Tres vestidos de crochet que huelen a mariguana

Mientras sus pulmones se aferraban al aire denso, Chema me contó que fue su mamá la que tejió los vestidos: ¡Son obra de mi jefa, madre!, dijo, y me pareció que iba a quedarse sin oxígeno mientras pronunciaba la últimas sílabas.

Chema tiró una bocanada mariguana. “Ando vendiéndolos para sobrevivir, madre”.

Eran alrededor de las 11 de la mañana. A la derecha de Chema, un comerciante de jitomates al grito de guerra le echaba ganas al “aquí es, aquíe s, aquíes, aquiés, aquiés aquíesss!”. A la izquierda, un hombre como de cien años vendía “ocho noches de descanso por sólo 10 pesos, a diez pesos los inciensos de citronela”. Atrás de él, dos cuarentones se empinaban una caguama y hacían un espectáculo de risas y humos.

El problema no era ese. El problema era que Chema quería 700 pesos por cada vestido. “Los hizo mi jefecita, madre. Los guardó siempre porque le recordaban mucho su juventud. Nomás que me la atropellaron y ando vendiendo sus cosas para mantenerla”.

Mientras hablaba, Chema encogía el ojo derecho y el tatuaje de su pómulo flaco se transformaba, de una línea de electrocardiograma a una cruz borrada por los años.

De un lazo amarillo de rafia colgaban un vestido blanco, uno rosa con bordes crema y uno más, de corte chemise con una combinación magistral de azul intenso, negro y una hilera botones al frente.

Los tres confeccionados en los años 60, sin duda. Tejidos como por Dios, igual que la docena de piezas, entre carpetas manteles y colchas que se apilaban en el suelo pelón de la calle.

El nombre de Chema es un invento. Sólo le pregunté el nombre de su mamá. Quiero decir su mamá la otra, porque para él yo fui su como su madre en aquella negociación.

“Lléveselos, madre, qué le cuesta pagar los 2,100 pesos. Son para mantenernos porque eeeey, ya le digo que me atropellaron a mi jefecita y eso no fue lo malo, lo malo fue que se rompió la cadera, madre, y me dio sus cosas para venderlas”, me decía a ratos arrastrando las palabras, a ratos en suspiros intensos para retener el humo, a ratos echándomelo en cara.

Muy decente Chema, no le dio ni un trago a la caguama durante los quince minutos en los cuales yo le pedí mejor precio y él me pidió mejor paga.

Sería cosa del humo; casi al minuto trece me dio por pensar que “aquí es” del jitomatero era una señal divina y que el hombre que prometía ocho noches de sueño por diez pesos de citronela era el mismo dios.

Me tenía que llevar esos vestidos a la tienda.

Como andaba intuitiva, una intuición me dijo que Chema decía la verdad sobre el atropellamiento de su jefecita. Otra, que Chema ha trabajado lo que se dice nunca.

El nombre de su madre me confirmó el segundo presentimiento. Se llama Amparo.

En esas estaba yo, cuando lo oí decir “¡lléveselos pues, madre! Yo sé que usted los va a cuidar”.

Le di a Chema todo lo que traía, que no fue poco. Antes de meter los vestidos en una bolsa rota de Soriana, él le pasó un billete a uno de sus amigos, los que se reían atrás: “¡Ira, Juan, lánzate por una caguama!”, le ordenó y enseguida pasó a despedirme: “Que le vaya bien, madre”.

Ahora tengo en casa tres bellísimos vestidos de los años sesenta, tejidos a crochet por Amparo, que tiene la cadera rota. Debo ser sincera: antes de llevarlos a @VolverVintage les debo quitar el olor de la canabis.

Vanesa Robles
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Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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