¿Quién fue Gabriel Covarrubias Ibarra?

|Por Juan José Doñán|

Acaba de morir, a los 88 años de edad, uno de esos contados políticos de antaño que, con el paso del tiempo, acabaron siendo muy bien valorados –e incluso extrañados– por la sociedad tapatía: Gabriel Covarrubias Ibarra.

Don Gabriel, como todo mundo lo conocía, sin tener que hacer referencia a sus apellidos, tuvo una carrera más bien corta dentro de la administración pública, pues se integró a ella ya bien avanzada la década de los ochenta, cuando él estaba por cumplir los 55 años y se retiró de la misma en el decenio siguiente, luego de haber desempeñado importantes cargos en la función pública: primero como tesorero del Estado, durante la administración de Enrique Álvarez del Castillo y después como presidente municipal de Guadalajara, en el trienio que fue de 1989 a 1992.

Durante su juventud y buena parte de su etapa adulta, Covarrubias Ibarra se había dedicado a los negocios, tanto a los de su familia como a los relacionados con grandes empresas (inmobiliarias, bancarias, etcétera).

Hasta antes del sexenio de Miguel de la Madrid, luego de la gran crisis económica del país, en la última etapa del gobierno de su predecesor José López Portillo, no era común que quien había hecho huesos viejos en el sector privado pasara a ocupar altos cargos en el sector público.

Gabriel Covarrubias Ibarra pudo hacerlo cuando el gobernador Enrique Álvarez del Castillo llegó al gobierno de Jalisco y lo invitó para que se encargara de las finanzas del Estado, encomienda que cumplió debidamente hasta el punto de perfilarse, por encima de muchos militantes priistas de carrera, como el principal aspirante del tricolora la presidencia municipal de Guadalajara, para lo cual contaba con la simpatía de las cúpulas empresariales (que veían en él a uno de los suyos) y de muchos de los votantes potenciales del Partido Acción Nacional.

Su gestión como alcalde de Guadalajara fue notable en varios sentidos: por sus sonados diferendos con la Comisión Federal Electricidad (debido a sus altas tarifas) y con el INEGI (organismo que contaba menos tapatíos de los que, según Covarrubias Ibarra había en su municipio); por romper con la fallida modalidad de la Policía Metropolitana, reclamando el regreso al sistema de las policías municipales, y por oponerse, sin ambages de ningún tipo, a la realización de una marcha gay y un congreso ídem en Guadalajara. Esto último, aunque le atrajo no pocas críticas entre ciertos grupos sociales y en algunos medios de comunicación de la comarca y sobre todo de la Ciudad de México, no pasó a mayores en la medida en que esa negativa oficial acabó recibiendo el apoyo de amplios sectores de la sociedad tapatía.

Dueño de una personalidad austera, paternalista, bonachona y también campechana, Covarrubias Ibarra solía dar la nota un día sí y otro también. Así, por ejemplo, a quienes lo cuestionaban por la multiplicación de baches en las calles de Guadalajara, durante algún copioso temporal, les solía responder con frases humorísticas como aquella de “Yo no mandé traer la lluvia”.

Sin dárselas de culto ni de protector de las artes, realizó una notable labor en favor de las manifestaciones artísticas e intelectuales, labor que no ha vuelto a repetirse en los 26 años que han transcurrido desde que entregó el cargo.

Ya hacia finales de su gestión, le tocó encabezar los festejos por los cuatro siglo y medio de la fundación de Guadalajara, aniversario campanudo que se cumplió el 14 de febrero de 1992.

En el ámbito cultural, los festejos incluyeron la creación del Museo de la Ciudad y un relevante programa editorial, enfocado sobre todo a la historia de Guadalajara, así como a distintos aspectos de la vida de la ciudad.

Tanto en éste como en muchos otros aspectos (incluidos la seguridad pública y los diversos servicios municipales) sale sobradamente ganador si se le compara con los nueve gobiernos que ha tenido la ciudad desde entonces (del PRI, del PAN, luego otra vez del PRI y ahora de Movimiento Ciudadano).

Para él, uno de sus timbres de orgullo había sido entregar finanzas municipales sanas y sin deudas.

Ya como ex funcionario público (anunció que se retiraba para irse a cuidar a sus nietos), el prestigio de Gabriel Covarrubias Ibarra seguía siendo tan alto que no fue casual que a él se le encomendara la administración de los fondos federales para atender a los damnificados por las explosiones del 22 de abril en el Sector Reforma.

Dos años después, un conocido ex rector de la Universidad de Guadalajara, en ese momento rector general de esa casa de estudios y con ansias de brincar del Paraninfo a Palacio de Gobierno, quiso integrarlo a una efímera organización “apartidista” suya, llamada Alianza Cívica y de inmediato rebautizada popularmente como Alianza Cínica. Pero ni el ex rector de marras (de nombre Raúl Padilla) consiguió su propósito ni Gabriel Covarrubias Ibarra le sirvió finalmente al susodicho en su proyecto de convertirse en gobernador de Jalisco.

A 25 años de aquellos acontecimientos, está visto que el tiempo acaba poniendo a todo mundo en su lugar. Y a diferencia de lo que ha ocurrido con muchos otros dizque “servidores públicos”, el dictamen del inefable padre Cronos es y ha sido decididamente favorable con el recién fallecido Gabriel Covarrubias Ibarra.

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