Son políticos sí, pero son nuestros políticos

'Políticos en el salón fumador'. Litografía de G. Pipeshank, 1884. Wellcome Library, Londres.

 

| Por Roberto Castelán Rueda |

Quién sabe en qué momento los ciudadanos decidimos dejar los asuntos públicos en manos de los políticos. Les dimos un “voto de confianza”, confiamos en sus capacidades para gobernar, sin antes cerciorarnos si de verdad las tienen. Creímos en ellos, y lo seguiremos haciendo.

A ellos, los políticos caracterizados en su papel de guía de la sociedad, les molesta el que la gente diga que pertenecen a una “clase política”. No somos clase, dicen, las clases eran la burguesía y el proletariado, que además ya ni existen. Tampoco les gusta que la gente diga que todos son iguales: igual de rateros, de corruptos, de prepotentes, de sinvergüenzas. Ellos tienen una autoestima muy elevada y no aceptan, a pesar de las evidencias cotidianas, ese dicho-hecho-verdad, de la gente: “corrupto yo, ¡jamás! Todo lo que tengo es producto del esfuerzo de mi trabajo, o de unos negocios de mi familia, o de una herencia de mi esposa(o), o de unas inversiones exitosas –aquí usted debe elegir, de acuerdo al nivel de credibilidad en que tenga a su político favorito–, incluidas mis casas en Houston, Miami, o cualquier otro lugar de los Estados Unidos. También mi Mercedes, la residencia de mi amante y la casa de campo o playa”.

Y nosotros creemos en los beneficios que trae el esfuerzo. Queremos imitarlos: en lugar de levantarnos a las cinco y media, dejar encargados a los niños para que los lleven a la escuela, correr a alcanzar el camión y llegar a un centro de trabajo en donde reina el desánimo y la insatisfacción, desearíamos levantarnos a una hora decente e ir a desayunar a un restaurante en donde nos encontraríamos a otros políticos como nosotros, gente exitosa, planeando, acordando, decidiendo, nuevas acciones para nuestro beneficio.

Porque ellos sacrifican su vida familiar y social por nosotros. Trasladan sus preocupaciones cotidianas –esas minucias que tienen que ver con llevar el pan a los nuestros y administrar el hogar– a verdaderas preocupaciones por el bienestar de la sociedad en general.

Por eso les dimos un voto de confianza y les agradecemos que nos representen. No importa a qué partido pertenezcan. En realidad eso lo hacen por nuestro bien, para darnos opciones y podamos elegir entre uno y otro color. Porque si no fuera así, imagínese, sencillamente no tendríamos democracia, no habría variedad, todo sería igual, plano, muy aburrido. Y las elecciones no tendrían mucho objeto.

Su existencia es necesaria para nuestra sobrevivencia como sociedad. Quién sabe cuándo comenzó esto, pero se siente bonito, da mucha tranquilidad. El solo hecho de imaginarse los problemas que tienen los políticos por nuestra culpa, por nuestra incapacidad para resolver nuestros propios problemas, da escalofríos. Se enchina la piel como en las películas de terror.

Mejor dejemos de cuestionarlos, de criticar todas las cosas que dicen y hacen. Si dicen una cosa y luego hacen otra, será por motivos que sólo ellos conocen, si brincan de un partido a otro, lo hacen como una forma de ejercitarse. Si tienen un enemigo que es su aliado estratégico, es porque se dieron cuenta que es mejor amar que odiar.

No son perfectos, pero son nuestros. Nosotros los pusimos ahí. No los maltratemos.

Roberto Castelán Rueda
Profesor jubilado, doctor en historia y lector
de medios impresos a punto de extinción.

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