El punto de vista del observador

Avelino Sordo Vilchis

En un intenso proceso que abarcó del invierno de 1906 al verano de 1907, Pablo Picasso (1881-1973) trabajó en Las señoritas de Aviñón, obra que implicó tan radical innovación que actualmente se le considera la pintura fundacional del arte moderno occidental. Para resolverla, Picasso se aventuró a explorar en la representación del espacio más allá de la tradicional perpectiva renacentista —recurso dominante del arte de occidente desde el Quattrocento— buscando conseguir puntos de vista diferentes pero simultáneos de una misma escena. Para lograrlo tuvo que ir más lejos que Paul Cézanne (1839-1906), al recurrir tanto a la geometría no euclidiana como a algunas soluciones plásticas que provenían del arte africano y del ibérico primitivo.

En el Museo Picasso de París se conservan 16 cuadernos de apuntes que abarcan del otoño de 1906 a la primavera de 1908, a través de los cuales es posible seguir a detalle el proceso de elaboración-evolución de Las señoritas de Aviñón. Pocas obras cuentan con tal respaldo documental directo. La pintura al principio no le gustó a nadie: la primera vez que se tiene registro que se haya exhibido fue en 1916 y no llamó la atención, pasó sin pena ni gloria. En la siguiente década Picasso logró vendérsela a un coleccionista francés, quien más adelante, en 1937, la vendió. Dos años después, en 1939, fue adquirida por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, donde actualmente se le considera una de las obras más valiosas de su acervo.

Las señoritas de Aviñón le abrió las puertas al cubismo, movimiento que a su vez fue uno de los principales detonantes que activaron la eclosión de ismos tan característica del arte occidental del siglo XX. Pero, detengámonos en las conexiones existentes entre las soluciones que encontró Picasso para la pintura, con otros hallazgos de la época. Y es que al buscar representar la simultaneidad de una misma escena, Picasso estaba proponiendo que el punto de vista del observador es relativo, ya que al mismo tiempo puede haber otros observadores de la misma escena, que la miran desde otros lugares, por lo que la perciben diferente. La representación simultánea de varios puntos de vista sería explorada a profundidad por el cubismo

Casi al mismo tiempo, en junio de 1905, un empleado de la Oficina de Patentes de Berna llamado Albert Einstein (1879-1955), envió a la prestigiosa revista alemana Anales de física, un artículo de 31 páginas de extensión y sin referencias (el “aparato científico” como pomposamente lo llaman ahora) cuyo título era “Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento”. El texto fue publicado en el número 17 de la revista y significó tan radical innovación que se le considera el punto de partida de la física moderna. A contrapelo de su título, en el artículo Einstein planteaba su ahora famosa Teoría de la Relatividad Especial, a partir de la premisa de la relatividad del punto de vista del observador de los fenómenos físicos.

En sus célebres experimentos mentales, Einstein encontró la solución de algunos problemas relacionados con el espacio y el tiempo que la física no había podido despejar. A fin de resolverlos, Einstein tuvo que aventurarse a explorar más allá de los límites del pensamiento científico convencional, vigente desde el Renacimiento. Y sí: ni Hendrik Lorentz, ni Henri Poincaré, por citar un par de sabios probablemente mejor dotados que aquel empleado de la Oficina de Patentes, tuvieron la audacia o la determinación de ir más allá, a pesar de que la solución estuvo en todo momento frente a sus narices. La Teoría de la Relatividad abrió las puertas al desarrollo de nuevos hallazgos que cambiarían para siempre nuestra percepción del mundo.

Hay una conexión firme y bien definida entre ambos casos, aún cuando en ese momento ni Einstein ni Picasso sabían nada uno del otro. Se trata de algo que podríamos llamar “el espíritu de la época” o incluso tal vez algo aún más metafísico. Y no todo para ahí, pues podríamos abundar en las reales aunque etéreas conexiones —este avanzar simultáneo de las artes y la ciencia, que no siempre es tan evidente, pero que ahí está— considerando otras obras que representaron un transitar en el mismo sentido, por aquellas mismas fechas, como el Ulises de James Joyce (1882-1941) o La consagración de la primavera de Igor Stravinsky (1882-1971).

De manera que así como todo es relativo, también está conectado…

 

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 23 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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