Treinta años no es nada…

Avelino Sordo Vilchis

Hace algunos días comparecieron los funcionarios del ayuntamiento encargados del tan discutible y discutido programa de escultura pública ante los regidores de la oposición, que los llamaron para que explicaran sus desaguisados. Y si bien uno podría suponer que aquella reunión se caracterizó por el tono crítico, en realidad se desarrolló más bien como un convite de camaradas (incluso aquí la palabra “cómplices”, parece más adecuada). Y es que se trata de animales del mismo pelaje: tanto los que uno supone son la “oposición” como los que están a cargo, ni trabajan ni piensan en términos de lo que le conviene o no a la ciudad o los ciudadanos, sino en función a conservar la chambita o a cómo sacar la mayor ventaja en el juego de las sillas que tanto les gusta jugar.

La reunión alcanzó tal tono de camaradería, que los comparecientes hasta reconocieron errores y omisiones más allá del programa de escultura pública que los convocó. Utilizaron la frívola excusa (aceptada sin rechistar por los de la “oposición”) de que como se habían puesto a inventar el hilo negro, pues en el camino cometieron algunos errorcillos y a otra cosa. (¿En serio? ¿Y las esculturas —buenas, regulares y sobre todo malas— que habitan los espacios públicos de la ciudad, son producto de la imaginación colectiva?) Lo que en todo caso debieron reconocer es que para ellos en lo personal, el programa de escultura es algo nunca antes experimentado e insólito, lo que demuestra, sin lugar a dudas, su ínfimo nivel de experiencia y preparación: de todos no se hace uno.

Aquello sucedía en calma hasta que intervino la secretaria y síndica (¿o era cínica?), quien con el tono arrogante que acostumbran los alfaristas del primer círculo, dijo, entre otras insensateces, que en “más de 30 años”, no se había instalado en Guadalajara ninguna escultura pública. Su intervención, además de espantar la mansedumbre de los “opositores”, provocó que al día siguiente la secretaria de cultura del Estado la refutara públicamente con datos precisos y comprobables, informándole que tirios y troyanos han contribuido a afear la ciudad, y de pasadita nos notificó que la estramancia que está afuera del Degollado no es basura que alguien olvidó en la banqueta, sino que —asegura Myriam— se trata de una escultura (pariente de la plumota, supongo).

Lo que más me llamó la atención en el sainete, fue aquello de los “más de 30 años”, pues a estas alturas es claro que forma parte sustancial del discurso alfarista. La alusión a los “más de 30 años” (suponemos que de descuido, abandono e inepcia) no resulta difícil de rastrear, pues se repite  ad nauseam en los mensajes del alcalde y los de sus huestes, tanto en redes sociales como en discursos y publicidad. Me parece que la primera vez que lo escuché fue en aquel video que difundieron  hace como un año por las redes sociales, en el que un individuo en actitud melancólica recorría una casa abandonada (que no aparentaba los 30 años de descuido), mientras que, lacrimoso y melodramático, el narrador se lamentaba que habían recibido la casa con “más de 30 años” de abandono.

Pero, ¿a poco mis contados y amables lectores no sienten curiosidad por saber qué carajos sucedía —en la ciudad, en el estado, en el país— hace “más de 30 años”, que tanta nostalgia incita a los naranjosos? Es cosa de hacer una resta: 2017 menos 30, es igual a 1987. Lo que no sabemos con certeza es cuántos años representa el adverbio “más” de la frase, supongo que máximo unos 5. Por lo pronto algunos datos duros: en 1987 vivíamos el otoño de las administraciones (priístas) de Miguel de la Madrid (federal), Enrique Álvarez del Castillo (estatal) y Eugenio Ruiz Orozco (municipal). Y, como dato adicional, un tal Enrique Alfaro Anguiano —expresidente de la FEG— era rector de la Universidad, aunque el poder lo detentaba otro. Todos finísimas personas.

La característica de 1987 y sus precedentes, es que fueron años de autoritarismo y mediocridad, dominados por un partido único que, aunque en franca decadencia, aún mantenía el control (meses después, la esperanza de un cambio fue aplastada por un fraude electoral de dimensiones épicas, en el que por cierto un ahora alfarista de primer nivel jugó un papel protagónico). En cuanto a la economía, no veo por dónde: aquellos fueron los años de hiperinflación; el chiste de moda era que De la Madrid nos había hecho a todos millonarios. ¿Para qué seguir? Hay muy poco en un periodo de 5 (o más) años antes de 1987, que podamos encontrar en la vida pública, que pudiera provocarnos nostalgia. A menos que la añoranza sea por el más rancio autoritarismo…

Pero no todo se agota en los “más de 30 años”, pues los naranjas muestran una gran proclividad por las frases rimbombantes, aunque absolutamente carentes de significado. Tenemos, por ejemplo, la que usaron como eslogan de campaña, que aseguraba “Vamos a cambiar la historia”, que en rigor, solo podía significar la voluntad de manipular a conveniencia la historia. Como para ratificar el asunto, acostumbran usar a la menor provocación otras, con sus variantes, como: “Contrario a lo que aseguran los que dicen…” o “Nos quieren poner de rodillas…”, que además muestran con claridad que se trata de mensajes planeados y diseñados para ganarles en una discusión —de hecho, para taparles el hocico— a sus adversarios y no para comunicarse con los ciudadanos.

¿O en serio piensan que el ciudadano común y corriente desea poner de rodillas al presidente municipal? El ciudadano sólo quiere que se resuelvan los problemas de la ciudad, sus problemas, y ninguno es que el alcalde se ponga de rodillas o acostado o en cualquier otra fantasiosa posición. Estas frases pegadoras que les resultan tan atractivas, en realidad buscan causar un impacto independientemente de su significado (tienen que ver más con el cómo suenan que con el qué dicen). Es simple retórica publicitaria, no exposición de ideas, que no las hay. (Tengo la certeza de que no se tomaron la molestia de, por ejemplo, restar los «más de 30 años» o reflexionar lo que realmente significaba el «vamos a cambiar la historia», porque no las hubieran utilizado.)

El problema —tragedia para los ciudadanos— está en que el discurso naranjoso encuentra un terreno cómodo en la permanente discusión con otras fuerzas políticas (sus colegas), que intentando establecer un diálogo con los habitantes de la ciudad. De ahí que mantengan una campaña permanente, en la que los mensajes son para refutar al adversario, cuando, en su calidad de gobierno, deberían buscar el diálogo con los ciudadanos. Es trágica esa atracción fatal por las frases pegadoras y rimbombantes pero vacías de significado, de ideas. Y aquí se me viene a la memoria un clásico, don Marshall McLuhan, quien dijo aquello de «Lenguaje es pensamiento»: si mis frases carecen de significado, es que no están respaldadas por pensamientos…

Con estas líneas seguro me acabo de ganar la clásica descalificación: «¡es priísta!».

 

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 19 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*