Tu almuerzo viaja en MiBici

Sepa la bola

Es cierto, muchos ya odian a Uber y no los voy a juzgar. En ocasiones su servicio es de malo a pésimo. Sólo cumplen con pasar por el usuario, llevarlo a su destino y cobrar pero ya no somos testigos de esos buenos tratos que incluían aire acondicionado, agua fría, cable auxiliar y demás propuestas de valor que hicieron que la empresa se posicionara en la ciudad.

Su llegada fue polémica, como ahora lo es que repartidores de UberEats utilicen el sistema de bicicletas públicas de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) para llevar la comida a los usuarios hambrientos (lo usan porque ellos quieren, no porque la empresa estadounidense lo pida o lo obligue sino porque a ellos se les prendió el foco y nada más).

En redes sociales, ya desde hace meses, han circulado diversas fotografías en las que aparecen las marcas MiBici y UberEeats juntas. La primera –pública– en la bicicleta, la segunda –privada– en la espalda del ciclista. Y aunque los comentarios en las publicaciones son de felicitaciones a los que “sí” quieren trabajar y a los que “aprovechan” las reglas del juego. Lo cierto es que es un dilema que vale la pena discutir, delimitar lo público y lo privado y el bien mayor.

En el contrato que celebran los usuarios de MiBici con el gobierno de Jalisco a través del director general del Instituto de Movilidad y Transporte del Estado de Jalisco, en su cláusula décimasegunda sobre las prohibiciones del usuario, en el tercer punto se lee: “No hacer uso de la bicicleta en forma lucrativa ni subarrendarla”.

En estricto sentido jurídico, los usuarios que utilizan MiBici para repartir comida en UberEats están incumpliendo con el contrato. Pero también todo aquel que va a trabajar en alguna bicicleta pública y tiene un sueldo; todo aquel que la ha hecho de mensajero en alguna baika de estas y se ha llevado una propina. Muchos, muchos nos transportamos en ellas y hacemos uso de la bicicleta en forma lucrativa.

Las autoridades estatales con apoyo jurídico tendrían –en todo caso– que aclarar o modificar este punto de la cláusula. Y su vez, limar asperezas con la empresa de transporte, al menos en este tema.

Y es que lo que está también de fondo es la relación tormentosa entre la Secretaría de Movilidad (Semov) y la empresa de transporte Uber. Hace unos días, Uber consiguió una suspensión definitiva para poder seguir operando sin necesidad de registrase y acatar algunas disposiciones de la ley; las autoridades sigue a la espera de la resolución del amparo. Así se la llevarán quien sabe cuánto tiempo más.

Pero mientras son peras o son manzanas, es importante aclarar que Semov o la empresa que opera MiBici –BKT– no puede hacer mucho. De hecho no está autorizado para llegar así de la nada con un repartidor de UberEeats a revisar que efectivamente esté prestando el servicio.

El debate continuará. Los repartidores en MiBici seguirán llevando hamburguesas, tacos, ensaladas y hasta nieves a casas y hasta a oficinas para que los godínez llenen sus estómagos. Y yo seguiré pensando el gusto que me da que para repartir comida se utilicen las bicicletas y no carros. Las autoridades tienen una tarea pendiente.

Migaja

Llevo días preguntándome qué sucederá cuando una banqueta sea “sub” utilizada por –nosotros– los peatones y los automovilistas propongan una consulta popular para mocharle espacio a la acera para que las máquinas ocupen mayor espacio en esta ciudad. Y de paso, el Instituto Electoral apruebe el ejercicio democrático no vinculante.

Julio González
Acerca de Julio González 53 Artículos
Reportero // Caminante //escribe la columna "Sepa la bola" // Profesor.

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