¡Viva el lacayismo!

|Por Juan José Doñán|

El gobierno de Guadalajara, que desde el pasado 1º de octubre encabeza Ismael del Toro, comenzó con los peores augurios, desde el momento en que su recién nombrado director de Cultura, Víctor Castillo, fue destituido, a los pocos días de su nombramiento, solamente por haber dicho lo que pensaba de una ocurrencia llamada Festival Sucede.

Este presunto festival cultural fue concebido, para celebrarse una vez al año, por la administración municipal anterior, la que durante dos años y dos meses encabezó el ahora gobernador electo de Jalisco, Enrique Alfaro. Por lo demás, dicho festival ha sido tan costoso como poco trascendente, en la medida en que en unos cuantos días se derrochan más recursos presupuestales que los que maneja la Dirección de Cultura de ese municipio durante el resto del año.

Con otras palabras, eso fue lo que dijo, sin por ello faltar a la verdad, el cesado director de Cultura del Ayuntamiento de Guadalajara, Víctor Castillo, y precisamente por decir algo cierto fue sancionado, al ser destituido por el primer edil tapatío Ismael del Toro, quien con este acto injusto ha aparecido, ante los ojos de propios y extraños, como alguien que es más alfarista que Alfaro. Porque, si acaso, el gobernador electo de Jalisco llegó a molestarse con las declaraciones de Víctor Castillo hasta el extremo de pedirle que lo destituyera a Ismael del Toro, éste se anotó un mal punto como debutante presidente municipal de Guadalajara.

Ahora bien, en el caso de no haber sido así y de que Enrique Alfaro no haya intervenido en el cese de Castillo y fuese el propio alcalde tapatío quien, espontáneamente, hubiera querido quedar bien con su líder político, pues peor todavía, ya que de esa manera Del Toro aparecería como un oficioso lacayo, que no sólo buscaría halagar a toda costa a quien reconoce como su jefe sino, al mismo tiempo, mandar un mensaje claro y contundente a todos los empleados del gobierno de Guadalajara, diciéndoles tácitamente que a Alfaro y a su gestión al frente del primer ayuntamiento de Jalisco no se les debe tocar ni con el pétalo de una duda.

Y que todo aquel empleado o funcionario municipal que no acate este ordenamiento se arriesga a correr la misma suerte que Víctor Castillo, destituido de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento tapatío apenas a los cinco días de haber asumido el cargo.

Con este estilo personal de gobernar, el flamante alcalde de Guadalajara, Ismael del Toro, se revela como un discípulo aventajado del autoritario y atrabiliario Marqués de Croix, virrey de la Nueva España y encargado de ejecutar en México la expulsión de los jesuitas, y quien ante las protestas populares por el destierro de quienes formaban parte de esta orden religiosa, en 1767, rubricó aquella famosa sentencia en pro del lacayismo político: “… y pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran Monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno”.

No muy distinto fue el proceder del presidente municipal de Guadalajara con Víctor Castillo, quien desde hace años venía siendo uno de sus colaboradores más allegados y que, cuando Del Toro estuvo al frente del Ayuntamiento de Tlajomulco, ocupó la Dirección de Cultura de aquel municipio, desde donde desplegó una meritoria labor, socialmente útil.

Por otra parte, una cosa es la lealtad política y otra muy distinta la obligación de guardar silencio sobre todas aquellas cosas que alguien considera anómalas o de poca utilidad para la sociedad.

Por lo visto el señor Ismael del Toro ve a cada uno de sus colaboradores y subalternos como si fueran la encarnación del famoso perro de la RCA Victor, cuyo lema era “his master’s voice”, es decir, que el can debía responder, una vez sí y otra también, a “la voz del amo”.

La lección implícita que Del Toro les quiere dar a sus colaboradores es que si no le aplauden al jefe de jefes de todos ellos (Enrique Alfaro, claro está), lo menos que deben hacer es seguir aquel consejo fotogénico de que dice que “calladitos se ven más bonitos”. O, parafraseando la sentencia del mencionado Marqués de Croix, “que sepan de una vez y para lo venidero los trabajadores y funcionarios del Ayuntamiento de Guadalajara –y por extensión de los gobiernos de Movimiento Ciudadano– que fueron empleados para callar y obedecer. Y no para discurrir ni opinar –y menos si lo hacen desfavorablemente– sobre lo hecho hasta ahora por el nuevo gran Monarca de la comarca, quien en pocas semanas más estará encabezando la refundación de Jalisco”.

O dicho de una forma mucho más abreviada, ¡que viva o que reviva el lacayismo!

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