Un viaje por el corazón maléfico

Durante los meses de abril y mayo de 1945, los ejércitos aliados cercaban a las ya casi derrotadas fuerzas armadas de Alemania pero, en ese lapso, toparon con la evidencia material que confirmó la existencia–puesto que se sabía de ellos– de los campos de confinamiento y exterminio que integraban el llamado “universo concentracionario” diseñado por los nazis para los prisioneros de guerra, lo que significó que las tropas enfrentaran el gesto de los supervivientes, los enfermos, los cadáveres y los vestigios físicos que daban cuenta de una realidad atroz.

De este proceso de descubrimiento da cuenta el libro 1945: Cómo el mundo descubrió el horror (Taurus, 2016), escrito por la especialista en el tema e investigadora emérita del Centre National de la Recherche Scientifique francés, Anette Wieviorka, que para ello se centra en el viaje de dos de aquellos primeros testigos, el periodista y escritor norteamericano Meyer Levin y el fotógrafo galo Éric Schwab, quienes acompañaron el avance del ejército estadunidense a través de Ohrdruf, Buchenwald, Dachau, el castillo de Itter y Terezin (apenas una parte de los campos pues, al mismo tiempo, las unidades castrenses británicas y soviéticas liberaban el resto).

El relato de Wieviorka tiene la virtud de presentarse como una road movieque, previa síntesis biográfica de Levin, comienza en Ohrdruf, el pequeño campo que fue visitado poco después por los generales Patton, Bradley y Eisenhower; lo que ahí da inicio es el reto mediático que supuso convocar a la prensa y hacer que las autoridades y la población locales contemplaran los restos de la barbarie; ahora, la campaña informativa de los estadunidenses –necesaria para justificar en su país su incursión en el conflicto– contribuyó a establecer una imagen simplificada de un universo concentracionario que se funcionaba como un sistema en el que no todos eran iguales ni padecieron la misma cuota de sufrimiento.

Asimismo, la autora deja en claro que para ninguna de las naciones aliadas la liberación de los campos de concentración y exterminio era un “objetivo de guerra”, un hecho que conecta con el posterior “desinterés” mostrado en dar a conocer los horrores que se cometieron en contra de quienes fueron llevados ahí, especialmente los judíos, lo que se contrasta con el dilema moral de Meyer Levin (quien era judío) y su posterior interés por dar a conocer los detalles de la masacre (a diferencia de Schwab, cuyo interés era dar con su madre y al concluir la guerra descuidó la conservación de buena parte del acervo fotográfico que produjo).

De esta forma, 1945: Cómo el mundo descubrió el horror funciona como un relato biográfico de un periodo fundamental en la vida de Meyer Levin, quizá el primer testigo de la tragedia cuyo compromiso le llevó a luchar por darla a conocer, no sólo por haber enfrentado las contradicciones inherentes a un sistema carcelario multifuncional (que estuvo lejos de buscar solamente el exterminio de los judíos en Europa) sino, además, el impacto imborrable de lo visto “como si al fin penetráramos en el lado oscuro del corazón, en el más despreciable interior del corazón maléfico”.

Y ese mismo “corazón maléfico” fue el que, después de todo, se impuso en la opinión pública del mundo porque, como aclara Wieviorka, si bien no hubo “silencio” sobre el exterminio de los judíos, lo que sí existió fue “un desinterés general durante años, hasta que, lentamente, a partir del proceso de Eichmann (1961), esa historia emergió y luego se hizo omnipresente a finales de la década de 1970”, lo cual vuelve muy importante recordar la labor de personas como Meyer Levin.

Finalmente, este libro no es un mero recuento de las cifras del horror ni una narración de tono académico; se trata de una historia centrada en dos personas, dos corresponsales de guerra, dos formas diferenciadas de una misma experiencia que confronta sus convicciones y los une ante un hecho trágico que los involucra. Hay que agradecerle a Wieviorka que evada el tremendismo y que, así, resulte útil para comprender bajo una perspectiva más humana el momento histórico –según las palabras de Jean-Marc Bastière– “en que terminó la pesadilla y comenzó el insomnio”.

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