Resucitar cadáveres

|Por Juan José Doñán|

El viernes antepasado, en conocido diario local, a un comentarista de asuntos políticos le dio por echar su gato a retozar en un ámbito que no parece conocer bien: el arte urbano en nuestra ciudad. El propósito evidente del editorialista de marras fue el de abogar en favor de la escultura más costosa y una de las más polémicas en la historia de Guadalajara, a fin de que el ayuntamiento tapatío o el gobierno de Jalisco o ambos desembolsen o consigan los más de cien millones de pesos que se requerirían para concluir una obra que quedó a medias desde el momento en que su hechura fue abandonada (de esto hace casi 15 años), cuando ya se habían gastado en ella 90 millones de pesos de dinero público.

Se trata de los inconclusos y muy poco agraciados Arcos del Milenio, un proyecto que, hacia fines de 1998, el escultor chihuahuense Sebastián le propuso al gobierno municipal de Guadalajara, que por entonces encabezaba el panista Francisco Ramírez Acuña.

La propuesta de Sebastián convenció de inmediato a las autoridades tapatías, tal vez porque veían en ello la oportunidad de que se realizara una obra de gran calado, con la que la capital de Jalisco podría “celebrar a lo grande la llegada del tercer milenio”, mediante una escultura que aspiraba a ser la más alta del país (la pretensión era que tuviera más de medio centenar de metros de alzada) y por la que, además, su autor ofrecía no cobrar.

Esto último provocó, en un primer momento, algunos equívocos. Así, por ejemplo, funcionarios como el entonces regidor Eduardo Rosales entendieron que la obra no tendría ningún costo para las arcas municipales. Sin embargo, el propio Sebastián se encargó de aclararles que él, como autor de la obra, no pensaba cobrar por su trabajo, pero que el costo del material, así como la mano de obra, sí tendrían que ser pagado por los tapatíos.

Aclarado este punto, el ofrecimiento fue aceptado por el entonces presidente municipal Francisco Ramírez Acuña y regidores que lo acompañaban, entre ellos el jefe de los ediles priistas, Enrique Dau Flores, quien un par de años después sería nombrado director de la Comisión Estatal del Agua y Saneamiento por el mismo Ramírez Acuña, cuando éste llegó al gobierno de Jalisco, el 1º de marzo de 2001.

Según la estimación inicial, los Arcos del Milenio tendrían un costo de 12 millones de pesos e iban a estar concluidos, con sus seis arcos de acero, antes del primer minuto del año 2000. Pero sucedió que la obra comenzó a encarecerse de manera exponencial, entre otras cosas porque las dovelas de acero eran procesadas en el taller de Sebastián, en la capital del país, desde donde se transportaban por carretera a Guadalajara, para luego proceder a armarlas y ensamblarlas en la glorieta del mercado de Abastos.

Para 2003, cuando la obra iba apenas en el tercer arco y en la cimentación del cuarto, la administración municipal que ya para entonces encabezaba el también panista Fernando Garza Martínez reportó que se llevaban gastados en la obra 90 millones de pesos, lo que llevó a ese funcionario a decir que ya no habría ningún desembolso de parte del Ayuntamiento de Guadalajara para algo que se había convertido en “un verdadero barril sin fondo”.

Ante ello, varios fans de Sebastián (entre ellos algunos empresarios de la comarca) decidieron constituir un patronato, el cual se proponía recabar fondos privados, con el propósito de concluir la obra. Dicho patronato trató de buscar donativos y organizó más de una subasta, aunque con resultados más o menos magros, pues con dificultades pudieron pagar la terminación del cuarto arco.

Desde entonces esa obra, que estéticamente confunde lo grandote con lo grandioso, ha quedado como uno más de los costosísimos elefantes blancos (aunque su color sea amarillo huevo) que el PAN-gobierno dejó a los habitantes de esta parte del mundo.

Por eso no deja de llamar la atención que ahora el periodista Jaime Barrera, abocado preferentemente a cuestiones políticas de la comarca y bastante desinformado en materia de arte urbano, salga a pedirle a Papá Gobierno que apoye económicamente a las personas interesadas en la terminación de los Arcos del Milenio. Por cierto, entre esas personas interesadas se encuentra el dueño del periódico para el que ahora escribe el señor Barrera.

Quién sabe si el susodicho sepa lo que está pidiendo en términos presupuestales, pero de lo que de plano no parece saber mucho es de arte urbano, pues dice que éste se dejó de hacer en nuestra ciudad hace medio siglo, cuando se construyeron “las sesenteras obras del Pájaro Amarillo de Mathias Goeritz y Los Cubos de Fernando González Gortázar” (El Informador, 15 de marzo).

Para información de Jaime Barrera y de quienes confían en sus afirmaciones, la mencionada escultura de Goeritz, en el cruce de las avenidas Inglaterra y Arcos, es de los años cincuenta y no de los sesenta, y la de González Gortázar es ya de la década de los setenta. Otra afirmación aventurada es decir que Sebastián figura entre “los más grandes exponentes de la escultura monumental en el mundo” o que, aunque haya a quien no le gusten los Arcos del Milenio, los tapatíos ya “se han apropiado” de esta obra.

Por lo demás y contra lo que afirma el mencionado periodista, el arte urbano se ha seguido practicando en la Zona Metropolitana de Guadalajara, así sea con resultados predominantemente insatisfactorios como los del mal concebido proyecto de escultura pública que recientemente promovió Enrique Alfaro, en su condición de alcalde Guadalajara. Moraleja para quienes se ocupan de asuntos ajenos a su campo de competencia: zapatero, a tus zapatos.

Finalmente, pedir que se disponga de fondos públicos para concluir los Arcos del Milenio, como el editorialista de marras les sugiere al alcalde Ismael del Toro y al gobernador Enrique Alfaro, no sólo sería meterle dinero bueno al malo, sino querer resucitar cadáveres a costa de los contribuyentes.

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