Un recuerdo inmundo de la adolescencia

Dicen que las fronteras provocan curiosidad. Yo siempre quise ver qué había más allá del arroyo de abajo, como le decían al regato que pasaba a espaldas de la casa de mis abuelos, en García de la Cadena. Hace un rato me dijo mi padre que el afluente se llama El Jagüey y que no era de temporal, como yo había escrito apenas anoche.

El Jagüey era una de las promesas por las que en los años 70 y 80 del siglo pasado valía la pena un viaje de 12 horas o más —por los lodazales de las aguas—, desde Guadalajara hasta La Estanzuela, como le decían todos a García. Desde San Cristóbal de la Barranca, Jalisco, el camino de mi infancia era una brecha de barro rojo entre barrancas, adornada por cruces de los que se habían caído andas, suponía yo. Hoy es un cacho de la carretera a Colotlán.

Otras promesas que salvaban las molestias del camino eran la libertad de andar en la calle todo el santo día y el sabor de las galletas saladas con chile Torito que vendían en todas las tiendas.

La casa de mis vacaciones está en la calle Ramón López Velarde, que entonces tenía un empedrado colonial extraordinario. Por adentro y por afuera era de ladrillo aparente y puertas de madera, como eran todas las de La Estanzuela, hasta que llegó una idea rarísima del progreso y la mayoría de la gente le puso enjarre a los muros y lámina a los marcos de cantera.

Los cuartos de la vivienda estaban dispuestos alrededor de un patio donde había un pozo y algunos rosales maltrechos. En el fondo del patio había un baño que nadie usaba, porque todos preferían el corral, que entonces estaba cruzando una cerca de piedra. Yo también lo prefería; me gustaba que los mosquitos se me pegaran a las nalgas y el paisaje era bellísimo. Del lado derecho del corral había una huerta de duraznos criollos. Del izquierdo, un lienzo corral pequeñísimo para vacas. Más allá, un gallinero y un granero de tejas, donde siempre vi dos tractores, siempre parados, y un pastizal que iba descendiendo hacia el arroyo. En este último espacio, el único árbol era un manzano. Un poco después estaba El Jagüey, que corría en el sentido de la calle López y, por lo tanto, de la fachada de la casa.

Hincada frente a una piedra, mi abuela María lavaba la ropa ahí, con jabón de pan. Luego nos bañaba, también con jabón de pan, casi con la misma fuerza con la que tallaba los pantalones de trabajo en el campo de mi abuelo.

En La Estanzuela, el baño no era cosa de higiene, sino sobre todo de juego. En el afluente había zancudos a los que les llamaban patinadores, porque podían deslizarse sobre la superficie del agua, y unos escarabajos buceadores, a los que todos conocían como planchitas. Como decían que también había culebras y víboras, en cierto momento del baño empezaba a sentir una ansiedad terrible, que con el tiempo se fue empeorando: en las secas, porque pensaba que la víbora iba a salir de una piedra para ¡cuás!, morderme, y en las aguas, porque pensaba que iba a estar escondida entre el zacatal o me la iba a topar bañándose en el en el arroyo para ¡cuás!, morderme.

Nunca le perdí el miedo a la víbora, pero un día me animé a cruzar El Jagüey, en pleno temporal. Lo crucé con los ojos entrecerrados, para no ver al reptil. Cuando los abrí, contemplé uno de los paisajes más bellos de mis recuerdos pasados y recientes, incluyendo las escenas idílicas de la maternidad. El Jagüey serpenteaba el valle de García de la Cadena, entre pastizales y flores silvestres. Hasta me acuerdo de haber visto unos pinos, pero es probable que fueran una fantasía, influida por el animé japonés Remi. Yo tenía unos nueve o diez años.

Durante la adolescencia hice lo que correspondía: me divorcié de mis orígenes y no volví a La Estanzuela, sino hasta que tuve 15 o 16 años. El drenaje y el agua entubada habían llegado a todas las casas del pueblo.

Lo primero que hice, después de bajarme del camión y saludar a mis abuelos, fue ir al corral, que ya no tenía cercas de piedra ni huerta de duraznos. Bajé la colina. Crucé el arroyo. Subí la ligera inclinación hasta el valle con los ojos entrecerrados… Cuando los abrí, vi una de las cosas más decepcionantes que recuerde, incluidos los amores que pagan mal. Taponado por recipientes de plástico, muebles viejos y basura doméstica, El Jagüey corría con trabajos como un hilo de espuma densa y pestilente.

Desde entonces volví sólo un par de veces a García de la Cadena —una, cuando velamos a mi abuelo—, pero nunca más al arroyo de abajo. Hace rato mi padre me dijo que ya no existe. Que se secó el ojo de agua que lo alimentaba, y al cauce le pusieron calles encima. Ya no quedan víboras ni patinadores ni planchitas.

Anoche empecé a escribir sobre el incendio del Tepopote, el cerro que se quemó hace unos días, pero –qué curioso– las ideas me llevaron a El Jagüey. Quizás porque el afluente muerto me sirvió para entender muy joven los terribles desastres naturales que hemos causado en tan poco tiempo. En menos de 40 años —ni medio respiro en la historia de la Tierra—, murió el protagonista de uno de los mejores recuerdos de mi vida. No sé qué más decirles.

Vanesa Robles
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Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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