El traje del más allá

Mi amiga me escribió que tuvo una señal de su padre, muerto hace unos diez años. Él le pidió retirar el traje setentero de cuadros azules y grises, para que ella lo conserve en lugar de venderlo.

Le hice caso luego luego —el traje está colgado, pero ya no se vende—. Soy poco devota de las señales del más allá, pero estoy convencida de la intensa relación amorosa que los humanos generamos con las cosas que nos rodean, la indumentaria entre ellas.

Los objetos han sido causa de colonizaciones, pleitos familiares, robos legendarios, matanzas, anhelos inconfesables. Cuando tenía cuatro años, mi hija Camila me preguntó cuándo iba a morirme, para que ella pudiera heredar un dije de plata que la tenía embrujada por su belleza.

Igual que la piedra de Sísifo, la espada en la piedra, el santo grial, los dientes de los niños y los vestidos de boda de nuestras abuelas, las personas adquirimos y conservamos objetos a los que odiamos o amamos, sin ser correspondidas por estos ni de lejos.

Así, en los últimos meses una parte de mis nuevas entidades amadas son cosas que he hallado entre la ropa que encuentro para Volver Vintage: un reloj de cuerda que se detuvo a las 3:15 de un día lejano; un casette de Armando Manzanero que estuvo escondido treinta años en el centro de una almohada; un telegrama escrito hace 46 años y olvidado en un vestido de lujo; un ovillo de hilo unido a un círculo y media luna que el crochet nunca volverá a tocar; la octava edición de La perfecta casada, de Fray Luis de León; un puño de historietas de Archie, que una madre en luto guardó desde 1982; un termómetro basal de los años 50, Becton, Dickinson and Company, para determinar los días de ovulación; una hoja de maple que el escritor Juan José Arreola puso entre las páginas de un libro escrito en francés y un par de entre las decenas de cigarreras que conservó la bailarina Helen Hoth hasta el día de su muerte…

El fin de semana pasado estuve a punto de adoptar a un par de casitas navideñas horribles, de yeso, nomás por la ternura que me inspiraron.

Mostraban letreros, hechos con máquina de escribir y pegados a sus tejados rojos con una cinta scotch. Más que letreros eran súplicas: “Por favor, no me lleves a ninguna parte”.

Indiferente ante las súplicas de las casitas navideñas horribles o más bien de su dueño o dueña original, las abandonó en una venta de cochera una mujer que se mueve por la ciudad en una camioneta de medio millón de pesos.

Cuando dije que las quería comprar, la encargada del bazar les arrancó los letreros, muy acomedida, y entonces las casitas horribles y suplicantes se volvieron casitas horribles y vulgares. Se me quitaron las ganas de tenerlas.

Ese episodio maniático, el mensaje de mi amiga quien recibió una señal de su padre y la terrible certeza de que los objetos se burlan de nuestra mortalidad son el origen de este texto, que fue apoderándose de la historia de un closet de ropa sin usar de los años 70 y 80.

Pienso en las casitas horribles abandonas a su suerte, en estos días fríos y me espanto el remordimiento. La historia del closet se las cuento en una semana. Ya ni modo.


Agradecemos a volver vintage y memoria por compartir este contenido.

Vanesa Robles
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Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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