En tiempos de crisis ¿Sirve de algo la poesía?

|Por Francisco Aguilar|

Juan Villoro escribió un poema sobre el sismo del 19 de septiembre de este año, y lo publicó el viernes de esa semana en su columna, en Reforma. Fue su primer poema, en realidad. Se titula El puño en alto. “Eres del lugar donde recoges / la basura”, comienza por decirnos. “Donde dos rayos caen / en el mismo sitio”.

El éxito no se hizo esperar: el poema se viralizó casi instantáneamente y, para cuando terminó el fin de semana, ya había circulado por el timeline de casi cualquier persona con una mediana relación con el desastre o con la literatura en México. Carmen Aristegui lo entrevistó ese mismo día para pedirle que lo leyera a viva voz y, una semana después, Nación 321 le rindió homenaje al convertirlo en video-poema.

La polémica tampoco se hizo esperar. Entre la comunidad literaria, donde naturalmente se encontraron los primeros lectores de El puño en alto, hubo a quienes genuinamente les gustó; pero fueron, sin duda, los menos. El consenso general pareciera ser que Juan Villoro publicó un mal poema, aunque las razones para decirlo fuesen dos distintas.

La principal crítica fue para la técnica. Una primera lectura nos muestra un poema con muy poca imaginación: plagado por un lado de lugares comunes —la cita con la muerte, la valentía del miedo— que difícilmente erraríamos al calificar de cursis, y por otro lado de imágenes conocidas puesto que el internet ya nos las había dado —el heroísmo de los voluntarios, las ruinas de los hogares caídos y la angustia de los espectadores—. Es decir, nos ofrecía muy poco más que la infografía de Pictoline que vimos dos días antes. Una segunda lectura saca a relucir además torpezas en la elaboración: ritmos inconclusos, ideas fragmentadas e incoherencias en el discurso. No era ningún Las ruinas de México (Elegía del retorno), poema que José Emilio Pacheco escribió para el sismo del ‘85.

Infografía publicada por Pictoline el 20 de septiembre para agradecer la ayuda.

Sin embargo, hubo otra crítica, no dirigida al poema sino a su existencia misma. Entre el caos de los escombros y la urgencia por encontrar sobrevivientes, hubo quienes vieron lamentable la publicación de El puño en alto. Heriberto Yépez se encuentra entre quienes señalaron que la columna de un medio nacional pudo usarse para difundir información de valor dada la crisis del momento, por ejemplo, centros de acopio o denuncias sobre irregularidades en las construcciones de edificios caídos. Se criticó no a un mal poema sino a un Juan Villoro que malamente publicó un poema, calificándolo de oportunista.

¿Sirve de algo la poesía? Esa es la primera pregunta que se antoja a los comentarios del segundo grupo. El puño en alto no está exento de crítica, como ningún texto ni ningún autor lo está; Luis Vicente de Aguinaga hizo una muy acertada observación al respecto. Pero atreverse a decir que no era información valiosa me parece exorbitante después de ver la cantidad de veces que la gente lo compartió con sus conocidos. Pocos poetas hoy se ensancharían el pecho diciendo que la poesía no sirve para nada y, sin embargo, sobraron los dedos para contar a quienes la pensaron el 22 de septiembre como algo secundario; como un ornamento grosero porque se habían derrumbado los atriles.

El poema de Juan Villoro no es objetivamente bueno; no veo por qué habríamos de esperarlo si Juan Villoro no es poeta. Pero lo importante no está allí, donde se ha centrado la discusión de los que nos hemos acostumbrado a leer poemas de forma mecánica: juzgando entre buenos y malos recursos líricos, buenas y malas imágenes poéticas, buenos y malos ritmos y cadencias.

Si el poema no es bueno, ¿por qué se hizo viral? Me parece –a mí– que por pertinente. Por puntual. Por publicarse después de tres días de angustia en que estuvimos allí afuera juntando víveres, mapeando zonas y levantando escombros una marabunta de gente triste, cuando necesitábamos palabras para decir lo que pasaba y encontramos que no las teníamos.

¿Por qué se hizo viral? Quizá, por la misma razón por la que no leen la poesía más que los poetas ensimismados. Porque dice algo que le parece importante decirse –ser dicho– a la gente con ojos para leer u oídos para escuchar poesía. Porque cumple a medias la función social que deberían estar cumpliendo los poemas de quienes sí la escriben profesionalmente: hacer registro del tiempo en que vivimos, poner en palabras el testimonio que sienta bases para la memoria colectiva.

Quizá no debió hacerlo Juan Villoro, pero faltó quien lo hiciera y lo distribuyera antes que él. No sé si fue oportunista pero claramente fue necesario: si algo nos demostró esta emergencia es que todas las habilidades pueden ayudarnos a sobrellevar la catástrofe, y la poesía es una de ellas. Me gustaría que llevásemos esa importante primera crítica al siguiente nivel: la autocrítica, antesala de ponernos a escribir más y mejor sobre el “aquí” y “ahora”. O, al menos, a escribir más y mejor, aquí y ahora, sobre cualquiera y todas las cosas que nos parezcan importantes. El tiempo apremia.

Francisco AguilarFrancisco Aguilar

escribe nomás por hacer la daga; es internacionalista por el ITESO.

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