Un Siqueiros en Ciudad Guzmán, Michoacán

Avelino Sordo Vilchis

Hay detalles que se pierden en los vericuetos de la memoria. Infiero que fue una rueda de prensa en cadena nacional —cuando tal concepto todavía significaba algo— donde las autoridades informaron los pormenores de la emergencia nacional provocada por el terremoto que devastó la Ciudad de México y muchas otras zonas del país, a las siete de la mañana de ese 19 de septiembre de 1985. No recuerdo si fue ahí donde el presidente Miguel de la Madrid, con su emblemática y característica grisura, apenas atinó a decir “Mexicanos: estoy consternado”. El caso es que aquello era un desfile de miembros del gabinete federal profiriendo los lugares comunes de costumbre, mientras en las zonas afectadas la gente encontraba la forma de organizarse.

Además de aquella desafortunada frase presidencial, dicha desde la certeza de que lo importante en ese momento era lo consternado que se sentía el señor, y no la desgracia que se había extendido sobre México, también recuerdo, como si lo estuviera escuchando en este momento, algo dicho en aquella soporífera transmisión televisiva por el secretario de la Defensa, un generalote de impecable uniforme, pero de cuyo nombre resulta imposible acordarme. El hombre (mal) leía la lista de los lugares afectados, a donde había mandado tropas para labores de rescate o de ayuda o de lo que fuera, cuando en medio de aquella tediosa enumeración dijo algo que de golpe me sacó de la somnolencia: “… Ciudad Guzmán, Michoacán…”

Ciudad Guzmán… ¡Michoacán! Y en ese momento pensé que en el hipotético caso de que un extraño enemigo osara profanar con su planta el suelo de la patria por el rumbo de Ciudad Guzmán (Jalisco), el encargado de organizar nuestra defensa iba a mandar tropas a combatirlos allá por el estado de Michoacán… Lo bueno es que se trataba de un errorcillo sin importancia, que resultaría divertido si no fuera trágico. Y ahí tienen ustedes que en estos días de asueto un sentimiento muy similar me asaltó con fuerza, cuando leí que habían irrumpido en la Biblioteca Iberoamericana para robar (no vayan a creer que libros) provocando un incendio que “dañó los valiosos murales de José Parres Arias y David Alfaro Siquieros”, aseguraba la nota.

Ahí también se informaba que el incendio se había registrado en lo que llamaron “un cuarto de la planta alta”. Infiriendo, concluí que el fuego ocurrió en el “Olimpo House”, llamado así porque se ubica en lo más alto del edificio (o sea, en el olimpo, en el cielo), donde a finales de la década de los veinte del siglo ídem, establecieron un estudio y lugar de reunión los pintores del “Grupo Universidad”: Alfonso Michel, Jesús Guerrero Galván, José Parres Arias y Francisco Sánchez Flores, quienes, un poco para marcar territorio y otro mucho impulsados por el espíritu de la época, se repartieron las cuatro paredes del lugar y comenzaron cuatro murales (uno cada uno) al temple con el tema de la maternidad y la fecundidad, que nunca terminaron.

O sea que no hubo ningún «valioso mural» de David Alfaro Siqueiros dañado. Y no lo hubo por la sencilla razón de que Siquieros no pintó mural alguno ni ahí ni en todo el estado de Jalisco. Así que, ¿de dónde salió tal falsedad? Investigando, descubrimos que gobelsianamente la mentira se repitió —idéntica— en todos los medios que abordaron el tema, lo que nos llevó directos a la página de la Universidad de Guadalajara, donde encontramos el comunicado oficial, documento que originó todas las notas que tan acríticamente reprodujeron la falacia. Ahora que para componerle podríamos decir que el mítico y valioso mural de Siqueiros dañado por el incendio, se encuentra en la mítica Ciudad Guzmán, ubicada en el estado de Michoacán.

Lo que hasta podría resultar divertido, si no fuera trágico.

La verdad es que no tenía previsto escribir estas líneas pero ya ven como son estas cosas: una vez que suceden se convierten en una tentación irresistible. La idea —mi idea— era dedicar el mes de enero del naciente 2018 a varias cosas: darles un merecido descanso a mis veinte hipotéticos y pacientes lectores; irme unos días a la playa a mirar el horizonte, además de adelantar algunos rezagos de trabajo que están en peligro de convertirse en algo abrumador, lo que de ninguna manera debemos permitir. Así que nos veremos-leeremos ya harto descansados el próximo 13 de febrero, si no nos fallan las fuerzas.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 23 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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