Renunciar a los partidos

|Por Paul Alcántar|

La ciudadanía politizada –la masa crítica– ha optado por renunciar a los partidos; vincularse con estas organizaciones no es “buena” idea porque implica perder credibilidad frente a otros actores. Sin embargo, se comete un error al deslindarse tan profundamente. Los partidos en México, sin lugar a dudas, son opacos, pero negar su existencia permite que su operación sea costosa y sin efectos positivos para la sociedad.

Es entendible. La perpetuidad del poder en las instituciones tiene que ver con las formas. La repartición de candidaturas para los diversos cargos de elección popular hoy es el espectáculo más desesperante que tenemos que observar porque seguimos dando cuenta que en ese dividendo lo que vale no es la representatividad social, sino la garantía de que los acuerdos discrecionales se mantendrán, una vez conquistado el espacio.

Los partidos políticos no son instrumentos del acceso al poder de los “simples” mortales; de aquellos que ven en la política, la forma legítima de participar activamente en las decisiones de lo público.

Tan sólo hay que detenernos y analizar las alianzas entre quienes pronuncian el progresismo o el conservadurismo, y por el otro lado, negocian los espacios de las instituciones ventajosamente y frente a las narices de un minúsculo grupo ciudadano que ante el poder electoral se siente cada vez relegada y menos representado.

Ningún partido político vigente, con registro ante el Instituto Nacional Electoral (INE), ha cumplido con el principio que le permite vivir del erario público. Darles dinero a los partidos es justamente reconocer que son instituciones que promoverán los derechos políticos de las personas, de todos los mexicanos –lo sigo creyendo–. Sin embargo, defender tal causa pone muchos riesgos porque de verdad no hay tal práctica. Nunca vimos asambleas democráticas ni deliberaciones al momento de discutir, por ejemplo, una alianza pragmática con otro partido.

Por ejemplo: nunca vimos a las bases del PRD en una disputa férrea, ni siquiera a través de sus consejeros o delegados políticos, para evitar a toda cosa un acuerdo con el PAN, partido que también debería tener vergüenza por permitir que Ricardo Anaya haya dinamitado la misma disidencia y el debate del cual se sentían orgullosos. Por su parte, Movimiento Ciudadano fue atinado en vender su fuerza política que mantiene en Jalisco, donde el PAN ya murió, y hoy Dante Delgado, su dirigente, asegurará su registro y presencia en otros estados del país.

Morena, el partido de Andrés Manuel López Obrador, es el más decepcionante de los casos. Un partido nuevo y empoderado, pero obsoleto en sus prácticas de organización, no puede ser más retrógrada la idea de cómo construir democracia sin dinámicas horizontales. Yeidckol Polevnsky y Alfonso Romo han operado con las cúpulas empresariales la integración de frentes influyentes en todas las regiones del país con personajes muy raros y cuestionables, mientras John Ackermann alimenta más el ego del tabasqueño haciendo del discurso político un manifiesto totalmente desarticulado y fuera de tono; sin mucho fondo, con efectos de polarización y dándole la razón a quienes alimentan el miedo. Pero lo más peligroso es que haya incluido a los cristianos y evangelistas “ultras” a través del Partido Encuentro Social y sin más lograr un acuerdo para tener mayores posiciones en el Congreso de la Unión y meter mano en las agendas legislativas. Del PT ni hablar.

Pero el más perverso de todos sigue siendo el PRI. El modelo partido-corporativismo-Estado siempre rondando en la cabeza del presidente de México, lanzando a José Antonio Meade, un candidato “externo” de sus filas, pero leal al status quo y del sistema que heredó de la misma escuela neoliberal de donde es egresado y que nos ha llevado a estos 30 años de desigualdades y pobreza extrema. La funcionalidad del PRI tiene una capacidad de mutación increíble que se asienta en la amplia red clientelar que trastoca las fibras de las promesas eternas.  El PRI silencioso que opera en diversas entidades con grupos facciosos que controlan amplios sectores regionales, muy fáciles de movilizar y de poner a la disposición de cualquier operador como la CTM, la CROC y la CNOP que siguen funcionando con ingresos millonarios provenientes del mismo partido,  pero sin un solo aporte al bien público. La figura de Meade mandará mensajes de “estabilidad” financiera frente a los mercados, sin cambiar una sola fisura del sistema político y económico. Más pobreza, más corrupción y más violencia.

La oferta electoral real que imponen es desesperanzadora. En esta descripción generalizada valdría la pena analizar hasta dónde la ciudadanía tiene la capacidad para intervenir directamente en las decisiones de los partidos. La respuesta no es dar espacios a las candidaturas independientes porque éstas aún son frágiles a las reglas del juego electoral. Lo que sí es ser conscientes que estas organizaciones siguen funcionando con recursos públicos y que apelando a su autonomía  determinan candidaturas que no nos dicen mucho.

Todo queda y permanece en la oscuridad política.

Paul AlcántarPaul Alcántar

Hago análisis. Toma la ciudad. Michoacano en Guadalajara.

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