Quien compra libros los carga…

|Por Ricardo Solís|

Hace más de medio siglo, Octavio Paz publicó un texto breve en el que se refirió a la biblioteca del poeta norteamericano Robert Frost tras una visita a su casa. Lo que le asombró, nos cuenta Paz, fue que se tratara de muy pocos libros (supongo esperaba miles de volúmenes apilados en cada rincón del lugar) y, al preguntarle el motivo a su anfitrión, el escritor –que para entonces pasaba de los 80 años de edad– le refirió a su joven colega que, con el tiempo, se convenció de que basta con poseer una pequeña cantidad de libros a los que siempre pudiera “volver”, aquellas formas de escritura que se convierten en indispensables y novedosas con cada relectura.

En este sentido, más allá de si somos o no muy afectos a conservar tiliches, la postura de Frost me agrada y me intriga a un tiempo. Primero: soy consciente de que conservar y preservar adecuadamente una biblioteca personal de grandes dimensiones requiere no solamente de estabilidad económica sino de ciertas aptitudes físicas (para cargarlos, pues, cuando se deba). Por otra parte: a pesar de que no tengo la edad de Frost cuando dijo lo que dijo, es cierto que cuando alguien tiene en casa miles de volúmenes, resulta muy poco probable que los visite todos de nuevo o siquiera que los haya leído, por lo que tampoco resultaría reprobable deshacerse de ellos (y permitir que otros lectores los aprovechen, si es el caso).

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Lo anterior, por supuesto, revela que no soy suficientemente joven para juzgar “natural” que buena parte de mi biblioteca la constituyan archivos en PDF u otro cualquier otro formato electrónico, pero celebro de verdad que mis contemporáneos lectores “en pantalla”, se libren parcialmente de la condena que significa, por ejemplo, cambiar frecuentemente de domicilio y tener que cargar no sólo con enseres domésticos, ropa o animales sino, además, con una larga serie de cajas (que suelen demandar organización previa). En esos instantes se comprende por qué los servicios de mudanza cobran lo que cobran (y por qué acudimos a los amigos en esos trances).

Al final, cada cual sus costumbres y su noción de que es lo que deba conservar o no, en lo que a libros se refiere. Ahora, a quienes padecen lo que yo, no les vendría mal ajustarse un poco a la época y optar por el libro electrónico que, en muchos casos, ofrece ventajas y, se supone, estamos en posición de sopesar también sus desventajas (que las tienen).

Si, como vislumbró Borges, una biblioteca puede ser una de las formas del Paraíso, es posible asimismo otorgarle las cualidades de un ser vivo, una suerte de criatura susceptible de transformarse de manera gradual, como si de desprendiera de una capa de piel de cuando en cuando; bajo tal condición, tal vez pesaría menos deshacerse de tal o cual título que nos resulte entrañable por tiempo limitado o que apenas fue importante por motivos de trabajo (académico o de otra clase). Tal vez, digo, porque todos tenemos una opinión diferente en estas cuestiones.

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