Por el uso de las gafas moradas

Siempre nos preguntamos entre nosotras, “¿cuándo comenzaste a ser feminista?”. Como si ser feminista fuera una decisión que una toma de la noche a la mañana y no el resultado de una serie de actitudes y reflexiones que acompañan todos nuestros días.

No sé si siempre fui feminista, pero desde pequeña noté que había roles muy marcados para las niñas y los niños. Pienso que siempre reté esos roles: jugaba futbol, me negaba a jugar con muñecos de bebés o discutía con mis amigas sobre lo injusto que era llamar a una mujer “puta” simplemente porque le gustaba salir con hombres distintos.

Durante mi preparatoria e incluso al principio de mi universidad el feminismo era un término desconocido para mí, a diferencia de lo que veo hoy con mi hermana de 17 años que se considera feminista y sus modelos a seguir son completamente distintos a los que tuvimos las mujeres de mi generación. Pensar que alguien como Emma Watson, Beyoncé o Malala marcaran una agenda feminista, hubiera sido impensable cuando yo tuve su edad.

Aprendí sobre feminismo cuando viví en Washington DC durante las elecciones del 2012, cuando Obama competía por la reelección. Ahí vi de cerca la organización de miles de mujeres en todo el país que exigían que sus derechos reproductivos fueran respetados y que se les pagara el mismo salario por el mismo trabajo. La mayoría retaba los estereotipos de cómo una mujer debe lucir y planteaban alternativas al modelo neoliberal. Otras comenzaban la discusión para construir universidades libres de violaciones y acoso sexual.

El voto femenino en el 2012 fue decisivo en Estados Unidos. Organizaciones como Planned Parenthood movilizaron a las mujeres para impulsar una agenda que hoy corre peligro con la llegada de la derecha conservadora. Pero mi tiempo en DC sirvió para darme cuenta de la importancia que tiene que las mujeres nos organicemos para exigir y construir un país menos desigual. Regresé transformada; antes de DC yo estaba segura que quería ser periodista, pero estando allá me di cuenta que quería hacer política para empujar causas feministas y de igualdad.

Ahí fue cuando comencé a utilizar gafas moradas. El ver el mundo bajo la perspectiva de unas gafas moradas fue una metáfora que utilizó la escritora feminista Gemma Lienas para explicar la necesidad que tenemos de tener una mirada crítica ante las situaciones injustas y de desventaja que vivimos las mujeres.

Para mí, el feminismo se ha convertido en una manera de ver y vivir la vida; de lucha, libertad y resistencia constante. El feminismo nos libera, pero también nos compromete. Nos obliga a portar unas gafas moradas con las cuales ya no puedes volver a ver las cosas igual.

Con estas gafas te das cuenta que el lenguaje importa mucho, que decir presidenta y presidente importa porque visibiliza y dicen que uno no puede hacer lo que no sabe que existe. Estas gafas moradas —que a veces cansa traer— te obligan a detectar los machismos en ti y las personas que te rodean. Te vuelve intolerante a los chistes sexistas buena ondita y comienzas a cuestionar a quienes los hacen. Te vuelven empática ante las desigualdades para no ignorarlas.

Estas gafas moradas me hacen ver las cosas distintas desde hace varios años. Necesitamos que más personas pierdan el miedo de portarlas. Hombres, mujeres y toda persona que crea que es tarea de todas y todos construir un país menos desigual. Uno en el que una mujer que denuncie sobre un acoso callejero, no sea linchada como bruja en la Edad Media.

Susana Ochoa
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Feminista // Soy un cliché // #Okupante

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