Una verdadera obra maestra

Hasta hace pocos años, nada sabía yo de la novela Stoner (Fiordo, 2017) o de su autor, el estadunidense John Edward Williams; la primera noticia que tuve fue la mención del libro por parte de un amigo que reside en el vecino país del norte y que se deshizo en elogios por la historia, él mismo compartió luego conmigo la versión electrónica y, ahora, gracias a la editorial argentina Fiordo y la sobria traducción de Carlos Gardini, puedo repasar de nueva cuenta la vida y trabajos de uno de los personajes más interesantes, complejos y conmovedores que haya producido la literatura en inglés del pasado siglo.

Ahora, lo anterior suena demasiado formal y, la verdad, puedo asumir perfectamente la opinión que sobre esta novela han expresado algunos de sus más conocidos admiradores –como Ian McEwan, Breat Easton Ellis, Enrique Vila-Matas o Rodrigo Fresán– quienes, sin empacho, la han calificado como una “obra maestra”; es más, creo que Stoner es no sólo magistral, es uno de los libros más sorprendentes con los que puede uno toparse y, mejor aún, no lo es por rasgos o características de estridencia sino todo lo contrario: por una prosa detenida, precisa, escueta y eficaz.

De acuerdo con el autor de El viaje vertical, lo que “sorprende” es que la novela de Williams “haya podido ser ignorada por tanto tiempo” pues, publicada originalmente en 1965, Stoner no vendió muchos ejemplares y cosechó pocas (aunque buenas) reseñas, sin embargo, fue décadas después que ganó la admiración casi unánime de la comunidad literaria en los Estados Unidos (y su traducción a otras lenguas).

En resumen: William Stoner es hijo de pobres granjeros del medio-oeste norteamericano que hacen un enorme esfuerzo para enviarlo a la universidad a estudiar agronomía pero, tras una epifanía (que parece todo menos eso) decide cambiar el rumbo y dedicarse a literatura y su enseñanza, descubre el amor y su saldo terrible al lado de una bella e histérica mujer con quien tiene una hija que los abandonará pronto; en su trabajo no asciende jamás y encima enfrenta problemas derivados de las intrigas académicas y, tras una vida con apenas unos meses de felicidad (al lado de una exalumna suya de quien se enamora), el periplo vital de este maestro es de una grisura terrible, es una completa biografía de un fracaso del que nos resulta difícil apartar la vista.

Así, narrada sin desplantes melodramáticos o de estilo, la efectividad de la prosa de Williams se basa en no sobrecargar sus descripciones, pulir el diálogo y acotar las acciones a su mínima expresión en palabras; a pesar de escribirse a principios de los sesenta, Stoner parecería más emparentada con el “modernismo” que con las obras de los herederos directos de las vanguardias y, con todo, llega a producir un estupor mayor cuando se piensa en lo que se nos relata.

Ajena a toda sensiblería, Stoner es una novela difícil, no porque resulte complicada, antes bien su sencillez abre paso a la verdadera clave: es dolorosa, complicada cuando las respuestas de este profesor ante sus vicisitudes son el estoicismo, el silencio o la resistencia digna e inoperante. Pero, al final, en esa serie de amargas experiencias, el personaje resiste y mantiene su pesquisa por hallar un sentido a lo que acontece, por comprender aunque no lo consiga.

No me apena confesar que leer esta novela me hizo llorar; lo admito, sí, porque no soy el único ni el último que habrá de hacerlo. En Stoner hay una fuerza tremenda que, sospecho, proviene de cómo nos reflejamos en su recuento cotidiano de pequeñas desgracias y maravillas, en esa pavorosa normalidad donde nos resistimos a encajar, con la que negamos todo vínculo a pesar de estar hundidos en ella hasta el cuello. En esta forma de reconocimiento es donde puede aspirarse, según dice Epicteto, a encontrar la sabiduría. Pero, bueno, no está de moda hablar de eso ni leer novelas como Stoner, a pesar de ser una verdadera obra maestra.

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