Una discusión dicotómica: entre héroes y villanos

|| 66.1% de los ciudadanos en Jalisco no se sienten seguros cuando caminan por las calles o se trasladan en transporte público o auto

| Por Araceli Fabián |

Los niveles de inseguridad y violencia en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) se han disparado de manera  significativa en los últimos tres años; lo que ha hecho sonar las alarmas de los distintos órganos de gobierno y poderes del Estado para actuar y generar propuestas de impartición de justicia, por ejemplo, con el nuevo Sistema Penal Acusatorio (2015), mismo que a la fecha no ha estado a la altura de las circunstancias y demandas de la sociedad, pues tanto servidores públicos como ciudadanos lo señalan como responsable del alza de delitos de alto impacto, debido a que consideran que la figura de prisión preventiva libera de manera masiva a transgresores de la ley que vulneran nuestra seguridad.

Esta percepción parecería ser verídica, al menos de manera superficial, a partir de la información proporcionada por el El Instituto de Transparencia, Información Pública y Protección de Datos Personales del Estado de Jalisco (Itei) así como la Fiscalía General del Estado (FGE) que indican un aumento en el nivel de delitos relacionados con robo a vehículo, casa habitación, negocio y robo a particulares o transeúnte, incrementando a su vez el nivel de violencia que termina con la muerte en este tipo de actos; razón por la cual se explicaría los datos obtenidos por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) 2016, que indica que el 66.1% de los jaliscienses se sienten inseguros en sitios como la calle, transporte público, bancos y  automóviles; espacios cotidianos en donde estamos expuestos a que se cometan actos de violencia asociados al robo y en el peor de los casos a la muerte, ya sea de la víctima o del victimario.

Es justo en este punto sobre ser víctima o ser victimario de actos que atentan contra la sana convivencia y  vida de todos –que van en progresivo aumento–, donde se desea centrar el foco de análisis, pues es un tema que ha presentado una serie de intensos y acalorados debates en redes sociales mucho más sentimentales que racionales, generalmente, apelando a condiciones socioeconómicas, raciales o de género tanto de las víctimas como de los victimarios, que  amerita una reflexión más profunda de lo que somos como sociedad, pues estos actos de manera implícita nos están cuestionando; asimismo, se vuelve imperativo  cuestionar la construcción discursiva de los medios de comunicación al generar representaciones de las víctimas y los victimarios. Al dividirlos entre buenos o malos, héroes y villanos.

Cámara (Imagen Pixabay)

¿Por qué unas víctimas duelen más que otras?

En nuestra sociedad se han vuelto frecuentes dos cosas: por parte del victimario asesinar por un celular, unos tenis, una computadora portátil, entre otros objetos de bajo costo y por parte de la víctima tener la oportunidad de matarlo, a falta de certeza jurídica, siempre en defensa propia ¡Claro! a su vez las redes sociales ofrecen un espacio para la expresión de nuestra indignación, maldición o alegría según sea el caso. En tanto los medios de comunicación alimentan, fortalecen y encauzan nuestro odio o nuestra indignación. Siempre divididos en dos bandos.

Por un lado, los considerados informados, educados y privilegiados cuestionamos la insensibilidad del ladrón, al ser capaz de quitar la vida de otro ser humano por un objeto, algo material que en efecto ¡Jamás se equipará con la vida! Nos indigna aún más que el “desgraciado ladrón” le quite la vida a las personas “promesa”, nos puede dar igual que se la quitan a cualquiera, pero no a quien signifique ser un éxito y no un fracaso producto de la sociedad, entonces ¿De qué depende la indignación? ¿Por qué unas víctimas duelen más que otras? Sin duda, la cobertura informativa de los medios locales y nacionales conforman un factor de sesgo al proponer que unos son más significativos que otros y los ciudadanos informados, educados y privilegiados caemos en el juego, nos rasgamos las vestiduras y deseamos todo el mal del mundo a los victimarios; somos miopes al no comprender que ese sector poblacional que simboliza o han hecho simbolizar como “la inseguridad, maldad personificada”, es producto también de nuestra indiferencia como sociedad más allá de la corresponsabilidad gubernamental.

Otro punto: se nos olvida muy a menudo que para nosotros, ellos son los otros, en este juego de palabras y construcción del lenguaje tan significativo, ellos no tienen nada que ver con nosotros por la sistemática exclusión de la que han sido víctimas todo el tiempo, para ellos un celular, unos tenis y un laptop son más significativos que la vida misma… si la de ellos carece de sentido para nosotros y para ellos mismos ¿Por qué debería ser importante para ellos la de nosotros? ¿Cómo les pedimos empatía? La noción de otredad implica reconocer al otro como diferente pero complementario; no obstante, a este sector de la población le ha resultado complejo saberse y sentirse parte de la sociedad y esta constante separación, esa distancia, es producto de la pobreza y la desigualdad que evidentemente genera inseguridad y violencia, a la que por ende todos estamos expuestos en ambientes hostiles.

De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional sobre Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2016 en los primeros cuatro años del Gobierno de Enrique Peña Nieto el ingreso del 10% de los hogares más pobres del país apenas creció 10 pesos diarios –de 65 a 75 pesos– lo cual resulta insuficiente para mejorar las condiciones de vida, acceso a la canasta básica, a la educación y por tanto a posibilidades de superación de amplios sectores de la población, de esta forma “la desigualdad es una de las explicaciones a la violencia que subyace en el país”, según refiere Gerardo Esquivel Doctor en Economía, asimismo indica que “el hecho de que gente sin oportunidades de trabajo ni educación vean que otros o gozan de recursos materiales  no necesariamente obtenidos por méritos, genera resentimiento y ciertas conductas antisociales, que orilla a que los jóvenes que no tienen alternativas (…) se vuelvan generadoras de violencia”.

La problemática empieza por la separación entre ellos y nosotros,  buenos o malos e implica la necesidad de analizar las condiciones y posibilidades de acceso a mejores oportunidades de vida de estos sectores de la población, que debe pasar por una necesaria redistribución de la riqueza mucho más equitativa pues de acuerdo con reportes de la Oxfam la pobreza tardaría en revertirse 120 años  si se toma como tema prioritario de la agenda política del país y, en efecto, la Secretaría de Desarrollo Social cumple con su labor de programas autogestivos. En tanto, la labor informativa de los medios se centraría en trabajar en una agenda que privilegie el trabajo ético del periodismo de investigación para producir explicaciones, no simples señalamientos que victimizan, re-victimizan y construyen discursivamente lo que a ellos tanto les gusta: héroes y villanos.

 

Araceli

 

Araceli Fabián
Académica y estudiosa de la comunicación,

los fenómenos sociopolíticos y  el periodismo.

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