Savater y sus formas de imaginar la alegría

Savater

|Por Ricardo Solís|

Gracias a una providencial oferta, me hice hace días con uno de los más recientes títulos en la ya muy amplia bibliografía del español Fernando Savater (San Sebastián, 1947), se trata de La música de las letras (Debate, 2014), una compilación de breves artículos que se presenta como una “personalísima guía de lectura” en la que el autor aborda, además te autores y textos, diversos temas que le son caros, como la filosofía, la educación, las carreras de caballos, las novelas policiales, la ciencia ficción, la educación y la experiencia vital, a la que siempre vincula con sus incontables quehaceres y aficiones.

De esta forma, lo primero que hay que decir es que, en mi opinión, La música de las letras es uno de esos libros que puede significar una muy agradable manera de acercarse a distintos autores u obras desde una perspectiva susceptible de “refrescar” sus atributos por medio de una anécdota poco conocida o la revisión de una edición novedosa, algo que a los lectores de Savater –como bien apunta Luis Muñoz Díez en una reseña– “contagia entusiasmo”.

Así, numerosos son los escritores y pensadores que se dan cita en la memoria del autor (Edgar Allan Poe, Albert Camus, Conan Doyle, Erasmo, Voltaire, Schopenhauer, Verne, Shakespeare, Dick Francis, Cioran, Stevenson, Agatha Christie, Chesterton y muchos otros), pero sospecho que la mayor de las virtudes en esta selección de escritos es el modo como representan una férrea defensa de cómo, según Savater, “la delicia es leer, escribir constituye sólo una tarea, en el mejor de los casos mero homenaje a lo que causó placer y en el peor un ganapán”. Y es ese placer lo que nos contagia y seduce.

En este sentido, Savater, a la manera del “viajero incansable” de libros, diarios, películas, teatros, hipódromos y bibliotecas en que se ha convertido, nos refiere con sencillez y brevedad sus “conquistas” y sinsabores vitales, aunque no deja de aclarar que “el desdén y la censura en que tanto se refocilan las menguadas ‘fieras’ que acuden a la literatura como moscas al estercolero me parecen pérdidas de tiempo, más aburridas que indignantes. Me limito a dar de lado lo que no me gusta, pero sin flagelar inquisitorialmente los placeres de otros” (una lección que, si fueran honestos, apreciarían muchos críticos).

Tal vez por lo anterior, para Savater la lectura es asimismo una condición resistente a cualquier forma de encasillamiento, pero –respetuoso como es– en un elogio moderado de algunos libros que se “venden” bien en el mercado, a los desdeñosos lanza preguntas y no invectivas: “¿Cómo medir objetivamente el mérito de una obra literaria salvo por su capacidad comprobada de convencer duraderamente a la mayoría de los lectores o a los creadores de opinión literaria? Y esa mayoría, populista o selecta… ¿puede equivocarse alguna vez?”.

Después de todo, en sus apenas 200 páginas, La música de las letras deja en claro que si una premisa debe conducir los afanes y apetitos de cualquier lector es justamente el goce, la sana recompensa que no habrá de redituar en el bolsillo o la fama pública, aunque sí en la más sincera aspiración de alegría que seamos capaces de imaginar o desear.

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