Una buena y una mala

|Por Juan José Doñán|

En días pasados, cuando aún no cumplía ni tres semanas en el cargo de presidente municipal de Guadalajara, Ismael del Toro dio una noticia que parece buena para la sociedad tapatía, junto con otra que, en definitiva, es mala sin atenuantes.

La que parece buena es el anuncio de que aun cuando su gobierno está decidido a seguir adelante con el proyecto de sustituir las calandrias de caballos por vehículos eléctricos, no por ello se descarta la idea de mantener algunas calesas turísticas, tiradas por caballos, siempre y cuando sus operarios (los calandrieros) se comprometan a darles un mejor trato a sus equinos.

Con ello el primer edil tapatío pareciera estar buscando quedar bien con todo mundo. Para empezar, con su líder político y predecesor en el cargo, el ahora gobernador electo Enrique Alfaro, quien en su turno al bat como alcalde de Guadalajara llegó al extremo de prohibir el uso de vehículos de tracción animal en el municipio.

De esta forma, Del Toro le estaría diciendo a Alfaro más o menos lo siguiente: “Jefe, no me vaya a malinterpretar, su proyecto de las calandrias eléctricas va a seguir adelante durante mi administración, aunque eso sí, poco a poco, es decir, en abonos, que al fin y al cabo, como bien dice la sabiduría popular, “el que abona, pagar quiere”.

Y en la misma salida salomónica, el presidente municipal de Guadalajara también estaría buscando complacer a los llamados “animaleros” y a los grupos que se dicen defensores “de los derechos de los animales”, a quienes les estaría mandando el siguiente mensaje: “Miren, a los persistente, por no decir tozudos, calandrieros que se mantienen en la onda old fashion de seguir utilizando caballos en sus vehículos de transportación turística, les vamos a exigir, de manera intransigente, que les den un trato digno a sus bestias, cosa que ustedes mismos podrán comprobar”.

Finalmente, en esta carambola de tres bandas, el alcalde Ismael del Toro estaría buscando no quedar mal tampoco con los estigmatizados calandrieros de caballos y con las personas que argumentan que las calandrias de caballos no sólo son una plausible tradición tapatía, sino también una de las señas de identidad de la capital jalisciense.

Ya el tiempo dirá que tan buen billarista político es el señor que ahora mismo despacha en la oficina principal de Hidalgo 400, y si logrará quedar bien al optar irse con melón, pero también con sandía.

En cuanto a la mala noticia que la semana pasada salió del Palacio Municipal de Guadalajara, ésta tiene que ver con el crédito que el Ayuntamiento tapatío estaría a punto de solicitar a una institución bancaria por cerca de 450 millones de pesos, así como con la petición para que se le otorgue un adelanto presupuestal a la debutante administración por parte del gobierno del estado y eventualmente también de la Federación, adelanto presupuestal que, igualmente, rondaría los 450 millones de pesos.

Y todo ello, según ha dicho el tesorero municipal de Guadalajara, por una “falta de liquidez” o porque, como le dijera el entonces presidente Ernesto Zedillo a una vendedora indígena del centro país, “no traigo cash”.

Ante tal estado de cosas en las arcas municipales hay varias preguntas obligadas. ¿Qué funcionario o funcionarios de la pasada administración de Guadalajara dejaron sin liquidez al Ayuntamiento tapatío? ¿Qué hicieron mal o qué no previeron? ¿No esto una irregularidad, por no decir una anomalía?

Tratando de exculpar a esos exfuncionarios, la versión oficial que se ha dado desde el Ayuntamiento de Guadalajara es que la recaudación del municipio tuvo una baja, es decir, que fue el azar y no un mal manejo administrativo la causa de esa falta de liquidez. Y que de ahí la necesidad no sólo de endeudar más a la comuna que, como es bien sabido, desde la administración de Aristóteles Sandoval, ya se encontraba en entre los cinco municipios más endeudados del país, sino de disponer también de una parte de las participaciones estatales y federales del año entrante.

Si esto no es un mal manejo de las finanzas del primer municipio de Jalisco, ¿cómo llamarlo entonces?

¿Y los recursos que debieron obtenerse por la enajenación, hecha durante la administración alfarista, de fincas y predios de la comuna como el inmueble de Pedro Moreno y Marsella, los terrenos de la zona del Dean y el desahuciado edificio del Registro Civil No. 1, una muy apreciable obra del finado arquitecto Eduardo Ibáñez?

Aparte de la venta de esos bienes municipales, el entonces alcalde tapatío Enrique Alfaro y regidores que lo acompañaban aprobaron por unanimidad regalarles a los jeques de la Universidad de Guadalajara el subsuelo del jardín de Mexicaltzingo.

Esa donación, hasta ahora venturosamente suspendida por un fallo judicial, fue hecha con el propósito de que la cúpula udegeísta construyera un estacionamiento subterráneo de varios niveles, a fin de subsanar al farandulero teatro Diana, que también regentean los mandarines de la UdeG, de su carencia de un área de estacionamiento para quienes asisten a ese inmueble más dedicado a las musas frívolas que a la difusión de las verdaderas manifestaciones artísticas.

Está visto que la flamante administración municipal que encabeza Ismael del Toro no sólo tendrá que ir lidiando con sus propias pifias, sino cargar también con la deficitaria herencia de sus predecesores. ¡Menos mal que unos y otros juegan en el mismo equipo, es decir, que son del mismo partido político y del mismo grupo ídem!

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