Si te vas a reír de todo, empieza por reírte de ti mismo

La cuarta novela de Juan Pablo Villalobos, No voy a pedirle a nadie que me crea, desde el título adelanta lo inverosímil de una trama que, sin embargo, es absolutamente creíble… o casi.

Villalobos, un autor con vínculos en Guadalajara pero cuya familia proviene de Lagos de Moreno, vivió varios años en Brasil y desde hace más de diez radica en Barcelona. De hecho la anécdota de este nuevo libro transcurre en aquella ciudad catalana que Juan Pablo conoce bien y que se atreve a narrar por primera vez.

Fiesta en la Madriguera, Si viviéramos en un lugar normal y Te vendo un perro son sus tres libros anteriores y en ellos, igual que en el nuevo, es evidente su apuesta por el humor y las historias irreverentes. En No voy a pedirle a nadie que me crea, cuatro narradores cuentan lo que le pasó a Juan Pablo Villalobos, un escritor que se muda a Barcelona a estudiar un doctorado. Sí, aunque es una obra de ficción, se llama igual que el autor y hay más similitudes involucradas.

“Yo quería escribir una novela en la que me pudiera meter con todo y con todos sin ningún límite, y para que eso funcionara el primero que tenía que ser objeto de las burlas era yo mismo. Si te vas a reír de todo, empieza por reírte de ti mismo”, me dice Villalobos en una plática previa a la presentación de su libro en Guadalajara. Y continúa: “decidí humillarme a mí mismo. El personaje que lleva mi nombre es patético, pusilánime, un tipo grotesco que se deja manipular”.

Al leer uno se ríe, sí, pero no necesariamente a carcajadas; más bien con la risita nerviosa de quien sabe que lo que le pasa a los personajes es terrible aunque algo ridículo.

Mafias, lavado de dinero y un enredo en el que el protagonista y su novia se ven envueltos sin darse cuenta, es parte de esta trama de corrupción internacional de cuello blanco donde la sangre no salpica a los europeos, y donde los cadáveres, como suele suceder, los ponen los mexicanos.

Juan Pablo se dice heredero de una tradición literaria irreverente que en México tiene sus orígenes desde el siglo XIX y que luego conecta con Jorge Ibargüengoitia, Augusto Monterroso, Juan Villoro. Y en un terreno menos literario, con los moneros tapatíos –de hecho Jis es el presentador fetiche de sus novelas en Guadalajara– y con El Personal, el grupo musical irreverente del que Villalobos se confiesa fan.

“En esa tradición me gustaría colocar mi obra, como un ataque a la solemnidad. Estoy convencido de que se puede hacer arte profundo e inquietante desde el humor, sin que sea necesariamente algo superficial o frívolo”.

Una de las virtudes de No voy a pedirle a nadie que me crea es la riqueza de registros lingüísticos que usa el autor para hacer hablar a sus personajes: argentinos, españoles y mexicanos hablan cada uno su propio castellano que es reproducido con fidelidad y buen oído por Villalobos, una especie de “escuchón” profesional que cuando va por la calle se pone audífonos para simular que oye algo en ellos, pero que en realidad son un artificio para meterse en las conversaciones ajenas:

“He hecho un ejercicio de registro, de escuchar y anotar, tratar de captar el tono, la melodía, el ritmo, la sintaxis que puede tener una voz… me encantan las frases sueltas: vas caminando por la calle y te cruzas con alguien que dice por teléfono una frase. Yo tomo nota de esas frases que descontextualizadas suelen ser maravillosas. ”

Esta novela, publicada por la editorial Anagrama, obtuvo el prestigiado Premio Herralde 2016, que en los años recientes han ganado los también mexicanos Álvaro Enrigue y Guadalupe Nettel.

“El mero hecho de ser un autor de la editorial ya es para mí un honor, y con el premio, todavía más. La sociedad española es, como quizás lo sean todas en mayor o menor medida, muy ensimismada; los españoles leen a los españoles. En ese sentido a mí me está ayudando mucho el premio para dejar de ser un escritor medio secreto.”

Juan Pablo Villalobos, dice la ficha biográfica de la editorial, nació en 1973 y ha investigado temas tan dispares como la ergonomía de los retretes, los efectos secundarios de los fármacos contra la disfunción eréctil o la excentricidad en la literatura latinoamericana de la primera mitad del siglo XX.

No voy a pedirle a nadie que me crea es una novela inquietante, que se lee de un tirón con placer e interés, y que muestra la consolidación de su autor como narrador, una de las voces mexicanas con proyección internacional a la que habrá que seguir la pista.

Alfredo Sánchez
Acerca de Alfredo Sánchez 32 Artículos
Músico // periodista // hombre de la radio

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