Una dura experiencia de lectura

La novela del escritor chileno Arturo Fontaine, La vida doble (Tusquets Editores, 2010), obtuvo el Primer Premio Internacional de Novela Las Américas, en Puerto Rico, un año después de su publicación y, aunque no haya provocado mayores sobresaltos mediáticos, se trata de una de las historias más duras que hayan emergido a partir de la experiencia de la dictadura pinochetista en su país y, asimismo, un relato de penetración psicológica que explora inclemente y sin reparos los diferentes rostros de la transformación humana en situaciones de adversidad que condicionan la política, la ideología, la dinámica de la guerrilla urbana y la brutal cacería que distintos organismos de “seguridad” llevaron a cabo en el seno de la población civil.

Ante todo, la historia se centra en un personaje femenino a quien se llega a conocer a través de dos “alias” que, en la trama, significan las dos personalidades que asume una mujer que, con una hija y una familia establecida cuya estabilidad económica se desmorona tras un divorcio, consigue una educación más que respetable (sobrevive como maestra de francés y logra incluso viajar a Europa, además de hacer de la cita literaria una constante para buscar “dar a entender” lo que siente en determinadas ocasiones) pero, como muchos jóvenes de su país entonces, experimenta como una “necesidad” participar en “la lucha” violenta en contra de la dictadura y, como consecuencia de su arresto, se consuma la vuelta de tuerca que nutre y define la trama.

Basada en hechos reales, la mayor virtud de La vida doble es asumir en primera persona la vulnerabilidad a que nos expone el miedo y la incontrolable magnitud de ciertos eventos cuando la ceguera ideológica y la dureza de los hechos rebasan cualquier expectativa, cualquier asomo de fe o engañosa esperanza.

En esto, lo que sorprende es la facultad del autor para organizar su relato. Anclada en un asilo de enfermos en el norte de Europa, la protagonista asume la posibilidad de contar su vida ante un periodista, como un testimonio para su hija y una forma de asumir responsabilidades que, con todo, no pueden ser catalogadas como “culpas”.

De esta manera, la narración se torna frecuentemente un juego especular en el que puede primar un punto de vista, pero se asumen en la memoria las diferentes voces y silencios con los cuales se reconstruye parte de una historia que, como suele decirse, “no deja títere con cabeza”; además, como experiencia de lectura, se está de cara a una prosa de terrible dureza, que no hace concesión ni se permite tibiezas descriptivas.

Finalmente, en lo que representa –tal vez– un pequeño despropósito, a pesar de que Fontaine aseguró en diversas entrevistas que “no deseaba” hacer del lenguaje en su novela algo que se alejara demasiado de la “impresión de realidad”, lo cierto es que su afán descriptivo llega en ocasiones a no convencer, y tiñe a su atrayente personaje con una leve pátina de, por momentos, “saberlo todo”. Sin embargo, su entramado se sostiene y puede dejar al lector sumido en la desazón.

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