Viaje de un metalero

heavy metal

||El documental A headbanger’s Journey recorre las gracias y desgracias del heavy metal

|Por Beto Sigala|

El heavy metal era la música de mis hermanos mayores, aquel estilo que los acompañaba en las fiestas de su juventud. Sus primeros LP’s tenían que ver con el glam metal de los 80, pero también buscaban y encontraban la música de Iron Maiden, AC/DC o Metallica como parte de la banda sonora de sus años mozos. Yo era un simple espectador de esa música que sonaba tan estridente y aterrorizaba a mis padres, quienes eran los primeros objetores de esas portadas de discos demoníacas y sonidos infernales. Era una nueva generación más frenética y más acelerada que enfrentaba la persecución de los moralistas (que se escandalizaban hasta con Bon Jovi) y el desdén de las estaciones de radio locales. Pero eran los 80, ya no había tiempo para la mesura, el rock era un ente dominante del gusto de millones de jóvenes; era un mal gusto, repulsivo, acelerado, oscuro y cuya inspiración fundamental era buscar la identidad individual dentro de una retorcida alienación. El heavy metal tenía todo para despertar las pasiones pueriles más salvajes de la juventud ochentera.

Todo eso lo reafirmó Sam Dunn, un joven metalero canadiense que estudió antropología para encontrarle un significado a su estilo favorito y entender el fenómeno mediante una sudorosa y agitada investigación de campo. Armó un documental que hasta la fecha es el estudio social más entretenido que se le haya hecho al universo tempestivo del heavy metal. El documental A Headbanger’s Journey (2005) logró unificar a las principales voces del género en un relato que toca cada fibra de ese estilo musical en el que están inmiscuidas personas con motivaciones creativas muy distintas.

El documental –sin duda– es toral por la agudeza con la que rescata los orígenes, las visiones, la inspiración, la resistencia, la penetración social, la censura y la alta distorsión a la que se ha llegado en estos días, además de la inmensa incomprensión que siguen generando la mayoría de manifestaciones metaleras en la conciencia colectiva.

Nadie como un apasionado del metal para entregar un documento fiel e irónico que retrata por medio de sus actores principales, la dicha y la desdicha de ser músico o fan del metal en un mundo dominado por la mediocridad del pop y el rechazo enérgico de los grupos religiosos y los medios de comunicación (afuera del templo de mi colonia, regalaban panfletos que advertían a los padres de familia sobre los peligros del rock). Así, desde sus entrañas, el recorrido comienza por la eterna discusión de si fue Zeppelin, Deep Purple, Sabbath  o incluso Blue Cheer quien liberó a los demonios en una época donde proliferaban el amor y las flores. Lo cierto es que el metal basaba su fuerza inicial en la marginalidad, el aburrimiento y la búsqueda por una distinción lejana al jipismo. Eran el blues reinterpretado por los rockeros británicos, la industrialización o el distanciamiento con el stablishment, las piedras angulares que dieron origen a los acordes que sonaban como metales pesados cayendo del cielo.

Y luego la oscuridad de los días nublados, las oquedades en el alma, la irremediable búsqueda de una identidad propia, así como el rechazo puntual de los valores de una sociedad fallida que ya había dado por sentado el fracaso de las nuevas generaciones. Dentro de esa madeja surgió el metal, en alguna corte infernal que le daba al fin la potestad a muchos humanos de oponerse a un mundo en el que no tenían cabida.

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Un género perseguido… por moralistas

A Headbanger’s Journey,  con la mediación de Lemmy, Dio, Bruce Dickinson, Dee Snider y otras glorias, va tocando cada tema con la sensibilidad que sólo la gente muy cercana al metal podrían aportar. Quizás el tema más mediatizado es la satanización del género y el cómo su asociación con temas sexuales, de violencia y de rebeldía contra la autoridades, han sido los objetos de  su persecución. Estados Unidos ha sido el país más alarmista y en donde gracias a su carrera por desaparecer la fiebre del heavy metal, lo hicieron más popular, más llamativo para todos aquellos jóvenes que se sintieran sin lugar en un mundo conformista. Los mismos músicos de los 80 fueron los que usaron su inteligencia para defenderse de la censura en los tribunales, y mientras el mundo de los adultos se enloquecía por desvirtuar al heavy, personalidades como Dee Snider de Twisted Sister o Rob Halford de Judas Priest, iluminaron a sus inquisidores con elocuencia y desmarcaron al rock de su supuesta responsabilidad de malcriar a la juventud. Los adultos de esa época, buscaban en el heavy metal, un chivo expiatorio que explicara todo lo fallido del capitalismo reflejado en sus hijos.

El documental también es muy vivo al señalar las excentricidades negativas del heavy metal, como el hecho de que muchas disqueras han prostituido a este estilo, lo han radicalizado porque la maldad vende y el ser extremista es tirarle el anzuelo a los escuchas que quieren contenidos más duros, más rápidos, más escatológicos.

(Recordé a mis amigos que escuchaban a “Venom” y usaban playeras de esa banda, estos eran los más  malos del salón, seguramente le valían madre a sus papás y no tenían miedo de ir al infierno. Se sentían ultra metaleros porque escuchaban y defendían a una banda de trash abiertamente satánica que no sonaba tan chido.)

Entonces no importa que tan dura sea la música que se haga dentro del metal, siempre habrá alguien que quiera tocar más rápido, sonar estertoroso y tener más referencias malignas en las canciones que componen. Las bandas nórdicas de Death Metal, por ejemplo, han proliferado en su discurso anticristiano, han hecho del ruido su sello y abusan de los sonidos guturales con tal de parecer más brutales.

Mientras el metal contemporáneo tiene esa progresión inevitable, el heavy metal clásico, en su esencia, se ha convertido en un esqueleto de dinosaurio que alguna vez anduvo vagando en las ondas de radio y en los canales del videoclips. Muy lejos quedó atrás el pináculo de ese género, creado por Metallica en 1990 con su álbum negro, que sigue siendo el epílogo comercial de una época que simplemente pasó de moda, al igual que el glam y los mensajes ocultos en las grabaciones.

El documental A headbanger’s Journey no es una reivindicación del género que intente convencer a alguien de las virtudes de este estilo, sino que significa una declaración airada de libertad al autoproclamarse metalero y ser parte de algo enorme que difícilmente tiene que ver con alguna tendencia impuesta. Así como a Sam Dunn, el creador del documental, conozco a muchos fieles del metal; ninguno de ellos ha dejado de serlo, ninguno de esos chavorrucos podría sentir vergüenza nunca de usar una playera negra con el logo de su banda favorita. Ser metalero es encontrar mejores respuestas en la oscuridad, es afrontar la vida con los puños en el aire, en también deleitarse con los paisajes del descontento, es profesar una religión sin credo que cada quien acomoda a su manera, también es la eterna juventud y la convicción de rockear forever, forever, forever.

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