Sam y Patti

En la serie de televisión Bloodline, acerca de una disfuncional familia radicada en los cabos de Florida, el rol de los padres corresponde a dos veteranos más que apreciables: Sissy Spacek y Sam Shepard. Ese fue uno de los últimos papeles de Shepard -aunque también alcanzó a actuar en la película Never Here, de Camile Thoman, estrenada este año-, pues el 27 de julio pasado murió, a los 73 años. Es imposible clasificar a este hombre en una sola categoría: escribió numerosas obras teatrales y ganó premios importantes por varias de ellas, fue guionista de películas que dirigieron relevantes directores (por ejemplo: Zabriskie Point, de Antonioni; Fool For Love, de Robert Altman; Paris, Texas, de Wim Wenders), dirigió él mismo algunas cintas (Far North, Silent Tongue), fue actor en muchas más (The Right Stuff, Steel Magnolias, The Pelican Brief, Black Hawk Down, por mencionar unas cuantas) y hasta compuso canciones, como aquella célebre de Browsville Girl en coautoría con Bob Dylan.

Al día siguiente de su muerte se difundió una carta de despedida que le escribió, emocionada, su amiga Patti Smith. Se titulaba My Buddy, expresión simple con connotaciones múltiples: amistad, compañerismo, complicidad, cosas que compartieron desde muy jóvenes.

La semana pasada la misma Smith estuvo en la Ciudad de México, participó en varias actividades artísticas que culminaron con un recital poético-musical en La Casa del Lago. Se volvió a acordar de su viejo cómplice Sam, reveló el amor de Shepard por nuestro país y relató que llevaban años planeando hacer un viaje juntos por carretera a lo largo de México, proyecto que se fue postergando y que nunca se realizó.

Confieso que miré en Twitter con cierta envidia la foto de Juan Villoro cenando con Patti Smith. Luego leí en la mayoría de los diarios las reseñas de las actividades de la artista en estos días donde se destacaba su mención a Sam Shepard (“lamento que mi viaje a México me impidió estar en su memorial en Kentucky…”) y a otros asuntos y personajes: habló de Diego Rivera, uno de sus héroes juveniles cuando se inclinaba por una incipiente carrera como pintora, cantó una canción para los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos (o más bien, para sus madres), leyó un poema dedicado a su admirado Roberto Bolaño, el escritor chileno que vivió muchos años en México y, por supuesto, manifestó en conferencias de prensa su disgusto sobre Donald Trump y sus inaceptables políticas relacionadas con nuestro país.

A sus 70 años de edad Patti Smith muestra, por lo visto, una enorme, si bien más serena, vitalidad. Atrás han quedado sus etapas punketas neoyorquinas pero no han cambiado sus convicciones de libertad y justicia. “People have the power”, volvió a cantar al final de su recital de ayer ante una audiencia joven, tan joven como lo eran ella y Robert Maplethorpe en aquel delicioso libro autobiográfico Just Kids, en donde Patti Smith relata sus primeros años en Nueva York cuando los dos, Robert y ella, eran aspirantes a pintores. En aquel libro honesto, de indudables méritos literarios, Patti hablaba de la inocencia, la búsqueda y el encuentro de una vocación que ha mantenido con la misma entereza. Como la mantuvo su Buddy Sam, quien ahora ya no está tan cerca pero a quien podemos acercarnos con enorme placer y nostalgia a través de sus obras, sus actuaciones y sus películas.

Alfredo Sánchez
Acerca de Alfredo Sánchez 36 Artículos
Músico // periodista // hombre de la radio

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*