Una vieja entrevista

El pasado 20 de junio falleció el escritor Luis Sandoval Godoy (1927-2019) y así se cerró un capítulo de la literatura local que si bien no era revisado a últimas fechas, sí lo fue en décadas pasadas. Hace poco más de seis años, con motivo de la  reedición de su célebre novela La sangre llegó hasta el río (SC, 2013), tuve oportunidad de entrevistarlo en su domicilio del centro de Guadalajara, donde se recuperaba de un accidente doméstico y recordó sus inicios, su formación y lo que significó acometer la empresa de escribir un libro que se considera uno de los más importantes dentro del panorama narrativo que aborda el tema de la guerra Cristera.

Originario de El Teúl, en el sur de Zacatecas, e hijo de campesinos, Sandoval Godoy realizó estudios en el seminario de Totatiche y en la década de los cincuenta llegó a la capital de Jalisco para comenzar una larga carrera periodística y literaria que le llevó a colaborar en algunos de los diarios y publicaciones católicas más importantes de la Perla Tapatía, así como obtener, en 1965, el Premio Jalisco de las Letras.

Por lo que toca a su novela La sangre llegó hasta el río, la historia se basa en las experiencias verídicas de dos protagonistas de la Cristiada, la generala cristera Jovita Valdovinos y Eugenio Hernández, de Teocaltiche, cuyos relatos –dispuestos en capítulos alternados– se entretejen a lo largo de la narración para brindar un panorama que captura la intensidad y el drama humano de la guerra cristera.

Antes de escribir su libro, Sandoval Godoy hizo viajes a Jalpa para realizar entrevistas a Valdovinos, “ahí nació, de esas entrevistas, La sangre llegó hasta el río”, señaló, “yo quise hacer la novela jugando con dos personajes, un hombre y una mujer; un cristero de Teocaltiche, conocido como El Tecolotito, que había entrevistado el padre Nicolás Valdés y que hablaba con sencillez y desparpajo; luego encuentro a Jovita Valdovinos –vibrante, altiva y rabiosa– y los cruzo, para crear un contrapunto, cuidando sólo la línea cronológica y la conveniencia de tiempos y acontecimientos, de acuerdo con cómo sucedieron”.

En este sentido, Sandoval Godoy siempre se manifestó satisfecho con su novela, “porque traté de respetar y guardar con mucha fidelidad el lenguaje y modo de hablar de nuestra gente”; así, su propósito fue respetar las expresiones de sus personajes, “de ese acento del habla popular al que añadí toques de ternura y amor, para que no fuera sólo la sangre, el encono o la lucha rabiosa de la Cristiada, de modo que expresaran asuntos más humanos. No sé si lo logré, pero así fue”.

En aquel momento, el escritor sostenía que después de diversas ediciones y la difusión que La sangre llegó hasta el río había tenido a lo largo de los años –la más reciente la incluyó en la colección Clásicos Jaliscienses de la SC, con prólogo de Ulises Íñiguez; aunque en 1990 fue publicada por Edigonvill, lo que significó una notable distribución a nivel local–, “aún releo por las tardes algún capitulito y me hace volver a sensaciones, actitudes, vivencias, sueños, partes de mi vida que quedaron atrás pero que de alguna manera siento vivas; eso es muy alentador y gratificante”.

Ahora, ante la posibilidad de que con una nueva edición de su novela pudiera acceder a una nueva generación de lectores, Sandoval se mostraba optimista “porque los jóvenes se están inquietando mucho por el tema –la Cristiada– y, creo, debe haber más de uno que tenga curiosidad de dar con testimonios de aquellos tiempos; y este libro funciona como testimonio porque los personajes y hechos son históricos, la raíz y el fondo de la historia lo son también”.

Calificado en diferentes épocas y por diferentes actores de la vida periodística como una persona “de derecha”, el escritor aseguraba que “desde luego, soy creyente y tuve una formación sólida en el cristianismo gracias a que estudié en el seminario, todo el periodo de humanidades y dos años de filosofía; eso dejó en mí una marca de pensamiento, criterio y doctrina, pero no soy un derechista encendido. Vivo, siento, acepto y profeso, pero hasta ahí; no hago alarde ni propaganda para convencer a otros”.

Dedicado en sus últimos años a “hacer mis libros”, Sandoval Godoy conjuntó una amplia obra que sobrepasa los 50 títulos, algunos de los cuales distribuía él mismo. En aquel abril de hace seis años, hecho a la idea de “cerrar la puerta” a la escritura, hizo un hallazgo: descubrió en sus archivos un legajo que contenía unos cuentos que fueron publicados de forma semanal en los años cincuenta, en El Occidental, con los que conformó un libro que tituló Amanecía en el arrabal (2013), una reunión de historias breves “de cuando iba llegando de El Teúl, todavía muy empapado del mundo y las cosas del campo”.

Antes de concluir aquella charla, Sandoval Godoy reconocía que, con el tiempo, en una era en la que “vivimos a otro ritmo”, se había modificado “mi estilo y manera de escribir; incluso creo que yo ya no debo escribir”. Por eso, sostuvo que en su libro de relatos, Amanecía en el arrabal, sus cuentos podrían parecer “hasta chuscos, pero yo no tengo ya esa frescura y espontaneidad con que los escribí –tenía 20 años–, han pasado ya muchos nubarrones por el corazón y el pensamiento, el corazón y la sensibilidad no son lo mismo”.

Finalmente, vivió hasta los 92 años de edad, sin “cerrar la cortina” en cuanto a la promoción de su vasta (y notable) obra literaria, así como para recibir algunos homenajes y reconocimientos. Con su muerte se cierra un capítulo nada breve para el periodismo y la literatura jalisciense, uno que deberíamos visitar de nueva cuenta, sobre todo en sus mejores momentos (tiene novelas admirables). Ojalá suceda.

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