Una buena combinación de política y crimen

Aunque fue publicada primero en español por Editorial Almuzara (2006), la novela del reconocido escritor chino Qiu Xiaolong, Muerte de una heroína roja (Tusquets Editores, 2012), es más fácil de encontrar bajo uno de los sellos de Planeta y significa la primera entrega de la serie policial que protagoniza el inspector jefe Chen Cao; así, ubicada a principios de los años noventa, la historia se desenvuelve en un país que aún vive las consecuencias del periodo conocido como “la Revolución Cultural” y enfrenta una situación en la que se “tolera” cierta libertad y algo de “mercado libre”, aunque con un sistema de justicia supeditado a los intereses políticos y la moral partidista.

Con todo, se trata de una novela policial pero que, a diferencia de muchas en este género frecuentemente mirado con relativa suspicacia, inserta con éxito a sus personajes en una trama cuya dimensión política es notable por su complejidad y peso (y, pensando en China, no podía ser de otra manera); se trata de una historia en la que los lectores pueden muy bien apreciar al principal sospechoso apenas a mitad del libro (que no es muy breve, casi 400 páginas) pero, curiosamente, eso traslada lo fundamental a la tensión narrativa, que se centra en cómo habrán de “resolverse” los conflictos para probar la culpabilidad del sospechoso y, asimismo, aquellos que se relacionan con el complejo enredijo entre intereses de partido y administración de justicia.

Al tratarse de la primera novela de la serie –de la cual, Tusquets ya ha publicado por lo menos otras cinco– es claro que, en buena medida, la personalidad del propio Chen Cao se dibuja con detenimiento; formado como especialista en literatura comparada y autor de cierta fama en su país, las circunstancias hacen que acepte un empleo en la policía de Shanghái, donde sus habilidades le granjean no sólo apoyo por parte de “el Partido” sino, también, de su círculo inmediato de colaboradores (a lo que puede agregarse su especial sensibilidad y posición iconoclasta respecto a mucho de lo que acontece en China).

De esta forma, en Muerte de una heroína roja todo se complica cuando se descubre el cadáver de quien en vida fuera “una trabajadora modélica cuya entrega a la causa del Partido la convirtió en una celebridad”, y no sólo eso sino que, además, el principal sospechoso resulta ser un “hijo de los cuadros superiores” del propio partido, vástagos de aquellos que acompañaron a Mao en su proceso de consolidación en el poder y que se convirtieron en “privilegiados” de un sistema que “combinó” lo mejor y lo peor de dos paradigmas económicos en apariencia irreconciliables.

El telón de fondo es, tal vez, lo más conmovedor de la novela, no sólo por plasmar en sucesivos personajes las paradojas de una sociedad que se “descompone” con celeridad a pesar de crecer económicamente sino, en especial, por dejar entrever cómo una formación ideológica puede destruir –literalmente– la individualidad de una persona.

En Muerte de una heroína roja los lectores no hallarán sólo una novela policiaca más; para los fanáticos del género (o de Qiu Xiaolong en específico, que bien los merece), significa la posibilidad de acceder a una historia compleja y lejos de ser complaciente. Finalmente, si se piensa en mucho de lo que hoy día el mercado editorial desea vendernos como “novela policial”, este libro es un excelente pretexto para iniciar una serie de lecturas sin desperdicio.

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