Una de tatuadas y enfermeras

De verdad me gustan los tatuajes. Una aclaración pertinente: mi preferencia no tiene relación alguna con el supuesto placer masoquista de taladrarse la piel superficial —a mí me duele más cuando me tapan una muela y, al contrario, me he quedado supina mientras me tatúan—.

Creo que el placer masoquista y otros defectos que le ven a los tatuajes sus detractores son síntomas de una sola enfermedad, que se llama prejuicio. ¿Por qué nadie piensa en el dolor cuando perfora las orejas de sus hijas recién nacidas o le pide a sus empleadas que usen zapatos de tacón alto o cuando se pone una borrachera que acabará en una espantosa cruda?

Por supuesto no está a discusión que en cualquiera de las prácticas anteriores es preferible la higiene. En los tatuajes también.

Me gustan los tatuajes porque son una de las pocas cosas a las que el arrepentimiento no borra, pues incluso el láser que se usa para retirarlos deja una marca. Me gustan, porque son una expresión de que cada quien puede hacer con su cuerpo lo que le dé la gana, siempre que no dañe el cuerpo de los demás.

Hay tatuajes que me provocan más que otros.

Nunca he visto un tatuaje en la cara que me parezca agradable, ni siquiera uno de los llamados estéticos, y, entre todos los del rostro, los que más me dan pena son las lágrimas negras. Las lágrimas negras significan que alguien murió, probablemente porque el tatuado participó en esa muerte o eso nos quiere hacer creer.

De ahí en más no puedo meterme mucho en los gustos de los prójimos: que si un Bansky es mejor que una Virgen de Guadalupe o una mujer encuerada, me da igual. Si acaso, en el trazo del tatuador. El trazo es lo que la técnica a un pintor y espacio a un arquitecto.

Hay tatuadores, pintores y arquitectos buenos, malos y regulares, así como hay personas buenas, malvadas y humanas.

Hay tatuados generosos y tatuados asesinos, no cabe duda. Pero la verdad es que a lo largo de la historia de la humanidad —por lo menos de la historia oficial— los peores villanos: asesinos, dictadores, genocidas han tenido la piel inmaculada.

Así la tenía la enfermera que hace unos días nos recibió, a Matías y a mí, en la Cruz Verde, a donde debimos ir porque Matías se accidentó en los juegos infantiles de una hamburguesería.

Luego de ver que Matías dijo que se cayó y ver los tatuajes de aves en mi brazo derecho, interrogó tres veces al menor, como ella lo llamaba, para encontrar cualquier señal de maltrato. No le importó que la primera y la segunda vez el niño hubiese dado una versión coherente y creíble de su accidente, al cual incluso ilustraba con los dedos de su mano izquierda. La enfermera hizo bien en hacer el interrogatorio; era su obligación. No hizo bien en señalar con el dedo mi brazo derecho, mientras hablaba con otros médicos.

Seguro no se acordó que ni Antonio López de Santa Anna ni Hitler ni Rafael Videla se hicieron jamás un tatuaje.

Por cierto, Matías tiene dolor en la espalda. Aquel día la enfermera se olvidó de mandarle hacer una radiografía.

Vanesa Robles
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Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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