El síndrome del dueño del balón

Avelino Sordo Vilchis

Después de volver a leerlas con cuidado para espantar la incredulidad, decidí hurgar en mi memoria en busca de algún referente. Nada. El recuerdo que acudió, solitario, desde algún empolvado rincón, aunque diferente, pues el problema no derivó de bases hechas sobre las rodillas sino fue producto del abuso —el síndrome del dueño del balón—, es similar en la medida de que se trata de una inimaginable arbitrariedad. Fue hace algunos años, cuando en un intento por construirse una imagen de mecenas, Jorge Vergara patrocinó el Salón de Octubre. Como no le gustó el fallo del jurado, decidió pasarse por el arco del triunfo las bases, el dictamen de los jueces y cualquier indicio de decencia y repartió los premios a capricho, como quien anda en alocado shopping.

En aquella ocasión, Vergara se salió con la suya pues ninguna autoridad intentó, ya no digamos detenerlo sino siquiera hacerle ver que su proceder era inaceptable y quienes legalmente fueron seleccionados ganadores, se quedaron abanicando. Lo que está sucediendo ahora es aún más grave, pues lo que en aquella ocasión fue algo excepcional, producto de la mente torcida de una persona, el Ayuntamiento de Guadalajara busca normalizarlo, al prescindir del jurado de expertos en los concursos de pintura Jorge Martínez y Juan Soriano de escultura, que, en sus nuevas convocatorias divulgadas hace algunos días, establece sin dejar espacio a la duda que “El Ayuntamiento de Guadalajara elegirá (ojo: no “seleccionará”) a los ganadores”.

Y, para los que no entendieron, añade: “El fallo del Ayuntamiento de Guadalajara, será inapelable”. Y ya embarcados en la necedad, reiteran: “Las responsabilidades del Ayuntamiento de Guadalajara consistirán en: a) Elegir a los ganadores o declarar desiertos los premios. b) Otorgar menciones honoríficas, a su juicio. c) Redactar y firmar el Acta de Jurado Calificador”. Pero, ¿quién o qué diablos es el tal “Ayuntamiento” que va a tomar tales decisiones? Todas las definiciones nos conducen al cuerpo colegiado formado por los ediles (regidores). Lo que significa que los resultados de ambos concursos van a depender, como si se tratara de algún asunto político, de la decisión de una mayoría partidista, en un fenómeno no sólo inédito sino escandalosamente insólito.

No hay un concurso de arte que se respete, cuyo proceso de toma de decisiones no sea responsabilidad de un jurado de expertos en la materia; incluso aquellos que conllevan cierto sentido político, como los Premios Nacionales, lo tienen. Que exista un certamen en el que los organizadores-patrocinadores se autoadjudiquen las atribuciones del jurado, es tan descabellado que nadie se había atrevido a intentarlo (hasta ahora). Quienes redactaron las bases del Martínez y el Soriano no entienden los más elementales rudimentos del asunto, por ejemplo, que el jurado es una de las piezas clave de la legitimidad y prestigio de un concurso y que si designas a un grupo de burócratas o políticos para que tomen las decisiones, aquello en realidad es un remedo, una broma.

Resulta difícil entender lo que está sucediendo, porque las convocatorias de ambos certámenes no se lanzaron el año pasado con el pretexto de que urgía corregir el legado del aristo-myrianismo: la inclusión, por decreto, del presidente municipal en el jurado. Sin embargo, el alfa-susanismo resultó más bravo, pues de plano metió a todo el cabildo reemplazando al jurado. Ademas es incomprensible que aquellos que tanto se esfuerzan en convencernos de que son “ciudadanos” (palabra [mal]utilizada como lo contrario a “políticos” y que pronuncian a la menor provocación, como un mantra), son quienes precisamente mayor desconfianza muestran a los ciudadanos, porque, ¿qué es un jurado, sino un grupo de ciudadanos tomando decisiones? ¡Huy, qué miedo!

La acalorada discusión que provocó la escultura propuesta por José Fors para el jardín de Aranzazú, hizo que algunos hechos pasaran desapercibidos. Porque sin duda es materia de discusión si la maceta nos gusta o no, si es adecuado su emplazamiento o, incluso, si se trata de un pago de favores políticos. Lo indiscutible es que en Zapopan están comprando —simulando que se trata de donaciones— chatarra como si fuera arte, en continuidad con el programa “panamericano” de chatarrización de la ciudad iniciado por Emilio González Márquez. Y también es irrefutable que el ayuntamiento de Guadalajara padece un agudo y grave síndrome del dueño del balón.

¿Los pintores y escultores estarán dispuestos a concursar en tales condiciones?

 

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 17 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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