Una llamada le salvó la vida

Sepa la bola

José le había prometido a un casi desconocido que cruzarían juntos la frontera. Apenas se habían dicho algunas palabras en el albergue de San Juan Bosco, en Nogales, Sonora, cuando el mexicano le dijo a Edwin, un salvadoreño, que él conocía el camino a Tucson, Arizona, y que de ahí podría dirigirse a California para encontrarse con su familia. Eran días de mucho calor, en julio de 2013, y sería mejor caminar acompañados en el desierto.

Juntos trabajaron unos días en la ciudad fronteriza. Juntos le pagaron a los puntos, miembros del crimen organizado, para que los dejaran cruzar la frontera. Éstos a su vez les dieron una clave all-access en el desierto: si un punto les preguntaba a dónde iban, ellos la mencionarían y listo. El único enemigo en ese momento era la patrulla fronteriza. Gobernaba Barack Obama, el presidente que más indocumentados ha deportado. Juntos también pasaron noches de zozobra en el desierto de Sonora, caminando en zigzag hasta llegar a Tucson.

José, un hombre moreno, de cabello corto y que se dedicaba a ser estilista en Guadalajara, llevó a Edwin a un sitio donde un transporte privado lo recogería. Sus familiares lo habían contratado para llevarlo a California. Se despidieron. Nunca se volverían a ver.

En cuanto su compañero de viaje abordó el transporte privado, una patrulla de Tucson, Arizona, se frenó junto a José. Le preguntaron que a dónde iba, si traía drogas, mariguana, cocaína o algo ilegal. Dijo que no. Los oficiales se bajaron. Lo catearon. Le pidieron sus papeles. No tenía. Su sueño americano apenas habría durado un día.

Lo deportaron en Mexicali y luego fue a Nogales para volver a intentar cruzar pero en esta ocasión solo. Sin promesas ni riesgos.

Caminó rumbo a las vallas metálicas color óxido de la frontera y fue ahí donde nuevamente encontró a los puntos. Lo detuvieron con autoridad. Igual que la primera ocasión. Uno de los chavos lo reconoció. Tú acabas de pasar. Sí pero me deportaron. ¿Y el otro chavo que venía contigo?, cuestionaron. Él se quedó allá.

El punto cambió de semblante. Se me hace que tú eres coyote. José mencionó la clave para que le dieran el paso: “que te comunique con él…”. El tipo lo interrumpió. A mí nadie me ha hablado. Les insistió que ya había pagado. De nada sirvió.

El bato le advirtió que tenía que pagar la cuota en cada ocasión que quisiera pasar.

Lo rodearon y le dieron dos cachazos en la cara. Cayó hincado. Agárrenlo que nos lo vamos a llevar. De la boca de José salieron suplicas para que lo dejaran. Yo sólo quería cruzar, sollozaba.

¡No te preocupes hijo de tu puta madre! ¡Ahorita vas a cruzar a donde tienes que cruzar! Les repetía que era deportado. No importó. Me aventaron al interior de una camioneta van amarilla con placas de Sonora junto con otras dos personas.

Los llevaron a un rancho en medio de la nada. Lo metieron en un cuarto. Temblaba muerto de miedo. Lo golpearon en los testículos, en la cabeza, en la cara, en las costillas. En todo el cuerpo.

El hombre le dijo que no estaba jugando. Lo arrastraron hasta otro cuarto en donde había otro hombre. Este cabrón se quiso burlar de mí –dijo el criminal–, cortó cartucho y le dio un balazo en la cabeza. El cuarto se pintó color sangre. Tú vas a ser el próximo.

Todavía no amanecía cuando llegaron con otras dos personas. Escuchó como los golpeaban, los interrogaban y los amenazaban de muerte. Que si no confesaban, iban a matar a uno. Llegaron al cuarto y le dijeron que ahora sí ya había chingado a su madre. Era su turno.

De repente sonó el teléfono del chavo. Cuando colgó le dijo que un amigo –Edwin- vio que lo había detenido la policía en Tucson y sabía que lo iban a deportar. Mandó un mensaje de agradecimiento para José en Nogales.

Un conocido de Edwin, que trabajaba cruzando indocumentados, lo buscó y se enteró de que me habían “levantado”. Él les explicó que el hombre que me acompañaba no le había pagado un solo peso.

Esa llamada le salvó la vida. Pero no de la golpiza que lo dejó inconsciente. Luego lo tiraron en la carretera. Renqueó como pudo hasta el albergue en Nogales. Pidió aventones a transportistas hasta llegar a Guadalajara, su punto de partida.

Cuando estaba por bajar de la última camioneta, el hombre que lo recogió en la carretera y al que le contó su historia le dijo una verdad que duele: no había sido el primero y tampoco sería el último en vivir el horror en la frontera.

Migaja

A José lo conocí en 2013 en una casa en la colonia Prados Vallarta. Me lo presentó una mujer que lo estaba ayudando a recuperarse. Se llamaba Margarita Villaseñor. Hace dos días fue asesinada por su vecino afuera de su casa. Según notas periodísticas el hombre se obsesionó con ella a tal grado que decidió primero quitarle la vida y luego matarse. Un feminicidio más.

Julio González
Acerca de Julio González 60 Artículos
Reportero // Caminante //escribe la columna "Sepa la bola" // Profesor.

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