Relatos de sal, sangre o ceniza

La narradora suiza Fleur Jaeggy (Zurich, 1940) no es una extraña en el panorama literario internacional, su más reciente volumen de relatos publicado en español, El último de la estirpe (Tusquets Editores, 2016) es prueba de que continúa con sus poderes plenos y que la brevedad le sienta perfecto para lograr efectos desasosegantes y perturbadores. Son veinte textos los que integran este libro de menos de 200 páginas, pero no hay que confiarse, la potencia de su prosa es enorme y no permite habituarse a formas confortables de lectura.

A diferencia de su novela más conocida –Los hermosos años del castigo (1989)– en nuestra lengua, aquí su lenguaje de decanta en estructuras básicas y concentradas, frases breves delimitadas por puntos que recargan la acción y no brindan descansos semánticos, de una sentencia a otra demandan atención obsesiva porque el detalle determina los puntos de inflexión o las encrucijadas de las historias. Muchos de estos cuentos son apenas viñetas o consignas de un hecho concreto, pero siempre cargados de probabilidades gracias a sus intrigantes omisiones, todo ello en ambientes de escalofriante realismo que se tiñe, constantemente, de frialdad o extrañeza.

Hay autores célebres que aparecen en estos relatos, un poco a manera de homenaje o pretexto para que a partir de ellos se detone el carácter de una experiencia determinada. Como ejemplos de esto, están Joseph Brodsky (“Negde”), Ingeborg Bachmann (“La sala aséptica”) u Oliver Sacks (“Un encuentro en el Bronx”); el primero es protagonista evocado para dar con su escape a “una ciudad mental” en la cual pasear, la segunda como parte de una conversación que aborda la vejez y el tercero como el recuerdo que ayuda a situar el ámbito donde se conversará con un pez.

Como puede deducirse, no nos encontramos ante ejemplos de una narrativa convencional ni cómoda. Parece, más bien, que a Jaeggy lo que le importa es despertar en sus lectores una perturbación que deriva de trastocar sus emociones o convencimientos más comunes; como ya lo dijo Justo Navarro hace dos años, si algo debiera agradarnos de la prosa de esta escritora es que “no habla la jerga del sentimentalismo” y, además, en contra de cualquier clase de propaganda ridícula, “no glorifica los vínculos familiares”.

Lo anterior, por supuesto, no sería posible sin apoyarse en el humor; un humor extraño, claro, de esa clase que infunde una impresión de no estar de acuerdo o de llano disgusto. No en balde este rasgo de su escritura le ha valido comparaciones con Beckett, pues bien podría producir más dolores de cabeza que carcajadas; en estos breves textos se trastoca siempre un detalle esencial, sea la anécdota, la materialidad de los personajes o incluso las estratagemas que súbita y sutilmente tuercen un rumbo aparente para desembocar donde el lector menos espera.

Para sus devotos acólitos, esta obra de Jaeggy no representa sino la confirmación de sus habilidades como escritora; para quien se acerque a ella con este libro, significará un auténtico descubrimiento que puede renovar su fe en la literatura. Los relatos que conforman El último de la estirpe conminan a no abandonar la esperanza de que es posible, todavía, topar con textos desafiantes que nos dejen un buen sabor de boca, aunque nos recuerde siempre la sal, la sangre o la ceniza.

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