Una novela de Antonio Muñoz Molina

Hace poco más de un mes se cumplió medio siglo del asesinato de Martin Luther King, que ocurrió en un hotel de la ciudad de Memphis, en Estados Unidos. El acontecimiento brinda la oportunidad de asomarse –a destiempo– a una de las mejores novelas del escritor español Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), la enorme Como la sombra que se va (Seix Barral, 2014), una historia en la que se tejen las acciones a partir de los diez días que pasó en Lisboa el asesino de King, James Earl Ray, tras cometer el crimen, lo que contrasta y une a las estancias que el mismo autor tuvo en la capital portuguesa, en especial un fin de semana de hace tres décadas gracias al cual pudo concluir la escritura de lo que sería su segunda novela, El invierno en Lisboa (1987).

Puede decirse, claro, que la estructura del libro no es nada original; los capítulos se intercalan entre las experiencias del prófugo y las del autor de treinta años atrás, cierto, pero Muñoz Molina consigue que ese detalle pase a un plano de poca importancia gracias a una prosa que se solaza en el detalle y la introspección imaginativa (puesto que parece saber tan poco del asesino como de sí mismo en el pasado), un ejercicio notable por su concreción y ausencia de truculencia que, además, se combina con las formas de especulación que no desdeñan lo consignado en expedientes ni acuden a la calificación gratuita o el juicio apresurado sino que, por el contrario, se extiende en su riqueza descriptiva para agregar sucesivamente los “ingredientes” que conforman a su protagonista (cuyo perfil tampoco se dibuja de forma plena).

De igual forma, el autor no se limita a los dos planos que marcan sus personajes principales, reserva el penúltimo capítulo de la obra –el más extenso, por cierto– a presentar una especie de “retrato” de Martin Luther King, casi un boceto cubista en el que sus virtudes y defectos conviven de forma viva y dan forma a una trayectoria plagada de contradicciones, sorpresas, temores y momentos de indecisión (es decir, nos coloca frente a la imagen “viva” y muy humana de una figura histórica contemporánea, como pocos lo consiguen).

Con todo, y aunque reconozco que Como la sombra que se va es uno de los libros de Muñoz Molina que más me gusta, admito asimismo que no es justamente por las cualidades que hasta aquí se han apuntado; lo que me asombra es la constante visitación a las nociones de “novela” que a lo largo de los años ha tenido el autor sino lo que significa el acto de escribirla, con toda la carga de vicisitudes y contratiempos que conlleva (para quien acomete la empresa y aquellos que le rodean, cercanos o no).

Hacia el final de la novela, el autor establece que “la novela sujeta la vida a sus propios límites y la abre al mismo tiempo a toda una abundancia de tesoros ocultos, una espeleología y un submarinismo de yacimientos que estaban fuera de uno y dentro de uno y que sólo a uno mismo le estaba reservado descubrir”; así, como si se dirigiera a un lector determinado (ese que somos todos), asegura que “aunque no escribas estás escribiendo. La imaginación narrativa no se alimenta de lo inventado sino de lo sucedido”. Y con esa última frase podemos estar o no de acuerdo, sin embargo, no dejará de poner en movimiento algunos engranes mentales o emotivos.

Muchos son los libros de Muñoz Molina que he disfrutado –todos ellos distintos, aunque no los haya leído todos– y Como la sombra que se va no carece de elementos que percibo en ellos, esto es, una escritura que persigue la precisión sin dejar de ser compleja, una pretensión inicial que siempre arroja frutos encomiables, un enorme respeto por el lector a quien no abandona en los páramos del aburrimiento. Quizá a algunos no les guste, pero para mí es uno de los mejores narradores españoles vivos.

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