Villa, Katz y unos tequilas

Avelino Sordo Vilchis

Hace algunas semanas regresé a los dos tomos de la biografía de Pancho Villa que escribió Friedrich Katz. Se trata de una obra fascinante que además está hecha con todo rigor. De hecho, me parece que no hay otro estudio sobre Villa que se le aproxime. Entre muchas otras cosas, en sus páginas me reencontré con la aventura que le valió a Carlos Gutiérrez Galindo pasar a formar parte de los famosos Dorados y que ratifica el dicho de Tennessee Williams que la realidad supera la ficción: lesionado durante un ataque, cuando se percató que los federales venían rematando a los heridos que permanecían sembrados en el campo de batalla, Gutiérrez extrajo las entrañas de su caballo muerto y se escondió en su vientre, donde permaneció hasta que pasó el peligro.

La insólita aventura de Gutiérrez fue retomada por Alejandro González Iñárritu en The Revenant (2015). Cuando la ví en la película, me resultó muy familiar, dejándome la duda de dónde la había escuchado, visto o leído. La duda se despejó hace unas semanas, cuando la reencontré en el libro de Katz. La última ocasión en que Friedrich Katz vino a Guadalajara —hará unos 10 años— tuve el privilegio de cenar con él en uno de esos restaurantes de comida mexicana que pretende parecer francesa. Fue una deliciosa velada, donde hablamos de México, de la Revolución Mexicana, de Pancho Villa, de Emiliano Zapata, de la historia, de su trabajo en la Universidad de Chicago y, muy particularmente, de un gran amigo que tuvimos en común: Ernesto Jäger.

Fue Jäger el que lo presentó a los tapatíos, pues ya desde los tempranos setenta lo trajo en distintas ocasiones al Goethe Institut a disertar sobre los temas de la historia mexicana que dominaba. Friedrich Katz nació en Viena en 1927. Su padre, Leo Katz, era escritor, judío y, para acabarla de joder, comunista, de manera que con la famosa Anschluss se vio forzado a huir con todo y familia rumbo a Francia en la década de los 30 del siglo XX. Su apoyo a los republicanos en la Guerra Civil española, le valió su expulsión, por lo que se embarcaron rumbo América. Después de un corto periplo por Estados Unidos donde no fueron bienvenidos, los Katz recibieron asilo en México, en 1940, durante los últimos años del periodo presidencial de Lázaro Cárdenas.

Y fue en México donde la familia Katz pudo establecerse, de manera que Friedrich realizó sus estudios en el Liceo Franco-Mexicano y la Escuela Nacional de Antropología e Historia, aunque la licenciatura la obtuvo en Nueva York. También estudió dos posgrados: uno en Viena y otro en la Universidad Humboldt, Berlín oriental. Friedrich Katz amaba a México; decía que era del único país del que no había tenido que huir, además de que su fascinación por la historia nació aquí, durante sus años de formación. Y, por si existiera alguna duda, ahí está su obra, que se compone de cientos de ensayos y artículos para revistas y de sus libros, entre los que se encuentran los imprescindibles, La guerra secreta en México y su monumental Pancho Villa.

En algún momento de aquella velada introduje el tema: desde hace tiempo me llama poderosamente la atención que las mejores biografías —que incluso rebasan con mucho los límites del género biográfico, para convertirse en algo así como “historias totales”, si es que tal cosa puede existir— de Pancho Villa y Emiliano Zapata fueron escritas por extranjeros. Y me refiero, en el primer caso a la del propio Katz y en el segundo a la espléndida obra de John Womack, Zapata y la Revolución Mexicana. No recuerdo bien si llegamos a alguna conclusión sobre este tema en particular, lo que sí tengo muy claramente registrada en mi memoria es su orgullosa reacción cuando me autocorregí, aclarando que en términos rigurosos él no podía considerarse extranjero.

Friedrich Katz era un convencido de que la historia es la búsqueda de la verdad: que más allá de la ideología que con toda seguridad tiene el historiador —humano al fin—, se encuentran los hechos, las pruebas documentales con las que debe fundamentar sus afirmaciones y que es el lector quien tiene, a la luz de las pruebas y los argumentos que se le presenten, la última palabra. Cualquier otra cosa no es historia, es más bien propaganda, añado por mi cuenta. Friederich Katz murió el 16 de octubre de 2010 a la edad de 83 años. En lo personal conservo el recuerdo de aquella velada, caracterizada por una charla llena de conceptos iluminadores —en realidad una cátedra— y, también, de la amabilidad, buen trato y el fino sentido del humor de Friedrich Katz.

Y ya en la madrugada, con algunos tequilas entre pecho y espalda, nos dimos un abrazo.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 13 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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