Un anhelo carmesí

Temporada de pitayas. Foto Héctor Hernández

| Por Gerardo Ascencio |

Imagino la escena: por la ventanilla del tren de pasajeros que viajaba a Colima, monseñor Garibi Rivera mira con impaciencia, mientras las vías bordean las lagunas secas de Zacoalco, San Marcos y Sayula. Se apea sin prisas en la estación cercana a Techaluta, donde lo esperan para llevarlo a la casa de las hermanas Ibáñez, donde –desde que se le veía subir la cuesta hacia la iglesia de San Sebastián Apóstol– le tienen preparada ya una copita de ponche frío de limón, cortesía de la casa. Al menos así me lo contaron las propias hermanas, hace ya muchos años.

La silueta de Techaluta se distingue desde lejos si uno viaja por esa carretera que atraviesa la laguna de Sayula y cierra en la carretera libre a Colima. Transitar por esta región es una aventura con cruces de caminos, bifurcaciones, espejismos y vegetación escasa y ruda.

Vistos a través del calor meridiano, la iglesia y el caserío parecen vacilantes, huidizos. Los protegen de la mirada atenta el viento del estiaje y las tolvaneras de la laguna, súbitas e impredecibles. Otros muros se distinguen conforme se va uno acercando: los enormes pitayales que la circundan, le dan fama y que, por estas fechas, ya aparecen cargados de frutos multicolores.

La historia del lugar es dilatada y habitada por toltecas y cocas, que sobrevivían a estas sequedades y estos calores con el comercio del salitre de las lagunas. Paliaban los penares con aguamiel y pulque, los zapotes, los mameyes y las pitayas. Fue una religión inestable y en constante conflicto con los colimotas y purépechas, hasta que don Alonso de Ávalos –apenas un año después de la caída de Tenochtitlan y por órdenes del mismísimo Hernán Cortés– conquistara pacíficamente la región y le diera por vivir en las inmediaciones.

Techaluta es un pueblo tranquilo, si los hay. La mayoría de las calles siguen siendo empedradas y todas conducen a la plaza principal, la iglesia y su enorme atrio. No hay ni las premuras ni los congestionamientos de la cercana Sayula o de Ciudad Guzmán. Solo hay agitación en los festejos patronales de san Sebastián a mediados de enero, las fiestas patrias septembrinas y la feria de la pitaya, el mes de mayo.

Y es que ahora, una de sus principales fuentes de ingresos es el cultivo y la venta de pitayas, temporada que ya inicia y que dura hasta los días previos a las primeras lluvias. Esta fruta es harto común prácticamente en todo México y partes de Centroamérica, con muchas variedades. En sus clasificaciones botánicas, la gran mayoría contiene la palabra latina cereus: “cirio”, por las formas de sus grandes brazos. Algunas incluso dan lugar a toponimias, como la del cercano pueblo de Anoca: “tunas de agua”, o del menos próximo estado de Sinaloa (originalmente Cinaloa, según algunos lingüistas): “donde abundan las frutas con semillero”.

El nombre náhuatl original era tsaponochtli o tzaponochtli, que es decir tuna-zapote, pero ya en el virreinato fue llamada pitahaya o pitaya. Para algunos, la primera palabra designa a la que abundaba en Sinaloa: oblonga, de color rojo o amarillo en el exterior y blanca por dentro; la segunda, a la que se cultiva en la región sur de Jalisco y otras partes del sureste mexicano, que tiene diversos colores: rojo, amarillo, buganvilia o blanco.

Pitayas en la zona de las Nueve esquinas. Foto Héctor Hernández

La etimología de la palabra pitahaya es incierta, aunque se sabe que pita era una denominación de los españoles para los agaves y los magueyes. Por su parte, haya hace referencia, como se pudiera pensar, al árbol cuya copa es similar a este cacto; pero pudiera ser también por el regalo que en España los alumnos de música hacían a los maestros por las Pascuas, que son precisamente las fechas cuando crecen y maduran estos frutos.

Sea como fuere, ya estamos en la temporada. Los mercados de la ciudad tienen las primeras cosechas en grandes canastos que dan su toque alegre sobre las camas de alfalfa fresca. Es tradición también el tianguis de pitayas en las Nueve Esquinas o en Zapopan, donde es posible encontrar todas las variedades y que es, sin duda, de visita obligada para los tapatíos.

Aun así, yo sigo prefiriendo viajar a Techaluta –está a poco más de 80 kilómetros de la ciudad– y recorrer las calles empinadas, salpicadas por las vendimias de pitaya. Pasar por la plaza y el atrio, caminar unos cuantos pasos para llegar a la vieja casona de las Ibáñez, donde se ofrecen múltiples ponches: de granada, de mandarina, de limón, de tamarindo y el imprescindible de pitaya. Tomar un vaso bien frío, aderezado con las nueces de la cercana Amacueca.

Y esperar el atardecer que cae sobre las casas y las calles, sobre los gigantescos cirios pascuales, e incendia el corazón de las pitayas que se abren, frescas y dulces, para mitigar el calor y el salitre de esta tierra.

*Texto originalmente publicado en Máspormás Gdl

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