Un libro para el que hay un futuro…

Nunca he sido el mayor fan de lo que se suele llamar “no ficción” porque, al menos entre los mejores libros que –dicen los entendidos– van conformando su canon probable, no aprecio diferencias radicales entre una novela que responda a sus características y otra que no; de hecho, me parece que algunas obras pueden prescindir de cualquier etiqueta aunque se les catalogue de distintos modos, como en el caso de Chicas muertas (Literatura Random House, 2015), de la narradora argentina Selva Almada, una historia que se nutre de otras muchas pero que igual refuerza sus junturas con datos duros como con estrategias discursivas que consiguen convertir a quien relata en algo más que la voz de un autor/a.

En este sentido, Chicas muertas me puede parecer una novela que al mismo tiempo sigue el rastro de tres feminicidios –cuando todavía no se utilizaba el término– jamás resueltos debido al impacto que produjeron en una adolescente que, a sus trece años de edad, nos cuenta que “no sabía que a una mujer podían matarla por el solo hecho de ser mujer, pero había escuchado historias que, con el tiempo, fui hilvanando. Anécdotas que no habían terminado en la muerte de la mujer, pero que sí habían hecho de ella objeto de la misoginia, del abuso, del desprecio”.

De esas historias que se “escuchan” –en el ámbito familiar, la escuela o la calle– es que se va integrando y transformando la que nos entrega Selva Almada, porque a pesar de contar con la base que significan los tres crímenes irresueltos (las muertes de las jóvenes Andrea Danne, María Luisa Quevedo y Sarita Mundín), en la construcción del relato general juegan un papel de radical importancia el paso del tiempo, las experiencias propias de la narradora respecto de las formas de violencia que padecen cotidianamente mujeres y niñas, su investigación “extemporánea” de estos (y otros) casos y una prosa que se va “armando” en aparente desorden para que de manera creciente la intensidad no permita que despeguemos los ojos de la lectura.

Así, en mi opinión, la mayor fortuna de Chicas muertas no estriba solamente en su trascendencia como documento o “rescate” de un pasado que contribuye a la discusión de problemáticas presentes, es asimismo un texto de notable dureza, su escritura es vívida y brinda una impresión de “familiaridad” que abre puertas para vincular vida y lectura, porque –como escribió Cristian Alarcón sobre la aparición de este libro en el suplemento Babelia– el estilo resulta “entre poético y realista”, sin que ello le haga perder eficacia.

Ahora, que yo no comprenda del todo lo que a veces se busque dar a entender con el término “no ficción” no significa que no le cuadre a esta obra de complicada catalogación; para mí, desde mis explicables limitaciones, puede leerse como una novela, una que logra integrar sus recursos para establecer su derrotero narrativo, para no dejar que percibamos sus puntos conexión y que al leer se pueda “fluir” a la mera del ojo que pasa sobre un zurcido invisible.

Finalmente, Selva Almada merece reconocimiento por su habilidad como escritora, pero que ese detalle no nos haga olvidar su enorme capacidad sensitiva; Chicas muertas es un libro donde nuestras emociones no dejan de verse afectadas y, además, una obra que debe captar la atención de quienes se dedican al periodismo en este continente, donde las deudas sociales y económicas pueden asumir un rostro de lenguaje renovado, siempre con miras a mover la entraña y ganar atención sobre lo que acontece. De este libro, creo, sí se hablará en el futuro.

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