Romario, Bebeto y Rivaldo son mis sobrinos

Esta historia ya la había contado. Es la de Nacho Robles, el único primo con quien comparto los apellidos paterno y materno, pero con el que difiero en pasiones. Para él, el futbol es la vida, no es tan sólo vanidad: “Como futbol, sueño futbol. El futbol me gusta más que el trabajo”, repite él, y yo lo repito por la coyuntura en Guadalajara.

Tanto ama Nacho al futbol, que ahora yo tengo tres sobrinos futbolistas de nombre y alma: Raí Romario Robles, de 24 años; Bebeto Robles, de 21, y Rivaldo Robles, de 15. Mi primo quiso bautizar a Rivaldo como Cuauhtémoc, en honor al alcalde de Cuernavaca, nomás que su mujer brincó porque ese nombre no combina con los de su prole masculina. Mi primo se arrepiente de haberle puesto Bebeto a Bebeto: no sabía que es el apodo de José Roberto Gama de Oliveira. Mi primo quiso ponerle Ronaldiha a una hermosa joven, de 19 años, que nació entre Bebeto y Rivaldo. Su madre libró una batalla decidida. Mi primo lo pensó mejor y le puso Yaritsel.

Nacho Robles Aguilar es un migrante legal y ciudadano en California. Tiene 48 años. No es rico y nunca lo va a ser; su sueño americano se trata de poder practicar su pasión.

Así, un semestre le pega duro como operador de una máquina en una fábrica de salsas de tomate, en el poblado Los Baños, y un semestre regresa a su terruño, Tepatitlán de Morelos, a pegarle duro al balón. Tepa es la recompensa de su american way of life. Tepa es pura patada, sin exagerar.

En Tepa, Nacho juega con el Franceses y es americanista, así que la debe estar pasando muy mal ahora. En Los Baños es Pumas de la UNAM, en un equipo de migrantes peruanos.

En los años ochenta jugó en la segunda profesional, con el Industrial de Tepatitlán, bajo la dirección técnica de Ernesto, el “Teto Cisneros”, y con un sueldo de dos mil mensuales, se acuerda todavía. Dice que era muy bueno, pero nunca llegó a la primera división porque no tenía otro padrino que el “Teto”. Luego, en 1987 se fue al Norte, como miles de paisanos. El primer año allá fue meter puras bolas de tomate en una cancha donde nomás jugaban campesinos. Luego, mi primo se puso a jugar en el Razzari, un equipo de portugueses de Los Baños: “Los mexicanos tenían que cooperarse que pagar que por usar la cancha, que por los árbitros. El Razzari por lo menos le invitaba a uno el agua o una cerveza, y yo venía acostumbrado a ganarme un sueldo”.

Escribo por segunda vez sobre Nacho, porque al padre del Romario, Bebeto y Rivaldo no le gusta ver partidos de futbol. Ha ido al estadio una sola vez en su vida, a ver un partido de América – Atlas. Al Jalisco. Nunca volvió. Eso sí, paga por jugar y, por eso mismo, duró muchos años sin trabajar un año completo. Mal se acercaba noviembre, Nacho Robles, Romario, Bebeto, Rivaldo, Yaritsel, la “Ronaldinha” Robles y la madre de los chicos, Nico, se despedían de la Liberty Packing, la procesadora de salsas, y emprendían el viaje a Los Altos de Jalisco.

Lo curioso es que a ninguno de ellos le interesa volverse millonario ni mirar el partido ni celebrar que el América gane ni conseguir autógrafos. A Nacho Robles y a su prole les interesa vivir en Los Baños para volver a Tepa y, literal, vivir de la patada. Somos gente rara, los Robles Aguilar.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 19 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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