre); parece que Cilento se deja seducir por una idea de los amoroso que faculta a la existencia para, súbitamente, volverse “justa”, lo que constituye en cierto modo un “pecado” para una novela que, en estos términos, no alcanza la mayoría de edad que tal vez pudo.

Sin embargo, debe admitirse que el libro sí merece el halago por aquellas páginas en las que su protagonista despliega su altamente erotizado carácter con la devoción verdadera, ya sea a través de sus epístolas a la virgen o el gozo sexual cuando se verifica al interior de un templo, momentos de saludable cercanía con la herejía que, asimismo, nos permiten apreciar las contradicciones humanas en un periodo histórico que Cilento conoce muy bien. La novela no defrauda del todo, cierto, pero a veces otorga motivos que pueden ilusionar en exceso a sus lectores.

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