Queremos a los Chili Peppers

| Por Beto Sigala |

Era 1992 y yo estaba muy clavado con el synth pop porque el grunge me parecía de mucha pose y tampoco encontraba en el heavy metal una bandera para mis causas pueriles o simplemente prefería escuchar canciones viejas de new wave que entregarme a la fiebre de los Gun´s N Roses. Ese mismo año nos visitó un primo que venía de Los Ángeles. Era muy alivianado y sus gustos musicales estaban permeados por sus años en la universidad, la música que poco a poco fue adoptando la Generación X para marcar su ruptura con el pasado. Yo era muy curioso siempre que se trataba de nuevos sonidos y procuraba llevar mis walkman al lugar que fuese, pero la radio no siempre se dejaba querer y terminaba poniendo alguna de mis cintas. Mi primo, por su parte, que andaría en ese entonces en los albores de sus veintes, tenía un impresionante reproductor de discos compactos portátil y unos audífonos minimalistas que parecían de un futuro muy lejano.

Recuerdo que durante el tiempo que se alojó en la casa, le tocó dormir en mi cuarto y siempre, antes de dormir sacaba su discman para arrullarse con música. Cuando el ruido de la calle dejaba de colarse a las habitaciones de mi casa, podía escuchar la música remanente que se escapaba de sus audífonos; sonaba a algo de otros mundos, algo irreconocible para mi, un sonido que no había escuchado ni siquiera en la radio local o que algún chico de la secundaria tuviera entre sus descubrimientos. Yo no era gran conocedor, pero lo poco que percibía gracias al silencio de la noche, era increíble, novedoso.

Al día siguiente, esperé a que mi primo despertara para preguntarle de su música. Traía solamente dos discos que escuchaba de principio a fin, sin que ninguno de los dos le enfadaran en los absoluto. El primero era de los Red Hot Chili Peppers y el segundo era de los Beastie Boys. Sufrí un impasse; no tenía ni la más remota idea que esas bandas existieran y de sus estilos, ni mucho menos de sus canciones. Todo parecía tan ajeno, pero sentía unas ansias tremendas de escucharlos sin saltar ningún track.

Anthony Kiedis

Al día siguiente, esperé a que mi primo despertara para pedirle sus discos. Me los prestó, pero pidió que se los cuidara mucho. Enseguida, bajé corriendo al estéreo de mi casa y borré un cassete de éxitos de Antonio Aguilar y otro de Armando Manzanero para hacerme de la música de los Chili Peppers y de los Beastie Boys. ¿Qué era el sonido que llegaba a mi cabeza? Pues era un frescura, se sentía que habían llegado los noventa y que no tenía una experiencia previa, no sentía que hubiera escuchado algo parecido jamás; era funk, rap, rock n´roll, jazz y ambos discos eran tan similares, pero a la vez divergentes en cuanto a su propósito en la música, sin embargo ambas agrupaciones encapsulaban lo que implicaba ser joven en una época que daba pasos vertiginosos hacia el postmodernismo.

Agradecí tanto esa visita de mi primo, que me valió madres la boda de mi hermano, aborrecí más a mis compañeros de secundaria que se creían Kurt Cobain y sentí la necesidad de compartirlo con los vecinos de mi cuadra que estaban secuestrados por otros estilos musicales.

Hoy sé cuáles eran los discos en cuestión y comprendo mejor lo que sucedía en cada contexto aislado de los músicos que crearon ambos sellos. El primero, Blood Sugar Sex Magic y el segundo Check Your Head, producidos en 1991, en costas opuestas de los Estados Unidos  y cada uno con identidad propia.

Al crear Blood Sugar Sex Magic, los Chili Peppers utilizaron al gurú del rock, Rick Rubin. Él les sugirió que rentaran la casa de Houdini, la adoptaran como estudio y que se tomaran el tiempo para absorber la vibra del lugar y grabar sin prisa los temas para el disco. Ese fue el lugar físico que detonó la locura del John Frusciante para idear lo que saldría de su guitarra, mientras pintaba en la soledad de su habitación. El vocalista, Anthony Kiedis, tenía problemas con la droga y era algo que lo alienaba del mundo, pero supo sintetizar su fijación sobre el bajo mundo de las adicciones, las obsesiones personales y una divertida fascinación por el sexo para hacer un álbum que los consolidó como de las una de las bandas más importantes del rock, cuando el rock era sumamente relevante para la juventud (sueno como un anciano). Y visto a 26 años de su creación, es tan sólido como divertido y groovie. En la esencia es funk, mezclado con rock, a veces rapeado, otras con frenesí, en ocasiones cachondo y en la sustancia es demoledor por sus posturas ante la época.

Está de más decir que “Give it Away” y “Under The Bridge” suenan tanto a los 90 como Bill Clinton, Lewinsky, los primeros teléfonos celulares y el Windows 95. Quizás ambos temas sean himnos de una generación desencantada, pero activa y con la mira puesta en las innovaciones, en el rompimiento con la hipocresía de la moral norteamericana. Los 17 tracks, a pesar de alguna ondulaciones negativas e inconsistencias, se han sostenido en su envejecimiento y se siguen sintiendo como algo que los estudiosos de la música tuvieron el atino de etiquetar como rock alternativo; una idea vaga de lo que significaba sobre todo el rock de esa década. Sigue siendo brillante, tan californiano como los cirujanos plásticos pomposos y las patinetas.

Anthony Kiedis auguró que Blood Sugar Sex Magic sería el disco que los haría un fenómeno mundial y precisamente eso ocasionó la salida de Frusciante, quien no pudo soportar la abrumadora atención, por esos se fue. Luego volvió, irónicamente, para hacer Californication, un disco más exitoso a nivel de ventas y hasta la fecha el trabajo más reconocido de esta banda.

Como dije, el otro disco que traía mi primo era el Check Your Head, de los Beastie Boys. Con  solo mirar su portada en blanco y negro sentía que era algo grande, pero relajado también. En la superficie era un disco de rap, antes de que el rap se volviera tan soporífero como los es hoy. En sus entrañas estaban las clásicas rimas, muchas inspiradas en la ciudad de Nueva York, en el activismo neojipi y en las vivencias personales. Sus samplers son en la mayoría de las ocasiones alucinantes y el beat nunca pierde la línea fundamental del funk. Más no es igual a ningún disco de rap que se hubiera hecho hasta 1991. Mientras la mayoría de artistas del hip hop ascendían en su gusto por las tornamesas y reciclaban las colecciones de soul y R&B de los 70, los Beastie se decidieron a respaldarse más en sus propios instrumentos; su pasado en el punk los llevó a hacer sesiones de jamming en los que le dieron forma a la música que después inundarían de rimas. A veces también es muy rockero como en el tema “Gratitude” y en las secuencias instrumentales suena como un buen disco de jazz con afrobeat y hasta música tibetana.

Años después entendí que los discursos de este disco son ligeros, que no tiene grandes sentencias líricas, no obstante su música es un tótem bien labrado en los tiempos modernos. la salida del Check Your Head al mercado, fue tan bien recibida en el mundo del rap como en la creciente oleada del rollo alternativo. En su interior estaba esa promiscuidad de géneros que en ese contexto era asombroso y que ahora es una mala justificación de muchas bandas modernas para tomar un rol que no les queda, para fallar al momento de elegir un estilo propio.

Los dos discos que descubrí gracias a mi primo Pocho, en lo personal fueron el inicio de una nueva era en mis gustos musicales. La música de esa época, en especial el rock, fue una burbuja muy cambiante que estalló con la primera revolución de la música electrónica dentro del mainstream. No puedo creer que hayan transcurrido 26 años de estos dos clásicos que en general, son vestigios de una civilización pasada que se disipó entre las estanterías de las fonotecas o que se mudó gradualmente a nuestro presente y ha llegado a un letargo tan aburrido como los discos de Arcade Fire.

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